CAPÍTULO 12
Rutinas de Cristal
Los días que siguieron al beso junto al piano se instalaron en una rutina extraña que Elena jamás habría imaginado posible dentro de una mansión de acero y cristal gobernada por un hombre que hablaba de deudas como quien habla del clima.
Ares empezó a llegar antes a cenar. No todas las noches —seguía habiendo llamadas urgentes a horas imposibles, reuniones que lo devolvían a casa oliendo a tensión contenida—, pero las suficientes como para que Elena empezara, sin proponérselo, a esperar el sonido de su coche entrando en el garaje.
—No sabía que los tiburones también desayunaban tostadas —le dijo una mañana, observándolo untar mantequilla con la misma concentración que dedicaba a desmantelar imperios rivales.
—Los tiburones también necesitan energía para seguir siendo tiburones. —Ares deslizó el plato de fruta hacia ella sin que se lo pidiera, un gesto tan pequeño y tan poco propio de él que Elena tuvo que disimular la sonrisa detrás de la taza de café—. Come. Tienes ensayo hoy.
—¿Ensayo?
—Katia me ha convencido de que necesitas un piano de verdad para practicar, no solo el mío para las noches de insomnio.
—Ares se limpió las manos con la servilleta, evitando su mirada con una torpeza que en cualquier otro hombre habría parecido timidez—.
He hablado con la Filarmónica de la ciudad.
Tienen una sala de ensayo privada disponible tres tardes por semana. Es tuya, si la quieres.
Elena se quedó mirándolo, incapaz de procesar del todo que el mismo hombre que había vaciado su apartamento sin pedirle permiso ahora le estuviera devolviendo, con la misma frialdad práctica, la única cosa que de verdad quería recuperar.
—¿Por qué haces esto?
—Porque cada vez que te oigo tocar, dejo de oír a mi padre durante un rato. —Lo dijo sin dramatismo, como quien confiesa un hecho científico y no una herida—. Es el intercambio más egoísta que he hecho en mi vida, si te sirve de consuelo.
Katia se convirtió en una presencia casi diaria, invadiendo la cocina con lienzos a medio terminar y opiniones sobre absolutamente todo, desde la disposición de los muebles del salón —"esto parece la sala de espera de un cirujano plástico, Ares, contrata a un decorador con alma"— hasta la ropa que Elena debía llevar a la sala de ensayo —"nada de vestidos de gala, necesitas algo en lo que puedas respirar, hermana Volkov honoraria".
La palabra "hermana" se le escapó a Katia sin pensar, un martes cualquiera mientras merendaban en la terraza, y ninguna de las dos la corrigió.
Una tarde, mientras Elena ensayaba un concierto de Rachmaninov que llevaba años sin atreverse a tocar, encontró a Ares apoyado en el marco de la puerta de la sala de música, con la corbata deshecha y el móvil apagado por una vez, simplemente escuchando.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—El suficiente para saber que ese pasaje del segundo movimiento te sale mejor cuando no piensas en si lo estás haciendo bien.
—Se acercó y se sentó en el otro extremo del banco, dejando un palmo de distancia entre ambos que ninguno de los dos parecía muy convencido de querer mantener—.
Mi padre solía decir que la perfección era la única forma aceptable de amor.
Tardé seis años en darme cuenta de que la perfección es, en realidad, la forma más eficiente de matar cualquier cosa que valga la pena amar.
—¿Y tú qué crees que es el amor, entonces?
Ares se quedó pensativo un instante, con los ojos fijos en las manos de Elena todavía posadas sobre las teclas.
—Esto. —Levantó una mano y la colocó, muy despacio, sobre la de ella, sin presionar, solo dejándola descansar ahí, piel contra piel, tecla contra tecla—. Elegir quedarme quieto el tiempo suficiente para escuchar a otra persona, en lugar de decirle cómo debería sonar.
Elena giró la mano bajo la suya, entrelazando los dedos, y por un instante, en la sala de ensayo silenciosa, ninguno de los dos fue el monstruo ni la pianista rota. Fueron, simplemente, dos personas aprendiendo un idioma nuevo juntas.
Esa misma noche, después de que Katia se marchara entre risas y una promesa de volver al día siguiente con "el vestido perfecto para la gala de la Fundación Marítima", Elena encontró a Ares en el despacho, no frente al retrato de su padre esta vez, sino frente a una fotografía enmarcada que jamás había visto antes: él mismo, de unos ocho años, sentado al piano de un internado, con una sonrisa genuina que Elena reconoció al instante porque era la misma que empezaba a asomar, cada vez con más frecuencia, en el rostro del hombre en el que se estaba convirtiendo de nuevo.
—La encontré guardada en una caja el año que murió mi padre —dijo Ares, sin girarse—. Nunca supe por qué la conservé, en lugar de quemarla con el resto de las cosas que me recordaban a quien fui antes de que él me enseñara a odiarlo.
—Yo sí lo sé. —Elena se acercó y le rodeó la cintura desde atrás, apoyando la mejilla entre sus omóplatos—. Porque una parte de ti siempre supo que ese niño merecía volver algún día.
Ares no respondió con palabras. Se limitó a girarse dentro del abrazo y a besarla con una lentitud reverente que no tenía nada de la urgencia desesperada de la primera vez, sino la calma de dos personas que, por fin, empezaban a creer que tenían tiempo por delante.