Deudas de sangre (Imperios de Ceniza 1) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Secretos bajo el Cemento

Elena no pudo dormir. La rabia y la traición se mezclaban en su pecho con una necesidad casi física de entender la magnitud completa de la mentira en la que vivía.

Recordó la carpeta con el sello de la naviera Vance que había visto de refilón sobre el escritorio de Ares la noche que lo sorprendió frente al retrato de su padre. Antes de poder convencerse de lo contrario, ya estaba caminando descalza hacia el despacho vacío.

La puerta estaba cerrada con llave, pero Elena conocía ya los pequeños descuidos de esa casa: la ventana del pasillo trasero que daba al despacho a través del jardín interior, la misma que el servicio dejaba entornada para ventilar.

Se coló por ella con el corazón latiéndole en la garganta, consciente de que estaba cruzando una línea de la que no habría marcha atrás.

El cajón estaba cerrado con llave, pero no era rival para la horquilla que Elena llevaba en el pelo y una paciencia que había perfeccionado durante años de partituras complicadas. La cerradura cedió con un clic suave.

Dentro encontró exactamente lo que buscaba: informes de auditoría falsificados, correos cifrados entre intermediarios, y la prueba irrefutable de que el hundimiento de los astilleros Vance no había sido un simple error de mercado de su padre, sino una operación orquestada por Dominic Ivanov para arrebatarles el control del corredor marítimo norte.

Y en medio de todo, notas manuscritas de la letra angulosa de Ares, calculando cada movimiento, cada consecuencia, cada beneficio de comprar la deuda antes que su rival.

—¿Encontraste lo que buscabas?

La voz de Ares cortó el silencio como una cuchilla. Estaba de pie en el umbral, con los brazos cruzados y una expresión que Elena no supo si era furia o resignación.

—Sabías desde el principio que Ivanov destruyó a mi familia a propósito. —Elena se puso en pie, sosteniendo la carpeta contra el pecho como un escudo—. Y dejaste que yo creyera que mi padre había cometido un simple error de negocios.

—Tu padre cometió errores reales, Elena. Ivanov solo se aprovechó de ellos con más precisión de la que él pudo prever.

—Eso no responde a mi pregunta. —Dio un paso hacia él, con los ojos ardiendo—. ¿Cuándo pensabas decírmelo? ¿Después de que terminara el año del contrato? ¿O nunca?

Ares avanzó hacia el escritorio con pasos lentos, controlados, la clase de control que Elena empezaba a reconocer como su forma de contener algo mucho más grande por dentro.

—Ivanov lleva treinta años intentando arrebatarme el control de este imperio, desde antes de que mi padre muriera.

Los astilleros eran la última pieza que necesitaba para presentarse ante la vieja guardia como el heredero legítimo que mi padre nunca me consideró a mí.

—Su voz se quebró apenas, un temblor que desapareció tan rápido como había llegado—.

No te lo dije porque en el momento en que lo hiciera dejarías de verme como el hombre que te besó junto al piano, y pasarías a verme, con razón, como una pieza más de esta guerra.

Y por primera vez en seis años, había algo que no quería perder a cambio de ganar.

—Debiste dejarme elegir con toda la información, Ares. No decidir tú por mí lo que podía o no podía soportar.

—Tienes razón. —Ares se pasó una mano por el rostro, y por primera vez desde que se conocían, pareció genuinamente cansado, despojado de toda la armadura que llevaba puesta desde el despacho del piso cuarenta—.

Pero si te lo hubiera contado la primera noche, jamás habrías firmado.

Y una parte muy egoísta de mí necesitaba que firmaras.

—¿Por la deuda? ¿O por Ivanov?

—Por ti. —La palabra salió de él como si le costara físicamente pronunciarla—. Al principio fue estrategia, no voy a mentirte otra vez. Pero hace semanas que dejó de serlo, y creo que los dos lo sabemos.

Elena cerró la carpeta con manos temblorosas, sintiendo cómo la rabia se mezclaba, contra toda lógica, con un anhelo que no sabía cómo nombrar.

—Necesito tiempo, Ares. No puedo fingir que esta carpeta no existe solo porque me hayas dicho algo bonito al final.

—No te lo he dicho para que la olvides. —Dio un paso hacia ella, deteniéndose justo antes de invadir el espacio que Elena necesitaba en ese momento—. Te lo he dicho porque mereces saber que, pase lo que pase con Ivanov, contigo nunca ha sido solo el contrato.

Elena pasó junto a él sin responder, con la carpeta todavía apretada contra el pecho, y se preguntó, mientras se alejaba por el pasillo, cuántas otras verdades quedaban todavía enterradas bajo el cemento de aquella familia.