Deudas de sangre (Imperios de Ceniza 1) CAPÍTULO 18
67%

CAPÍTULO 18

Fuego Cruzado

Elena encontró a Ares esa noche, tres días después de la pelea, tambaleándose en la entrada de la mansión con la camisa empapada de un rojo oscuro que no dejaba lugar a dudas.

—¡Ares! —El corazón le dio un vuelco tan violento que por un instante olvidó que llevaba tres días sin dirigirle la palabra más allá de lo estrictamente necesario. Corrió hacia él justo a tiempo para sostener su peso antes de que se desplomara contra la pared de mármol—. ¿Qué ha pasado?

—Un desacuerdo con dos de los hombres de Ivanov en el muelle siete. —Su voz sonaba débil, pero conservaba un rastro de ironía—. Debería haber ganado más rápido.

Elena lo arrastró hasta el sofá del salón, ignorando sus protestas de que llamaría a un médico privado en cuanto pudiera hacerlo él mismo, y rasgó la camisa para examinar el corte profundo que le atravesaba el costado.

—Necesitas puntos, no una pianista con complejo de heroína.

—Confío más en tus manos que en cualquier médico que Kirill pueda sobornar a esta hora.

Elena encontró el botiquín de primeros auxilios en el baño más cercano —una casa como aquella siempre estaba preparada para la violencia, otra verdad incómoda sobre el mundo al que ahora pertenecía— y limpió la herida con un cuidado que contradecía la furia que todavía sentía por la carpeta, por las mentiras, por Ivanov y por sí misma, por no poder odiar a ese hombre con la sencillez que él se merecía.

—¿Por qué fuiste tú mismo al muelle? —preguntó, mientras cerraba el corte con puntos improvisados de sutura—. Tienes un ejército entero de hombres para eso.

—Porque Petrov es mi problema, no el de mis hombres. —Ares hizo una mueca de dolor cuando el hilo tiró de la piel—. Y porque necesitaba hacer algo con las manos que no fuera esperar a que decidieras si merezco que me hables de nuevo.

Elena se detuvo, con la aguja suspendida a medio camino.

—Eso no justifica que casi te maten.

—No. —Ares le sostuvo la mirada, con una vulnerabilidad que Elena ya había aprendido a reconocer como la cosa más honesta que ese hombre era capaz de ofrecer—. Pero es la verdad, y me prometí a mí mismo que a partir de ahora solo te daría eso.

Terminó de cerrar la herida en silencio, con los dedos temblando por una mezcla de miedo retrasado y una ternura que se negaba a admitir en voz alta.

Cuando acabó, se quedó arrodillada frente a él, con las manos manchadas de sangre y antiséptico, sin saber qué hacer con la distancia que ella misma había construido entre ambos.

—Lo siento —dijo Ares, rompiendo el silencio—. No por comprar la deuda antes que Ivanov. Volvería a hacerlo mil veces si eso significa que tu padre sigue libre. Pero siento no haber confiado en que podías cargar con la verdad completa desde el principio.

—Ya no soy la mujer que firmó ese contrato en tu despacho, Ares.

—Elena se limpió las manos con una toalla, buscando las palabras exactas—.

Esa mujer solo intentaba sobrevivir. Esta ya no sabe cómo separar la supervivencia de lo que siente por ti, y eso me aterra mucho más que cualquier amenaza de Ivanov.

—Bienvenida al club. —Ares alzó una mano y la posó sobre su mejilla, con el mismo gesto delicado del balcón de los Ivanov—. Llevo treinta y dos años sin saber qué es tener miedo de perder algo. Hasta que apareciste tú.

Elena cerró los ojos ante el contacto, dejando que la rabia de los últimos días se disolviera, no porque las mentiras dejaran de importar, sino porque, por primera vez, entendió que la honestidad de Ares —cruda, tardía e imperfecta— pesaba más que su silencio anterior.

—No vuelvas a ocultarme una guerra en la que estoy metida hasta el cuello —susurró, acercando su rostro al de él.

—Nunca más —prometió Ares, justo antes de que sus labios se encontraran de nuevo, esta vez sin ninguna urgencia que esconder.