Deudas de sangre (Imperios de Ceniza 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

La Trampa de los Muelles

La llamada llegó a las once de la noche, dos días después del concierto, mientras Elena y Ares repasaban en el despacho los documentos que probaban la implicación de Ivanov en la ruina de los astilleros, preparando el golpe que presentarían a la junta directiva el viernes.

—¿Diga? —Elena reconoció la voz temblorosa de su hermano al otro lado de la línea, y el corazón se le encogió antes incluso de escuchar las palabras.

—Elena... se han llevado a papá. Dos hombres, en el hospital, durante su revisión de esta tarde.

Han dejado una nota. —La voz de Thomas se quebró—.

Dice que tienes hasta medianoche para llevar los documentos originales de la naviera al muelle siete.

Sola. Sin Ares. Sin la policía. O no vuelve a casa.

Elena sintió que el aire abandonaba sus pulmones de golpe.

—Voy para allá.

—Elena, espera...

Colgó antes de que su hermano terminara la frase, con las manos temblando tanto que apenas pudo guardar el teléfono en el bolsillo.

Ares estaba en la otra punta del despacho, atendiendo otra llamada de Kirill sobre la reunión de la junta, de espaldas a ella, ajeno por completo a la tormenta que acababa de desatarse.

*Sola. Sin Ares.*

Elena sabía exactamente lo que pasaría si le contaba a Ares lo que Ivanov había hecho: movilizaría a todo su ejército de hombres, convertiría el muelle siete en una zona de guerra, y su padre —frágil, ya debilitado por meses de estrés— quedaría atrapado en el fuego cruzado de una batalla entre imperios que él nunca había pedido librar.

No podía arriesgarse a eso. No con la vida de su padre en la balanza.

Tomó la carpeta con los documentos originales del cajón donde Ares los guardaba —ya no necesitaba forzar la cerradura; él mismo le había dado la llave la semana anterior, otro gesto silencioso de la confianza que habían reconstruido entre ambos— y salió del despacho con el corazón desbocado, aprovechando que Ares seguía absorto en la llamada.

Escribió una nota rápida, la dejó sobre el piano donde sabía que él la encontraría, y bajó las escaleras corriendo hacia el garaje.

*Ares: Ivanov tiene a mi padre. Voy a llevarle lo que pide. Te quiero demasiado como para dejar que mueras por mi familia esta noche. Perdóname. — E.*

El motor del coche rugió en la noche mientras Elena conducía hacia los muelles con las manos aferradas al volante y una determinación fría asentándose sobre el miedo: había pasado media vida sacrificándose por su familia sin que nadie más pagara el precio.

No iba a dejar que esta vez fuera distinto, ni siquiera por el hombre al que había aprendido a amar contra todo pronóstico.

Los muelles del norte se extendían ante ella, oscuros y silenciosos salvo por el resplandor amarillento de una única farola que iluminaba el contenedor número siete.

Elena aparcó a una distancia prudente y avanzó a pie, con la carpeta apretada contra el pecho, sintiendo el peso del mar embravecido en el aire salado.

Dominic Ivanov la esperaba junto al contenedor, flanqueado por dos hombres armados, con una sonrisa que confirmaba que aquello había sido una trampa perfectamente calculada desde el principio.

—Sabía que vendría sola —dijo, extendiendo la mano hacia la carpeta—. Las mujeres enamoradas son terriblemente predecibles, señora Volkov.

—¿Dónde está mi padre?

—A salvo, de momento. —Ivanov tomó la carpeta y la hojeó con satisfacción—. Aunque me temo que su valor como rehén está a punto de caducar.

Uno de los hombres de Ivanov la empujó hacia el interior del contenedor abierto, con la excusa de "esperar noticias en un lugar más discreto", y en el instante en que la puerta metálica se deslizó a medio cerrar tras ella, Elena sintió que el pánico antiguo —el de la habitación infantil, el de la puerta que su madre cerró por fuera— le subía por la garganta con una violencia que no había sentido en años.

El espacio se encogió a su alrededor; el aire se volvió espeso, insuficiente.

Por un instante estuvo de nuevo en aquella habitación de niña, a oscuras, sin saber si alguien volvería a abrir la puerta.

Respiró hondo, clavándose las uñas en la palma de la mano, y se obligó a recordar las palabras de Ares la noche de La Línea Roja: *contigo, no siento que la puerta esté cerrada por fuera.* No estaba sola esta vez. Y no pensaba dejar que el miedo decidiera por ella una segunda vez en la vida.

En algún lugar detrás de ella, Elena escuchó el chirrido de metal de un contenedor deslizante, y comprendió, con un terror helado, que la trampa nunca había sido solo para su padre.

Era para Ares. Y ella acababa de conducirlo directamente hacia ella sin saberlo.