Deudas de sangre (Imperios de Ceniza 1) CAPÍTULO 6
22%

CAPÍTULO 6

El Retrato

Konstantin Volkov había muerto seis años atrás, y aun así seguía dando órdenes desde un lienzo de metro ochenta.

Ares se quedó mirando los ojos pintados de su padre mucho después de haber colgado el teléfono.

Recordaba el día en que ese retrato se pintó: tenía diecinueve años, había tocado por primera y última vez un piano en un recital escolar, y su padre lo había esperado en el coche con el cinturón ya en la mano.

*La belleza es lo que los hombres débiles usan para consolarse de no tener poder real*, le había dicho aquella noche, mientras Ares aprendía, a golpes, que el don que tenía en las manos era una vergüenza que había que extirpar. Nunca volvió a tocar una tecla.

Seis años gobernando el imperio que ese hombre había construido con sangre y cemento, y Ares seguía sin saber si odiaba más al padre que lo había roto o a la parte de sí mismo que, en momentos como aquel, todavía escuchaba su voz antes que la propia.

Se sirvió otro whisky que tampoco pensaba beberse.

Sobre el escritorio, la carpeta con el sello de la naviera Vance seguía donde la había dejado esa tarde: transferencias irregulares, correos cifrados, la prueba de que la ruina de Julian Vance no había sido un accidente de mercado, sino una operación quirúrgica orquestada desde las sombras.

La firma de los informes de auditoría falsa llevaba, sin ninguna duda, el sello de Ivanov.

Ares no había comprado esa deuda por casualidad.

La había comprado antes de que Ivanov pudiera cerrar el trato, arrebatándole el premio delante de sus narices.

Los astilleros no eran solo un activo; eran la última pieza que Ivanov necesitaba para controlar los accesos marítimos del norte y presentarse ante la vieja guardia como el verdadero heredero del imperio, en lugar del hijo que su padre siempre había llamado insuficiente.

Nadie sabía eso todavía. Ni la junta, ni Kirill del todo, y desde luego no Elena.

Había una pesadilla concreta que lo visitaba siempre que el estrés se acumulaba demasiado: tenía diecinueve años otra vez, sentado al piano del internado, y las manos de su padre le envolvían las muñecas por detrás, no para golpearlo esta vez, sino para guiar sus dedos sobre las teclas con una precisión burlona, obligándolo a tocar una melodía perfecta mientras le susurraba al oído que la perfección y la sumisión eran la misma cosa disfrazada con ropa distinta.

Ares se despertaba siempre en el mismo instante, justo antes de que el sueño le revelara si conseguía o no soltarse.

Llevaba seis años sin conseguirlo ni una sola vez, ni dormido ni despierto.

Guardó la carpeta bajo llave, esta vez en el cajón correcto, y se permitió un segundo de quietud antes de apagar la lámpara. Fue entonces cuando percibió algo: un cambio mínimo en el aire del pasillo, un silencio distinto al silencio habitual de la casa a esas horas.

Alguien había estado ahí. Observando.

Ares no se giró hacia la puerta. Conocía ese tipo de presencia —la había cultivado él mismo durante años, la capacidad de sentir un par de ojos sobre la nuca antes de verlos—, y supo, sin necesidad de comprobarlo, exactamente a quién pertenecían.

Debería haberle molestado. Cualquier otra persona que hubiera sorprendido esa grieta en su armadura habría terminado esa misma noche fuera de la mansión, con una advertencia que no necesitaría repetirse.

Pero en lugar de furia, sintió algo mucho más inquietante: una especie de alivio extraño, casi vergonzoso, por que alguien —por primera vez en seis años— hubiera visto lo que había debajo del monstruo y no hubiera salido corriendo.

Aquello era exactamente el tipo de debilidad contra la que su padre le había advertido.

Ares apagó la luz del despacho y se quedó un instante más frente al retrato, a oscuras.

—Voy a necesitar vigilarla de cerca —murmuró, más para sí mismo que para el óleo silencioso que llevaba seis años observándolo—. Por el bien del contrato, claro.

Sabía, incluso mientras lo decía, que se estaba mintiendo. Y por primera vez en mucho tiempo, no le importó.