CAPÍTULO 20
Manos que Vuelven a Casa
La invitación llegó tres días después, grabada en una cartulina color hueso que Elena reconoció de inmediato por el escudo dorado en la esquina superior: la Fundación Ivanov organizaba un concierto benéfico, y la propia Elena figuraba en el programa como pianista invitada.
—No voy a permitir que te acerques a él —dijo Ares, con la mandíbula tensa, en cuanto vio la tarjeta sobre la mesa del desayuno.
—No es una elección tuya, Ares. Es mi nombre en ese programa, no el tuyo. —Elena dejó la taza de café con un golpe seco—. Y si me niego, parecerá que tienes algo que ocultar. Si voy y toco, controlamos la narrativa antes de que Kane la controle por nosotros.
Ares la observó durante un largo instante, debatiéndose entre el instinto de encerrarla en la mansión hasta que la amenaza de Ivanov desapareciera y el respeto, cada vez más profundo, por una mujer que se negaba a dejarse proteger como si fuera de cristal.
—Iré contigo. Cada segundo.
—Lo sé.
Los días previos al concierto se convirtieron en un ritual que Elena no esperaba disfrutar tanto.
Katia se presentó con una selección de vestidos que ocupaba prácticamente todo el vestidor —"nada de negro, hermana, negro es lo que se pone la gente que quiere pasar desapercibida, y tú vas a subirte a ese escenario a recordarle a la vieja guardia rusa exactamente quién eres"—, y las tardes de ensayo en la sala privada de la Filarmónica se llenaron de un nerviosismo antiguo, casi olvidado, que Elena no sentía desde los diecinueve años.
Escogió el nocturno de Chopin que había tocado la primera noche de insomnio en la mansión, aquel que había hecho llorar a una versión más rota de sí misma frente al Steinway.
Le pareció justicia poética presentarlo ante la misma sociedad que había destruido a su familia, transformado por completo en algo que ya no era supervivencia, sino elección.
Ares la acompañó a cada ensayo, sentado siempre en la última fila de la sala vacía, con el teléfono apagado más veces de las que Elena creía posible en un hombre que dirigía un imperio.
La observaba con una atención que ya no intentaba disimular como estrategia; era, sencillamente, orgullo, del tipo más simple y humano que Elena había recibido de nadie en años.
—Tengo miedo —confesó Elena, la noche antes del concierto, mientras repasaba el nocturno por enésima vez en el salón de la mansión—. No de Ivanov. De tocar delante de esa gente y que no sea suficiente. Llevo tres años sin subirme a un escenario de verdad.
Ares se sentó a su lado en el banco, con la misma calma reverente que había empezado a caracterizar los momentos que compartían frente al piano.
—¿Sabes qué me enseñó mi padre sobre el miedo escénico? —preguntó, con una media sonrisa amarga—. Que la única forma de superarlo era destruir cualquier cosa capaz de dar tanto miedo. Tardé seis años en darme cuenta de que había una alternativa mucho mejor.
—¿Cuál?
—Tener a alguien en primera fila que ya cree que eres suficiente, pase lo que pase con las notas.
—Le tomó la mano y la llevó hasta su propio pecho, donde Elena pudo sentir el latido constante bajo la palma—.
Mañana voy a estar ahí, Elena. Y no me va a importar ni una sola nota que falles.
Solo me va a importar que hayas vuelto a subirte a ese escenario por ti, no por nadie más.
La noche del concierto, el gran salón de la mansión Ivanov se llenó de la flor y nata de la vieja guardia rusa, una audiencia que observaba a Elena con la misma curiosidad depredadora que Ivanov le había dedicado en la gala de meses atrás.
Cuando el maestro de ceremonias anunció su nombre, Elena sintió que el miedo antiguo le subía por la garganta, la misma sensación que llevaba tres años evitando.
Buscó a Ares entre el público. Estaba en primera fila, exactamente donde había prometido estar, con una expresión que no dejaba lugar a dudas sobre lo que sentía, ajeno por completo a las miradas curiosas de la sala.
Elena se sentó frente al piano, colocó los dedos sobre las teclas, y por primera vez en tres años, no tocó para sobrevivir ni para complacer a nadie. Tocó porque las manos, por fin, habían vuelto a casa.
Cuando la última nota se apagó en el aire, el silencio que siguió duró apenas un segundo antes de que la sala estallara en un aplauso que Elena sintió en cada centímetro de la piel, una ovación que no tenía nada que ver con la lástima ni con la curiosidad y todo que ver con el talento puro que acababa de presenciar.
Hizo una reverencia, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas, y bajó del estrado flotando en una euforia que no recordaba haber sentido jamás, ni siquiera en sus mejores días de estudiante prometedora.
Fue entonces, en ese instante exacto de triunfo absoluto, cuando Dominic Ivanov la abordó junto al estrado con una copa de champán en la mano y una sonrisa que no auguraba nada bueno.