Deudas de sangre (Imperios de Ceniza 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

La Herida Original

Dominic Ivanov tenía sesenta años y todavía podía cerrar los ojos y sentir el frío exacto del muelle donde Konstantin Volkov lo había humillado por última vez, treinta años atrás.

Habían sido socios, en otra vida. Casi hermanos, en los años en que el imperio del norte no era más que dos jóvenes ambiciosos y un puñado de almacenes medio derruidos junto al agua.

Ivanov había aportado los contactos; Konstantin, la brutalidad necesaria para sostenerlos.

Funcionó durante ocho años, hasta la noche en que un cargamento se perdió por culpa de un error que no fue de ninguno de los dos, y Konstantin decidió que la historia necesitaba un único villano para no ensuciar su propio nombre ante la vieja guardia.

Escogió a Ivanov.

Lo desposeyó de su parte del negocio delante de veinte hombres armados, en ese mismo muelle, y le dijo, con la misma sonrisa fría que su hijo heredaría treinta años después sin saberlo, que los socios que fallan dejan de ser socios y pasan a ser deudas.

La misma palabra —*deuda*— que Ares usaría después con Elena, sin sospechar jamás que la había aprendido de la boca de un hombre que la había inventado precisamente para justificar la traición a su mejor amigo.

Ivanov reconstruyó su fortuna desde cero, con paciencia de décadas, mientras veía cómo Konstantin —y después Ares— convertían aquellos primeros almacenes en un imperio que, por derecho y por sangre invertida, debería haber llevado también su apellido.

No quería los astilleros Vance por dinero.

El dinero llevaba treinta años sobrándole.

Quería devolverle a un Volkov, cualquier Volkov, exactamente la misma humillación pública en el mismo tipo de muelle, para poder morir sabiendo que la balanza, por fin, había quedado saldada.

Esa noche, sentado a solas en su despacho, releyendo el informe sobre la boda relámpago de Ares con la hija de los Vance, Ivanov permitió que aflorara, por un instante, algo peligrosamente parecido al respeto.

—Listo, el chico —murmuró, sirviéndose un vodka que apenas tocó—. Casarse con la única persona capaz de hacer que la junta olvide sus pecados. Konstantin habría hecho lo mismo, si hubiera tenido la inteligencia emocional para fingir que le importaba alguien además de sí mismo.

Pero Ivanov también había pasado treinta años estudiando la única debilidad genuina de los Volkov: amaban de forma absoluta, incondicional y estúpida, exactamente como habían odiado.

Si Ares había cometido el error de enamorarse de verdad de esa pianista —y todos los informes de sus hombres apuntaban a que sí, con una precisión que a Ivanov le costaba creer en un hombre entrenado para no sentir nada—, entonces ya no necesitaba destruir el imperio Volkov pieza a pieza.

Solo necesitaba encontrar la forma correcta de arrebatarle a la mujer.

Descolgó el teléfono y marcó un número que no usaba desde hacía meses, uno de los pocos hombres de su antigua red todavía empleado en el hospital privado donde el padre de Elena continuaba su revisión postoperatoria.

—Necesito saber exactamente cuándo va a estar solo Julian Vance —dijo, sin ningún preámbulo, con la voz tan calmada como la de un hombre que discute horarios de tren—. Y necesito que sea pronto. Antes de que a Ares Volkov se le ocurra protegerlo también a él.

Colgó, se sirvió otro vodka, y por primera vez en treinta años sintió que la vieja herida, la del muelle, la de la sonrisa fría de Konstantin, empezaba por fin a cerrarse.

No sabía todavía que estaba a punto de abrirse otra completamente distinta, y que esta vez sería un disparo, no una traición, lo que se la infligiera.