Deudas de sangre (Imperios de Ceniza 1) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

La Línea Roja

Ares no recordaba la última vez que había dejado que alguien lo tocara sin calcular, sin controlar, sin mantener una parte de sí mismo en reserva por si acaso.

Elena lo hizo esa noche, con la herida del costado todavía vendada y su nombre convertido en la única palabra que él era capaz de pensar con claridad.

La llevó hasta su propio dormitorio —el primer espacio de esa casa que nunca había compartido con nadie— y la desnudó con una lentitud que le costó cada gramo de disciplina que le quedaba, memorizando cada centímetro de piel que se revelaba como si temiera que aquello fuera la última vez que se permitiera tener algo así.

—Dime si te hago daño —murmuró contra su cuello, con la voz ronca de contención.

—El único daño que me has hecho ha sido no hacer esto tres semanas antes.

—Tengo miedo —admitió Ares, deteniéndose un instante, con la frente apoyada contra la de ella—.

No de esto. De lo que viene después de esto.

Mi padre solía decir que un hombre que necesita a alguien ya ha perdido la guerra antes de empezarla, y llevo toda la noche sintiendo que la estoy perdiendo a propósito.

—Entonces piérdela conmigo. —Elena le tomó el rostro entre las manos, con una ternura que desarmó lo poco que quedaba de su resistencia—.

Yo también tengo miedo, Ares. Tengo miedo de las habitaciones cerradas, de las puertas que otras personas deciden por mí, de convertirme en la clase de mujer que se pierde a sí misma por sobrevivir.

Pero contigo, por primera vez desde que mi madre se marchó, no siento que la puerta esté cerrada por fuera.

Ares no dijo nada más. Simplemente la besó, despacio, como si con ese gesto pudiera sellar la promesa que ninguno de los dos había sido capaz de terminar de pronunciar en voz alta.

La risa de Elena se transformó en un jadeo cuando las manos de Ares encontraron el camino sobre su piel con la misma precisión con la que había aprendido cada nota del nocturno que ella tocaba de madrugada.

No había nada calculado en la forma en que se movían el uno contra el otro; era instinto puro, la primera cosa en seis años que Ares hacía sin pensar en Ivanov, en la junta, en el fantasma de su padre observándolo desde un retrato al óleo en el piso de abajo.

—Ares. —Su nombre en labios de Elena sonaba distinto a como sonaba en boca de cualquier otra persona; no como una advertencia ni como una súplica de negocios, sino como algo que se parecía peligrosamente a pertenencia.

—Aquí estoy. —Y lo estaba, completamente, sin ninguna reserva, entregándose a ella con una honestidad que le dolía en algún lugar que llevaba años sin sentir dolor.

Cuando por fin sus cuerpos se unieron, Ares tuvo que apoyar la frente contra la de ella para recuperar el aliento, abrumado por la intensidad de algo que iba mucho más allá del deseo físico que había esperado sentir.

Elena se aferró a sus hombros, con las uñas dejando marcas que él llevaría con más orgullo que cualquier cicatriz de guerra, y se movieron juntos con una desesperación tierna, como si ambos supieran, sin decirlo, que aquello marcaba un punto sin retorno.

—No voy a poder dejarte ir dentro de un año —confesó Ares después, con Elena acurrucada contra su pecho, trazando distraídamente el contorno de la herida vendada—. Lo sabía ya la noche del piano. Solo que ahora ya no me queda ninguna estrategia con la que fingir lo contrario.

—Entonces no lo hagas. —Elena levantó la vista hacia él, con una vulnerabilidad que igualaba la suya—. No firmé este contrato pensando que terminaría enamorándome del monstruo. Pero aquí estoy.

Ares la besó en la frente, con una ternura que su padre habría llamado debilidad y que él, por primera vez en su vida, decidió llamar simplemente felicidad.

—Cuando esto acabe con Ivanov —dijo, con la voz cargada de una promesa que pesaba más que cualquier cláusula legal—, voy a pedirte que te quedes. No por contrato. Por elección.

Elena no respondió con palabras. Se limitó a acercarse más a él, dejando que el silencio confirmara lo que ninguno de los dos estaba todavía preparado para nombrar en voz alta, mientras fuera, en algún lugar de la ciudad, Dominic Ivanov terminaba de tejer la trampa que estaba a punto de hacer pedazos aquella frágil promesa de futuro.