CAPÍTULO 14
El Precio de las Cámaras
La gala benéfica de la Fundación Marítima brillaba con la clase de opulencia que Elena todavía no había aprendido a llevar sin sentirse una impostora.
Ares no se había separado de su lado en toda la noche, con una mano firme en la parte baja de su espalda que era, a partes iguales, gesto posesivo y ancla contra el mar de miradas curiosas que los seguía allá donde fueran.
Desde el beso junto al piano, algo entre ellos había cambiado de forma irreversible: las miradas duraban un segundo de más, los roces "accidentales" ya no eran tan accidentales, y Elena se sorprendía a sí misma buscando su contacto con una hambre que la asustaba.
—Señora Volkov. —La voz llegó desde su izquierda, untuosa y demasiado familiar—. Marcus Kane, del Herald. ¿Le importaría responder a un par de preguntas?
Elena reconoció el nombre de inmediato; Ares se lo había mencionado esa misma tarde, con una brevedad que ahora, retrospectivamente, le pareció sospechosa.
—Esta no es la ocasión —intervino Ares, con una sonrisa pública que no alcanzó sus ojos.
—Solo será un momento. —Kane no se dejó intimidar; llevaba el bolígrafo ya preparado—. Señora Volkov, ¿es cierto que su boda se firmó apenas dos semanas después de que su marido adquiriera la deuda de los astilleros de su familia? Algunos analistas encuentran... curiosa la coincidencia temporal.
El estómago de Elena se contrajo. No tenía una respuesta preparada, porque nadie le había advertido de que necesitaría una.
—El señor Volkov ayudó a mi familia en un momento muy difícil —dijo, escogiendo cada palabra con el cuidado de quien camina sobre cristal—. El resto son especulaciones de prensa amarilla.
—¿Y es también especulación que Dominic Ivanov intentaba cerrar la misma compra apenas días antes de que su esposo se adelantara? Fuentes cercanas al puerto norte aseguran que esto va mucho más allá de una boda de relaciones públicas.
Ares se interpuso entre ambos con un movimiento tan fluido que pareció coreografiado, aunque Elena sintió la tensión real vibrando bajo su traje impecable.
—Esta entrevista ha terminado —dijo, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—. Si vuelve a acercarse a mi esposa sin autorización, hablaremos de ello con mis abogados en lugar de con palabras.
Kane se retiró entre las sombras del salón, pero no sin antes lanzar una última mirada a Elena, una mirada que decía con claridad: *esto no ha terminado*.
Elena esperó hasta que estuvieron solos en el coche, de regreso a la mansión, para soltar la pregunta que llevaba clavada en la garganta desde la primera frase del periodista.
—¿Compraste la deuda de mi padre antes de que Ivanov pudiera hacerlo?
Ares mantuvo la vista al frente, con las manos tensas sobre el volante.
—Sí.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no cambiaba nada para ti. La deuda seguía siendo real. El contrato seguía siendo el mismo.
—Cambia todo, Ares. —La voz de Elena tembló, no de miedo esta vez, sino de una traición que apenas empezaba a tomar forma—. Significa que no me elegiste a mí para salvarme. Me elegiste como un movimiento en una guerra contra Ivanov que ni siquiera sabía que existía.
—Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez.
—O puede que solo una de ellas lo sea, y tú lleves toda tu vida confundiendo estrategia con sentimientos porque nunca aprendiste la diferencia.
El silencio que siguió duró el resto del trayecto, denso y gélido como el aire de los acantilados.
Cuando el coche se detuvo frente a la mansión, Elena bajó sin esperar a que él le abriera la puerta, con la certeza amarga de que el hombre que la había besado como si fuera lo único real en su vida también era capaz de guardar secretos del tamaño de un imperio entero.