CAPÍTULO 24
Bestia sin Jaula
Ares encontró la nota siete minutos después de que Elena saliera de la mansión.
Siete minutos que tardó en terminar la llamada con Kirill, subir a buscarla al dormitorio y descubrir el papel doblado sobre la tapa del Steinway.
Leyó las palabras dos veces, sintiendo que algo primitivo y salvaje se despertaba en su pecho, algo que no había sentido con esa intensidad desde la noche en que enterró a su padre y juró que nunca volvería a permitir que nadie le arrebatara algo importante sin pagar un precio catastrófico por ello.
—Kirill. —Su voz sonó tan fría que ni él mismo la reconoció—. Reúne a todos los hombres disponibles. Ivanov tiene a Julian Vance y ha usado a Elena como cebo para atraerme al muelle siete.
—Ares, si entramos con todo el equipo, Ivanov podría...
—No me importa lo que Ivanov podría hacer.
—Ares ya se dirigía hacia el garaje, cargando el arma que llevaba seis años sin necesitar sacar de su funda—.
Me importa que esa mujer está sola, en mis muelles, arriesgando su vida por una carpeta de papeles que yo mismo debería haberle prometido semanas atrás que nunca tendría que usar.
—Dame diez minutos para posicionar a los hombres en el perímetro sin que se note. Si entras solo y sin plan, le das a Ivanov exactamente lo que quiere.
Diez minutos. Ares los contó, uno por uno, en el asiento del conductor, con las manos aferradas al volante y el motor todavía apagado, obligándose a la disciplina que su padre le había grabado a golpes: la ira sin control mataba.
La ira controlada, en cambio, ganaba guerras.
Nunca había odiado tanto una lección de su padre como en ese momento, ni la había necesitado tan desesperadamente.
Marcó el número de Elena por sexta vez. Fue directo al buzón de voz, como las cinco anteriores.
—Contesta —murmuró, con una voz que no reconoció como propia—. Por favor, Elena. Contesta.
El silencio del teléfono fue la peor tortura que Ares había experimentado en sus treinta y dos años de vida, peor que cualquier golpe que su padre le hubiera dado jamás, porque esta vez el dolor no tenía a dónde dirigirse.
No había un cuerpo al que devolverle el puñetazo, ni un enemigo al que pudiera enfrentarse en ese preciso instante.
Solo tenía el eco de una nota escrita con la letra apresurada de la mujer que amaba, y la certeza gélida de que cada segundo que perdía respirando en aquel garaje era un segundo que Ivanov podía usar para hacerle daño.
Kirill llamó a los ocho minutos.
—Los hombres están posicionados. Dos equipos, entrada norte y sur del muelle.
Valeria Cruz también está en la zona; ha captado movimiento inusual y está pidiendo refuerzos policiales, lo cual complica las cosas, pero también significa que Ivanov va a tener que actuar rápido antes de que llegue la policía.
Eso juega a nuestro favor si sabemos aprovecharlo.
—No me importa la policía, Kirill. Me importa Elena.
—Lo sé. Por eso te estoy diciendo que conduzcas con la cabeza, no con las tripas, porque la cabeza es lo único que la va a mantener con vida cuando llegues ahí.
—La voz de su hermano se suavizó, apenas un grado, lo justo para recordarle a Ares que no estaba completamente solo en aquel infierno—.
La vamos a recuperar, Ares. Pero solo si entras como el hombre que lleva seis años ganando guerras, no como el niño asustado que tu padre dejó dentro de ti.
Ares arrancó el coche.
El trayecto hasta los muelles del norte se convirtió en un borrón de luces y adrenalina.
Condujo con una precisión que no dejaba espacio para el pánico, aunque por dentro cada segundo transcurrido se sentía como una eternidad insoportable.
Recordó, sin poder evitarlo, la primera noche que vio a Elena en su despacho, calculando el precio exacto de su dignidad antes de firmar; recordó sus manos sobre el Steinway, temblorosas y después seguras; recordó la forma en que había dicho *me quedo, no por contrato, por elección*, apenas unas semanas atrás, en ese mismo salón donde ahora reposaba una nota de despedida que Ares se negaba, con cada fibra de su cuerpo, a aceptar como definitiva.
Su padre le había enseñado que un hombre fuerte no dejaba que el miedo dictara sus decisiones.
Por primera vez en seis años, Ares entendió que su padre se había equivocado: el miedo no era debilidad.
Era la prueba irrefutable de que, finalmente, había algo real que perder, y esa misma certeza, en lugar de paralizarlo, le afiló los sentidos hasta un punto que no conocía desde sus primeros años al frente del imperio, cuando cada decisión todavía se sentía como una cuestión de supervivencia y no de rutina.
Las luces del muelle siete aparecieron al final de la carretera de servicio, amarillentas y solitarias entre las siluetas oscuras de los contenedores apilados.
Ares apagó los faros a doscientos metros de distancia, dejando que el coche se deslizara en silencio el resto del trayecto, con el corazón latiéndole con una violencia que no sentía desde que tenía diecinueve años y esperaba, encogido en el asiento trasero de otro coche, el siguiente golpe de un padre que nunca aprendió a querer sin castigar.
Esta vez no habría ningún golpe que Ares no estuviera dispuesto a devolver.