CAPÍTULO 9
Debilidad
Ares no durmió esa noche.
Se quedó en su despacho, con la corbata deshecha colgando del cuello y la camisa abierta en el primer botón, repasando una y otra vez la sensación de la piel de Elena bajo su palma.
Había tocado a muchas mujeres en su vida —con hambre, con posesión, con la eficiencia fría de quien busca un desahogo pasajero—, pero jamás había sentido que un simple roce de mejilla pudiera desestabilizar los cimientos de seis años de control absoluto.
*Empiezo a querer hacerlo.* Había dicho la verdad sin planearlo, y eso era, con diferencia, lo más peligroso que le había pasado desde que enterró a su padre.
Marcó el número de Kirill sabiendo que probablemente lo despertaría, y sin que le importara lo más mínimo.
—Necesito que investigues algo —dijo, en cuanto su hermano contestó con un gruñido somnoliento.
—Son las tres de la madrugada, Ares.
—La beca de Elena. La de Viena. Quiero saber si el conservatorio la mantiene abierta o si ya la ha cedido a otro alumno.
Un silencio largo al otro lado de la línea, cargado de la incredulidad de quien conoce a su hermano mejor que nadie.
—¿Me estás pidiendo que investigue el sueño roto de tu esposa de mentira a las tres de la madrugada?
—Te estoy pidiendo que hagas tu trabajo.
—Llevas seis años sin pedirme nada que no tuviera que ver con dinero o con sangre, hermano. —La voz de Kirill se suavizó, con la clase de honestidad que solo la familia se permite—. Ten cuidado. Ese contrato dice un año. No dice para siempre.
Ares colgó sin responder, porque no tenía una respuesta que no sonara a excusa.
Se levantó y caminó hasta el gran salón, donde el Steinway dormía bajo la luz azulada de la luna que entraba por los ventanales.
Pasó los dedos por la tapa cerrada, sintiendo la madera pulida bajo las yemas, y por un instante casi pudo oír, en su memoria, el eco torpe y hermoso de aquel recital que le costó una paliza.
Su padre solía decir que amar algo era entregarle a otra persona un arma cargada y enseñarle exactamente dónde apuntar.
Ares llevaba seis años de su vida asegurándose de que nadie tuviera esa arma.
Y sin embargo, ahí estaba, a las cuatro de la madrugada, memorizando el sonido de la voz de una mujer que ni siquiera sabía que él la había investigado hasta el último detalle, incapaz de dejar de preguntarse qué clase de música tocaría si alguna vez volvía a sentarse frente a un piano sin miedo.
No era debilidad, se dijo, cerrando la tapa del instrumento con un cuidado que no le había dedicado a nada en años.
Era estrategia.
Se mintió a sí mismo con tanta convicción que casi lo creyó.