CAPÍTULO 8
Fachada de Oro
La mansión de los Ivanov olía a dinero viejo y a rencor todavía más viejo.
Elena avanzó del brazo de Ares por el salón de baile, enfundada en un vestido de seda color champán que él mismo había elegido —"para que parezcas mía sin que tengas que decir una sola palabra", le había dicho en el coche, con una frialdad que a esas alturas ya no la sorprendía tanto como debería—.
Un centenar de miradas los siguió mientras cruzaban la sala. La pareja del año. La farsa perfecta.
—Sonríe —murmuró Ares entre dientes, sin mover apenas los labios—. Recuerda que hoy adoras cada centímetro de mí.
—Hago lo que puedo con el material que tengo —replicó Elena, con una sonrisa tan radiante como falsa.
Dominic Ivanov los interceptó junto a la mesa de los canapés.
Era un hombre de sesenta años, elegante hasta la crueldad, con una sonrisa que Elena reconoció de inmediato: la misma sonrisa de tasador que Ares había usado la noche que firmó el contrato, pero sin ninguna de las grietas que ella ya había aprendido a identificar en su marido.
—Ares. Qué alegría. —La voz de Ivanov era untuosa, cargada de un desprecio que ni se molestaba en disimular—. Y esta debe de ser la famosa señora Volkov. Dígame, querida, ¿cómo es dormir cada noche bajo el mismo techo que el hijo del hombre que arruinó a media docena de familias en esta misma sala?
Ares se tensó a su lado, una tensión casi imperceptible que solo Elena, tras dos semanas de estudiarlo como quien estudia una partitura difícil, pudo percibir.
—Duermo muy bien, señor Ivanov —respondió ella, antes de que Ares pudiera intervenir—. Los hombres que construyen en lugar de destruir suelen tener el sueño tranquilo. Imagino que usted sabrá algo de lo contrario.
Un destello de sorpresa cruzó el rostro de Ivanov, idéntico al que había visto en Ares la primera noche.
—Vaya, vaya. Parece que el heredero Volkov por fin ha encontrado algo con carácter. —Ivanov se inclinó levemente hacia ella—. Cuídese, señora Volkov. Los astilleros de su padre no fueron la primera familia que este imperio ha desangrado, y desde luego no serán la última.
Se alejó entre las risas educadas de la fiesta, dejando tras de sí un rastro de veneno que Elena tardó varios segundos en digerir.
Ares la tomó del codo y la condujo hacia el balcón, lejos de las miradas curiosas. El aire nocturno de los acantilados le heló la piel desnuda de los hombros.
—No necesitabas defenderme —dijo él, con la voz más baja de lo habitual—. Sé cuidar de mí mismo desde hace treinta y dos años.
—No lo he hecho por ti. —Elena se giró hacia él, con el pulso todavía acelerado por la adrenalina—. Lo he hecho porque ese hombre me ha mirado como si yo fuera parte del botín de guerra, y estoy cansada de que los hombres como él decidan lo que valgo.
Ares la observó durante un largo instante, con una intensidad que le calentó la piel más que el vino que había bebido esa noche. Estaban demasiado cerca. Ella podía sentir el calor de su cuerpo a través de la tela fina del vestido, el modo en que su respiración se había alterado apenas un grado.
—Ivanov no se equivoca en todo —dijo Ares por fin, con una honestidad brutal que la desarmó más que cualquier amenaza—. Este imperio ha desangrado a muchas familias. La tuya, entre ellas.
—Entonces demuéstrame que eres distinto a él.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos, cargadas de un peso que ninguno de los dos supo, en ese momento, cómo sostener. Ares levantó una mano y, por primera vez desde que se conocían, la posó sobre la mejilla de Elena con una delicadeza que contradecía todo lo que ella creía saber sobre él.
—Ese —susurró, con la voz ronca— es el problema, pianista. Empiezo a querer hacerlo.
Un estruendo de aplausos estalló dentro del salón, rompiendo el hechizo. Ares retiró la mano de golpe, como si se hubiera quemado, y la máscara de frialdad volvió a su rostro con la misma rapidez con la que había desaparecido.
—Es hora de volver a la fiesta —dijo, ofreciéndole el brazo con una cortesía perfectamente ensayada.
Pero Elena había visto lo que había debajo, y ya no podía dejar de buscarlo.