CAPÍTULO 11
Las Notas del Insomnio
El insomnio la arrastró hasta el salón poco después de las dos de la madrugada, como todas las noches desde que llegó a esa casa. Pero esta vez, en lugar de limitarse a mirar el Steinway desde la distancia, Elena se sentó frente a él.
Sus dedos rozaron las teclas con un temor reverencial, como quien reencuentra a un amante después de un exilio demasiado largo.
La primera nota vibró en el silencio de la casa, tímida, imperfecta.
La segunda ya sonó más segura. Para cuando llegó al cuarto compás de un nocturno de Chopin que llevaba tres años sin atreverse a tocar, las lágrimas le corrían por las mejillas sin que se lo hubiera propuesto.
No oyó los pasos de Ares hasta que ya estaba de pie en el umbral del salón, observándola con una expresión que ella no supo descifrar del todo: parte hambre, parte dolor antiguo.
—No pares —dijo él, cuando ella se detuvo en seco, avergonzada de que la hubiera sorprendido tan vulnerable.
—Creía que odiabas la música.
—Creía muchas cosas. —Ares avanzó despacio, hasta apoyarse en el borde del piano, con los ojos fijos en sus manos—. Sigue tocando.
Elena obedeció, aunque el pulso se le desbocó con cada paso que él daba hacia ella. La pieza fluyó distinta esta vez, más honesta, como si la presencia de Ares le arrancara capas de la coraza que llevaba tres años construyendo sobre su propio talento.
Cuando la última nota se apagó en el aire, el silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad.
—Mi padre me rompió los dedos cuando tenía diecinueve años —dijo Ares, con una voz tan baja que Elena tuvo que contener la respiración para escucharlo—. Después de un recital escolar. Dijo que la belleza era una debilidad que los hombres fuertes debían destruir antes de que los destruyera a ellos.
Elena giró en el taburete para mirarlo de frente, con el corazón encogido por una compasión que no esperaba sentir por el hombre que la había comprado como si fuera una acción en bolsa.
—¿Por eso odias este piano?
—Odio lo que me recuerda. —Ares se arrodilló frente a ella, quedando a la altura de sus ojos, y por primera vez Elena vio al niño que había sido antes de convertirse en un monstruo con traje a medida—.
Pero no te odio a ti tocándolo. Es lo contrario, y eso me aterra mucho más de lo que cualquier amenaza de Ivanov podría hacerlo jamás.
—Ares...
—No digas nada. —Levantó una mano y le apartó un mechón de pelo del rostro, con un cuidado casi doloroso—.
Llevo tres semanas diciéndome que esto es solo parte del contrato.
Que vigilarte de cerca es estrategia. Pero acabo de arrodillarme frente a un piano que no he tocado en trece años solo para estar más cerca de ti, y ya no sé mentirme tan bien como antes.
Elena no pensó. Simplemente actuó, cerrando la distancia que los separaba y presionando sus labios contra los de él con una urgencia que llevaba semanas acumulándose sin que ninguno de los dos se atreviera a nombrarla.
Ares respondió al instante, con una mano hundiéndose en su cabello y la otra rodeándole la cintura para atraerla hacia sí desde el taburete, como si llevara toda la vida esperando ese permiso.
El beso no tuvo nada de la frialdad calculadora que Elena esperaba de él; fue hambriento, desesperado, la clase de beso que un hombre da cuando ha pasado seis años convenciéndose de que no necesita nada ni a nadie.
Cuando por fin se separaron, ambos respiraban con dificultad, con las frentes apoyadas la una contra la otra.
—Esto no estaba en el contrato —susurró Elena.
—No —admitió Ares, con una sonrisa torcida que no llegó a disimular el pánico genuino en su mirada—. Y precisamente por eso es la primera cosa en años que quiero de verdad.
Se levantó de golpe, como si hubiera tomado conciencia repentina de lo que acababa de exponer, y salió del salón sin decir una palabra más, dejando a Elena sola frente al piano, con los labios todavía calientes y la certeza, aterradora y dulce a partes iguales, de que el contrato que había firmado ya no era la parte más peligrosa de aquella casa.