CAPÍTULO 15
El Cebo
Kirill Volkov había pasado seis años limpiando los desastres de su hermano mayor con la eficiencia silenciosa de quien nunca espera que le den las gracias, pero la detective Valeria Cruz estaba empezando a convertirse en el primer desastre de su vida que no sabía cómo limpiar.
La encontró, por segunda vez en una semana, apostada frente a la verja exterior de los almacenes del muelle siete, con una cámara de fotos profesional colgada al cuello y una expresión de determinación que a Kirill le habría parecido admirable en cualquier otra persona que no estuviera a punto de hacer descarrilar seis años de trabajo cuidadoso.
—Terreno privado, detective —dijo, apoyándose contra la verja con las manos en los bolsillos, en un tono que pretendía sonar aburrido y no lo consiguió del todo—. Va a tener que buscarse otro pasatiempo.
—Y usted va a tener que buscarse otra forma de intimidar a los testigos, señor Volkov.
—Valeria bajó la cámara, sin apartar la mirada de la suya.
Tenía los ojos oscuros, cansados, del tipo de cansancio que se gana trabajando el doble que sus compañeros para que la tomen la mitad de en serio—.
Tres estibadores han cambiado su declaración sobre el incidente del mes pasado en menos de una semana.
Todos, curiosamente, después de recibir una llamada de la oficina de su hermano.
—Los negocios de mi familia no son de su incumbencia.
—Lo son en cuanto un contenedor aparece con un cargamento que no coincide con el manifiesto declarado en aduanas.
—Valeria dio un paso hacia él, sin ningún temor visible, lo cual resultaba tan exasperante como fascinante—.
Llevo tres años en la unidad de crimen organizado, señor Volkov.
He visto suficientes imperios como el suyo derrumbarse por el descuido de un solo hombre que se creía intocable.
No pienso ser yo quien mire hacia otro lado solo porque su apellido intimida a todo el departamento.
Kirill sintió algo parecido a la irritación y algo parecido a otra cosa completamente distinta, mucho más peligrosa, enredarse en el mismo nudo dentro de su pecho.
Llevaba media vida entrenado para identificar amenazas al instante y neutralizarlas antes de que se convirtieran en un problema real.
Valeria Cruz era, sin ninguna duda, una amenaza.
El problema era que Kirill no conseguía decidir si quería neutralizarla o sentarse a ver, con una curiosidad que no se permitía desde hacía años, hasta dónde era capaz de llegar.
—Le voy a dar un consejo gratuito, detective.
—Se acercó lo suficiente para que solo ella pudiera oírlo, sin llegar a invadir un espacio que sabía, instintivamente, que ella no le perdonaría que invadiera—.
Este imperio ha enterrado a gente mucho más peligrosa que una detective con ganas de hacer historia.
No por advertencia. Por respeto a lo que parece ser, contra todo pronóstico, una buena policía.
—¿Eso es una amenaza?
—Es una observación. —Kirill esbozó algo parecido a una sonrisa, la primera sincera que se permitía en semanas—. Las amenazas las hago de otra manera, y créame que lo sabría si se la estuviera haciendo.
Valeria lo estudió un instante más, con esa misma intensidad clínica con la que probablemente estudiaba una escena del crimen, y después, sin decir una palabra más, se dio media vuelta y se alejó hacia su coche, dejando a Kirill con la certeza incómoda de que aquel no había sido el último encuentro entre ambos, y con una parte de sí mismo —una parte que llevaba mucho tiempo dormida, adormecida a propósito por años de disciplina y sangre— que ya estaba deseando que llegara el siguiente.
Marcó el número de Ares esa misma noche, más tarde de lo habitual.
—La detective Cruz no se va a rendir —dijo, sin preámbulos—. He intentado la vía habitual. No funciona con ella.
—¿Quieres que me ocupe yo?
—No. —La respuesta de Kirill salió más rápido y más rotunda de lo que pretendía, lo suficiente como para que un silencio elocuente se extendiera al otro lado de la línea—. Quiero decir... deja que yo me encargue. Es mi error, si al final resulta serlo. Yo lo arreglo.
—Kirill. —La voz de Ares se volvió cautelosa, con esa perspicacia fraternal que Kirill llevaba media vida esquivando—. Conozco ese tono. Es el mismo que yo tenía hace un par de meses hablando de una pianista.
—No es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo, hermano. —Ares no se molestó en disimular la diversión en su voz—. Bienvenido al club de los Volkov que juran que tienen todo bajo control.
Kirill colgó sin darle el gusto de una respuesta, pero se quedó un rato más de pie frente al ventanal de su apartamento, con la imagen de unos ojos oscuros y decididos clavada en la memoria, preguntándose, no por primera vez esa semana, en qué momento exacto una simple amenaza para el negocio familiar había empezado a parecerle mucho más interesante que cualquier otra cosa que llevara años captando su atención.