CAPÍTULO 21
El Vals de la Traición
Dominic Ivanov la abordó en cuanto bajó del estrado, con una copa de champán en la mano y una sonrisa que no auguraba nada bueno.
—Una interpretación extraordinaria, señora Volkov. Casi tan extraordinaria como la información que tengo sobre su marido.
—No me interesan sus juegos, señor Ivanov.
—Le interesará este. —Bajó la voz, acercándose lo suficiente para que solo ella pudiera escucharlo—.
Puedo hacer que la deuda de su padre desaparezca por completo, sin condiciones, sin matrimonios de conveniencia.
Solo necesito que me confirme algo que ya sospecho: que Ares sabía, antes de comprar esa deuda, que yo estaba detrás de la ruina de los astilleros.
Que actuó con información privilegiada para robarme el negocio delante de la junta.
Fírmelo, y su padre queda libre esta misma noche.
Su marido, en cambio, tendrá mucho más difícil explicar ante un tribunal por qué ocultó pruebas de corrupción durante semanas.
Elena sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Ahí estaba, servida en bandeja, la salida perfecta: la libertad completa de su padre a cambio de hundir al hombre que, contra todo pronóstico, se había convertido en la persona a la que quería confiarle el resto de su vida.
—¿Y si me niego?
—Entonces asumo que ha elegido un bando en una guerra que lleva treinta años gestándose, señora Volkov. Y le aseguro que no es el bando ganador.
Esa misma noche, de vuelta en la mansión, Elena se sentó frente al Steinway sin tocar una sola tecla, incapaz de decidir si contarle a Ares la propuesta de Ivanov o guardársela como él se había guardado tantas otras verdades.
Fue Ares quien encontró las palabras primero, sentándose a su lado en el banco del piano con una expresión que ya no intentaba ocultar nada.
—Sé que Ivanov te ha ofrecido algo esta noche. Kirill vio cómo os apartabais del resto de la fiesta.
—Me ha ofrecido la libertad completa de mi padre. A cambio de tu cabeza.
Ares no apartó la mirada, ni siquiera cuando la confesión terminó de asentarse entre ambos.
—¿Y qué le has dicho?
—Que no. —Elena entrelazó los dedos con los suyos sobre las teclas frías del piano—. Porque hace un mes habría elegido salvar a mi familia sin dudarlo un segundo. Y esta noche descubrí que ya no puedo elegir entre salvar a mi padre y protegerte a ti sin sentir que me arranco algo por dentro.
—Elena...
—Pero necesito que entiendas una cosa. —Se giró hacia él, con una determinación que Ares reconoció, con orgullo y con miedo a partes iguales, como un reflejo de sí mismo—.
La próxima vez que Ivanov intente comprarme con la libertad de mi familia, quiero que sea la última vez que ese hombre tenga algo con lo que amenazarnos.
Cuéntame el resto de la verdad, Ares. Toda.
Ahora mismo. Porque no pienso volver a estar en una habitación con Dominic Ivanov sin saber exactamente contra quién estoy luchando.
Ares respiró hondo, y por primera vez desde la muerte de su padre, le contó a otra persona la historia completa: la sospecha, nunca confirmada, de que la "muerte accidental" de Konstantin Volkov seis años atrás no había sido tan accidental; la guerra silenciosa que llevaba desde entonces librando contra el hombre que probablemente lo había orquestado; y el miedo, más profundo que cualquier otro, de que Ivanov terminara por arrebatarle también a ella.
Cuando terminó, Elena no sintió miedo. Sintió, por primera vez desde que firmó aquel contrato, que estaba plantada exactamente donde quería estar: al lado de Ares, contra el mundo entero si hacía falta.