CAPÍTULO 10
Lecciones de Supervivencia
—No pienso dejar que la próxima vez que un hombre de Ivanov se te acerque, tu única defensa sean las réplicas ingeniosas —anunció Ares una tarde, entrando en el salón con una determinación que a Elena le pareció, al principio, completamente desproporcionada.
—Las réplicas ingeniosas me han funcionado bastante bien hasta ahora.
—Con Ivanov. En una fiesta. Rodeada de doscientos testigos.
—Ares se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo del sofá, arremangándose la camisa con la clase de eficiencia práctica que reservaba normalmente para las reuniones de junta—.
No van a ser tan educados si alguna vez te encuentran sin público delante. Ven aquí.
Elena se levantó, más por curiosidad que por obediencia, y se colocó frente a él en el centro del salón, bajo la luz fría de los focos empotrados.
—Si alguien te agarra por detrás así —Ares le rodeó los brazos desde atrás, con una firmeza que no tenía nada de agresiva pero que dejaba claro, con absoluta precisión, lo poco que Elena podría hacer si aquello fuera real—, ¿qué es lo primero que se te ocurre hacer?
—Gritar.
—Bien. ¿Y lo segundo?
—Entrar en pánico, imagino.
Ares soltó una risa breve y genuina contra su oído, un sonido tan poco habitual en él que Elena sintió que se le erizaba la piel del cuello por motivos que no tenían nada que ver con el miedo.
—El pánico te mata más rápido que cualquier hombre armado.
—Aflojó levemente el agarre, guiándole las manos hasta un punto exacto de su propio antebrazo—.
Lo segundo que vas a hacer es esto: bajas el peso, giras la cadera hacia mi lado más débil, y usas el codo, no el puño.
El codo rompe cosas. El puño solo te rompe los nudillos a ti.
Practicaron el movimiento una y otra vez, con Ares corrigiéndole la postura con las manos —en la cadera, en el hombro, en la muñeca— cada corrección un roce que se prolongaba medio segundo más de lo estrictamente necesario, cada instrucción pronunciada más cerca de su oído de lo que exigía cualquier manual de defensa personal.
Para la décima repetición, ninguno de los dos fingía ya que aquello tenía que ver únicamente con supervivencia física.
—Otra vez —dijo Ares, con la voz más ronca de lo que pretendía, colocándose de nuevo detrás de ella—. Y esta vez, no dudes.
Elena giró con más fuerza de la necesaria, y en lugar del movimiento limpio que Ares le había enseñado, terminaron los dos enredados, ella de espaldas contra su pecho, con la mano de Ares todavía sujetando la suya en el aire y sus rostros peligrosamente cerca.
El salón entero pareció contener la respiración con ellos.
—Se supone que tenías que soltarte —murmuró Ares, sin hacer ademán alguno de apartarse.
—Se supone que tú tenías que dejarme ir. —Elena sintió el latido de su propio corazón multiplicarse por diez, la cercanía de su cuerpo un incendio silencioso contra su espalda—. Ninguno de los dos está siguiendo las reglas.
—Nunca se me han dado bien las reglas ajenas.
Sus dedos seguían entrelazados en el aire, la respiración de ambos sincronizada en un ritmo que no tenía nada que ver con el ejercicio físico que acababan de terminar.
Elena giró apenas la cabeza, lo suficiente para ver la tensión contenida en la mandíbula de Ares, la forma en que sus ojos grises habían perdido toda la frialdad calculadora que ella recordaba de la primera noche en su despacho.
—Ares...
—Lo sé. —Se separó de golpe, con la respiración entrecortada, pasándose una mano por el pelo con una frustración que no intentó disimular—. Lo sé. No estamos preparados para esto todavía.
Recogió la chaqueta del sofá con movimientos bruscos, evitando su mirada.
—Mañana seguimos con la lección —dijo, ya de espaldas, camino de su despacho—. Necesitas saber defenderte de verdad, Elena. Aunque a mí me esté costando cada vez más recordar por qué necesito mantener las distancias mientras te lo enseño.
Elena se quedó sola en el centro del salón, con el eco de sus manos todavía grabado en la piel y la certeza, cada vez más innegable, de que la distancia que Ares insistía en mantener se estaba desmoronando mucho más rápido de lo que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir en voz alta.