Deudas de sangre (Imperios de Ceniza 1) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Sangre Volkov

Elena descubrió que no estaba tan sola en aquella casa de cristal como había creído, dos días después de instalarse, cuando una joven de cabello oscuro y despeinado irrumpió en la cocina cargando un lienzo a medio terminar bajo el brazo y manchas de óleo hasta el codo.

—Tú debes de ser la pianista que ha conseguido que mi hermano se ponga nervioso por teléfono.

—La chica dejó el lienzo apoyado contra la nevera industrial y le tendió una mano manchada de azul cobalto, con una sonrisa que no tenía nada de la frialdad calculadora de Ares—.

Katia Volkov. La hermana pequeña, la vergüenza de la familia, la única Volkov que jamás ha empuñado un arma más peligrosa que un pincel.

—Elena. —Le estrechó la mano, desconcertada por la calidez repentina después de tantos días de mármol y silencios—. No sabía que Ares tenía una hermana.

—Ares prefiere que la gente no lo sepa. Cree que soy su punto débil.

—Katia se subió a uno de los taburetes de la isla de cocina, balanceando los pies como una adolescente aunque debía de rondar los veinticuatro años—.

Tiene razón, para variar. Por eso me mantiene lejos de la mansión la mayor parte del tiempo, en un apartamento en la ciudad con "seguridad discreta" vigilando cada uno de mis pasos.

Aunque, por lo visto, hoy se le ha olvidado avisarle a la seguridad discreta que iba a venir a conocer a su nueva cuñada de mentira.

—¿De mentira? —Elena sintió que se le encogía el estómago.

—No te preocupes, no se lo he contado a nadie.

—Katia le guiñó un ojo, con una perspicacia que contradecía su aparente despreocupación—.

Pero llevo veinticuatro años observando a mi hermano fingir cosas, Elena, y sé exactamente qué aspecto tiene cuando finge y qué aspecto tiene cuando no.

La forma en que me ha ladrado por teléfono para que "me comportara" antes de venir a conocerte no es la forma en que se comporta alguien que solo está gestionando relaciones públicas.

Se quedaron charlando durante casi una hora, mientras Katia mordisqueaba fruta directamente del frutero y le hablaba, entre risas, de la exposición de arte que estaba preparando bajo un seudónimo —"si uso mi apellido real, la mitad de los críticos vienen solo para escupir sobre la Bratvá, y la otra mitad me compran los cuadros por lástima; ninguna de las dos cosas tiene que ver con si sé pintar o no"— y de lo asfixiante que era crecer siendo la única hija de Konstantin Volkov en un mundo de hombres que decidían su vida por ella.

—A veces sueño con desaparecer sin más —confesó Katia, con una honestidad repentina que sorprendió a Elena—.

Cambiarme el nombre, irme a algún sitio donde nadie sepa lo que significa el apellido Volkov, y pintar lo que me dé la gana sin que nadie me asigne un guardaespaldas.

Pero entonces recuerdo que Ares se pasó media vida protegiéndome de nuestro padre a costa de su propia espalda, y no tengo el valor de hacerle eso ahora que por fin puede respirar un poco.

—¿Ares te protegía de tu padre?

Algo se ensombreció en el rostro de Katia, la primera grieta que Elena veía en su fachada luminosa.

—Ares se llevaba los golpes que nuestro padre tenía pensados para mí, cuando yo todavía era demasiado pequeña para entender por qué.

—Bajó la voz, aunque estaban completamente solas—.

Nunca habla de ello. Pero yo lo recuerdo todo, Elena.

Y por eso, si de verdad te importa aunque sea un poco, necesito que sepas una cosa: mi hermano no sabe pedir ayuda ni aceptar ternura sin sentir que está traicionando alguna regla que nuestro padre le grabó a fuego.

Si alguna vez consigues que baje la guardia contigo, no lo sueltes.

No creo que le queden muchos intentos más en él.

Cuando Katia se marchó esa tarde, prometiendo volver "en cuanto Ares se dé cuenta de que no puede tenerme encerrada para siempre, cosa que intentará, avisada quedas", Elena se quedó con la sensación extraña y bienvenida de haber ganado, en mitad de aquella guerra fría de contratos y acantilados, algo parecido a una amiga.