Deudas de sangre (Imperios de Ceniza 1) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

El Precio que un Padre Paga

Julian Vance llevaba tres horas atado a una silla de metal en el interior de un almacén helado, y el único pensamiento que conseguía mantener con claridad, por encima del miedo y del frío, era que aquello era exactamente el castigo que merecía.

No por los astilleros. No por las deudas ni por los préstamos ni por ninguno de los errores financieros que la prensa había diseccionado con tanto entusiasmo.

Merecía aquello por haber llamado a su propia hija esa noche de hacía meses, con la voz temblorosa y la excusa perfectamente calculada de "no quiero que te preocupes", sabiendo, en el fondo, exactamente lo que le estaba pidiendo que sacrificara.

Había visto la carta de admisión al conservatorio de Viena pegada en la nevera del apartamento de Elena durante semanas antes de hacer esa llamada.

La había mirado cada vez que iba a cenar con ella, y cada vez había elegido no decir nada, dejando que el silencio hiciera el trabajo sucio que él no tenía el valor de hacer en voz alta.

Los hombres de Ivanov no lo habían tratado mal, más allá de la silla y las cuerdas; ni siquiera le habían levantado la voz. Eso, de alguna forma, lo aterraba más que cualquier amenaza directa. Los hombres tranquilos eran los que de verdad sabían lo que iban a hacer.

—Su hija está de camino —le informó uno de ellos, sin ninguna emoción en la voz, como quien anuncia la llegada de un tren—. El señor Ivanov quiere que usted vea exactamente lo que ha estado dispuesta a sacrificar por usted. Otra vez.

Julian cerró los ojos, sintiendo que la vergüenza le pesaba más que el frío del almacén.

Elena tenía veinticinco años y ya había renunciado a Viena por él, a su libertad por él, a meses de matrimonio con un hombre que la había comprado como si fuera un activo financiero, todo por él.

Y ahora, si los rumores que había escuchado entre susurros de los hombres de Ivanov eran ciertos, estaba a punto de arriesgar también su vida.

Pensó en Thomas, en la pequeña Mia, en los años que se había pasado enseñándole a Elena que las notas de piano eran "un pasatiempo bonito, cariño, pero los astilleros son lo que de verdad sostiene a esta familia", sin darse cuenta jamás de que estaba criando a la única persona de la familia con el talento suficiente para haber construido algo completamente propio, lejos de la sombra de los negocios que él mismo había hundido con su propia soberbia.

Escuchó la voz de su hija a través de la pared metálica del almacén, firme y decidida, negociando con un hombre cuya reputación bastaba para helarle la sangre a cualquiera.

Julian cerró los ojos, incapaz de hacer otra cosa que escuchar, sintiendo que la vergüenza y el orgullo se mezclaban en un nudo imposible de deshacer.

—Si sobrevivo a esto —murmuró para sí mismo, con las manos todavía atadas y los ojos húmedos en la penumbra del almacén—, voy a pasar el resto de mi vida asegurándome de que esa niña vuelva a tocar en cada escenario que se merece. Aunque sea lo último que haga.

Fuera, el silencio se cargó de una tensión distinta, expectante, como el segundo exacto antes de que una tormenta rompa sobre el mar.

Julian Vance, atado a una silla en la oscuridad, sin poder hacer nada más que escuchar y esperar, rezó, por primera vez desde la muerte de su esposa, no por sí mismo, sino por que su hija saliera de aquel muelle con vida.