CAPÍTULO 13
Reglas Rotas
Ares llevaba huyendo de una mujer dentro de su propia casa desde hacía tres días, y estaba empezando a odiarse por ello casi tanto como odiaba lo que sentía cada vez que la veía.
La encontró en la cocina a medianoche del tercer día, calentando leche que no quería en realidad, con el mismo insomnio que a él lo había arrastrado escaleras abajo.
Ninguno de los dos habló al principio; se limitaron a compartir el silencio incómodo de dos personas que se han besado una vez y no saben todavía qué reglas rigen la segunda.
—¿Vas a seguir evitándome por los pasillos como si fuera una aparición? —preguntó Elena por fin, apoyada contra la encimera, con la taza entre las manos.
—No te evito. —Ares se acercó más de lo estrictamente necesario para servirse un vaso de agua, hasta que el calor de su cuerpo volvió a invadir el espacio de Elena de la misma forma que aquella noche junto al piano—. Te doy espacio. Hay una diferencia.
—Pues desde aquí no se nota mucho la diferencia.
Ares dejó el vaso sobre la encimera sin beber, y por un instante ninguno de los dos se movió, con apenas un palmo separando sus bocas, el mismo tipo de silencio cargado que había precedido al beso del salón.
La mano de Ares se levantó, casi por voluntad propia, hacia la mejilla de Elena; ella cerró los ojos, anticipando el contacto con una impaciencia que la avergonzaba y la excitaba a partes iguales.
El teléfono de Ares vibró sobre la encimera con la insistencia particular de una llamada de Kirill a horas intempestivas, y ambos se apartaron de golpe, como dos adolescentes sorprendidos por un padre, con la respiración agitada y el momento roto en mil pedazos que ninguno de los dos se atrevió a recoger.
—Tengo que contestar —murmuró Ares, con la voz ronca de una frustración que no tenía nada que ver con los negocios.
—Claro —dijo Elena, aunque el temblor de su propia voz la delató por completo.
Se refugió en el trabajo con la disciplina de quien busca ahogarse en números para no pensar en el sabor de un beso interrumpido. Pero la mañana le tenía preparada una distracción mucho más urgente que sus propios sentimientos.
—Tenemos un problema —anunció Kirill, entrando en el despacho sin llamar, con la tablet ya encendida sobre la mesa—. Grigor Petrov ha cambiado de bando.
Ares levantó la vista de golpe. Petrov era el proveedor que controlaba el sesenta por ciento de la logística portuaria de la costa norte, un aliado que su padre había heredado y que Ares había mantenido leal durante seis años a base de favores y de una generosidad calculada.
—¿Cuánto le ha ofrecido Ivanov?
—No es dinero. —Kirill deslizó la tablet hacia él—.
Es información. Ivanov le ha enseñado documentos sobre el préstamo de los astilleros Vance, los mismos que tú guardas bajo llave.
Sabe que compraste la deuda antes de que Ivanov pudiera cerrarla.
Sabe que el matrimonio con Elena no es solo relaciones públicas para la junta; es una jugada para robarle el control del puerto norte antes de que él pudiera hacerse con las cabezas de familia arruinadas.
Ares sintió que la sangre se le helaba en las venas.
Si esa información llegaba a la junta directiva antes de que él pudiera controlarla, ya no importaría cuánto amara Elena tocar el piano en su salón: el relato público dejaría de ser el de un empresario respetable buscando estabilidad y pasaría a ser el de un depredador que había comprado a una mujer arruinada para robarle el negocio a su rival.
—Petrov nos ha desviado dos cargamentos esta semana hacia los muelles de Ivanov —continuó Kirill—. Sin previo aviso. Estamos perdiendo control del corredor norte, Ares. Es la primera vez en seis años que Ivanov gana terreno real, no solo ruido de salón.
—Convoca a la junta para el viernes. —La voz de Ares se había vuelto de hielo, la misma voz que Kirill conocía de los peores momentos de su vida—. Y localiza a Petrov. Quiero una reunión con él antes de que Ivanov termine de comprarlo del todo.
Kirill asintió y se dirigió a la puerta, pero se detuvo antes de salir.
—Hay algo más. —Kirill se pasó una mano por la nuca, con una incomodidad poco habitual en él—.
La policía ha reabierto la investigación sobre el incidente de los muelles del mes pasado.
Han asignado el caso a una detective nueva, Valeria Cruz.
Se ha presentado esta mañana en el muelle siete haciendo preguntas que ningún policía debería saber hacer.
—¿Qué clase de preguntas?
—Las correctas. —Kirill esbozó algo parecido a una sonrisa, aunque su tono seguía siendo de alerta—.
Sabe distinguir un cargamento legítimo de uno que no lo es con solo mirar el manifiesto.
He tenido que sacarla yo mismo del perímetro antes de que empezara a fotografiar contenedores que no le convienen a nadie fotografiar.
No es de las que se conforman con una explicación fácil, Ares. Va a ser un problema.
—Entonces ocúpate de que no lo sea.
—Ya lo intento. —Algo en la forma en que Kirill lo dijo, mirando hacia la ventana en lugar de a su hermano, sugería que "ocuparse" de la detective Cruz iba a resultarle bastante más complicado de lo que ninguno de los dos hermanos Volkov sospechaba todavía.
Kirill se recompuso y volvió al asunto que lo había llevado hasta allí—.
Además, Marcus Kane, el periodista que estuvo indagando el mes pasado sobre el incidente de los muelles, ha empezado a hacer preguntas sobre Elena.
Sobre su apellido, sobre los astilleros, sobre cuándo empezó exactamente vuestra relación en comparación con cuándo se firmó la compra de la deuda.
—¿Cómo de cerca está de la verdad?
—Lo bastante como para hacerte quedar como el villano de la historia, aunque no tenga ni una sola prueba todavía.
Ares se levantó y caminó hasta el ventanal, con los puños cerrados a la espalda.
Durante seis años había construido su reputación ladrillo a ladrillo, controlando cada narrativa, cada titular, cada rumor antes de que pudiera echar raíces.
Y ahora, justo cuando por primera vez en su vida adulta había bajado la guardia por algo que no era estrategia sino deseo puro, el suelo empezaba a agrietarse bajo sus pies desde dos frentes a la vez.
—Que Kane se acerque a la gala benéfica del sábado si tanto quiere una historia —dijo por fin, sin girarse—. Le voy a dar una, pero no la que espera.
—¿Y Elena?
Ares cerró los ojos un instante, viendo de nuevo su rostro iluminado por la luna, sus manos sobre las teclas, la vulnerabilidad absoluta con la que le había devuelto el beso.
—Elena no se entera de nada de esto todavía —dijo—. Ya tiene suficiente con aprender a sobrevivir en mi mundo. No pienso añadirle el peso de una guerra que empezó antes de que ella naciera.
Kirill lo miró con una mezcla de lástima y advertencia que Ares prefirió no descifrar.
—Las mentiras por omisión también son mentiras, hermano. Y las mujeres como ella tienen la costumbre de no perdonarlas.
Se marchó sin esperar respuesta, dejando a Ares solo con el peso de una decisión que sabía, en el fondo, que terminaría por estallarle en las manos.