CAPÍTULO 17
La Verdad que Cuesta
Ares se quedó despierto el resto de la noche esperando el sonido de una maleta arrastrándose por el pasillo, la prueba de que Elena había decidido que ninguna deuda, ningún contrato y ningún beso junto a un piano merecían la pena a cambio de convivir con tantas mentiras.
El sonido nunca llegó. A las seis de la mañana, con la luz gris del amanecer filtrándose por los ventanales, Ares se rindió y bajó al despacho, donde encontró a Kirill esperándolo con dos cafés y una expresión que no presagiaba nada bueno.
—Petrov no quiere reunirse —anunció su hermano, sin preámbulos—. Ha cortado toda comunicación. Ivanov le ha ofrecido la mitad del control del corredor norte si consigue que la junta directiva vote a tu favor de "revisión de idoneidad" el viernes.
—¿Revisión de idoneidad? —Ares soltó una risa seca, sin humor—. Eso es papel mojado. La junta no tiene autoridad para destituirme sin el sesenta por ciento de los votos.
—La tenía, hasta que Kane publicó esta mañana un artículo insinuando que compraste la deuda de los Vance con información privilegiada sobre los movimientos de Ivanov.
—Kirill deslizó una tablet sobre la mesa, con el titular ya cargado: *El precio del silencio: ¿matrimonio de conveniencia o encubrimiento corporativo?
*—. No tiene pruebas todavía. Pero ha sembrado la duda suficiente como para que dos consejeros que llevaban diez años de tu lado empiecen a hacer preguntas.
Ares leyó el artículo dos veces, sintiendo cómo el control que había construido ladrillo a ladrillo durante seis años empezaba a resquebrajarse desde varios frentes a la vez.
Su rival ganando terreno real en los muelles.
Su reputación pública, la única moneda que su padre le había enseñado a valorar por encima del dinero, puesta en duda por primera vez desde que asumió el mando.
Y la mujer que dormía —o no dormía, ya no estaba seguro— al otro lado del pasillo, con motivos más que suficientes para odiarlo.
—Necesito hablar con Elena antes de que esto empeore —dijo, más para sí mismo que para su hermano.
—Necesitas contarle toda la verdad, Ares, no la versión editada que le sirva mejor a tu estrategia.
—Kirill lo miró con la seriedad que solo se permitía en los peores momentos—.
La conozco desde hace apenas un mes y ya sé que es demasiado lista para conformarse con una segunda mentira bonita en lugar de la primera.
Ares asintió despacio, consciente de que su hermano tenía razón, y de que la parte más aterradora de todo aquello no era Ivanov, ni la junta, ni siquiera el periodista hambriento de un titular. Era la posibilidad, cada vez más real, de que Elena decidiera que él no merecía la pena.
Subió las escaleras con el peso de esa certeza en el pecho, dispuesto, por primera vez en su vida adulta, a dejar que alguien viera el imperio entero desmoronándose sin intentar controlar la narrativa.