Deudas de sangre (Imperios de Ceniza 1) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El Sonido que Dejé Atrás

Elena tenía veintidós años la última vez que tocó en un escenario de verdad, y todavía podía recordar el olor exacto del backstage de la Musikverein de Viena: madera antigua, resina de arco de violín y el perfume caro de doscientos aristócratas europeos esperando para juzgarla.

La carta de admisión al conservatorio llevaba tres meses colgada en la nevera de su apartamento, junto a la notificación de la beca completa que la Fundación Kessler concedía a un único estudiante extranjero cada año.

Había practicado catorce horas al día durante ese verano, hasta que las yemas de los dedos le sangraban dentro de los guantes de compresión que su profesor le obligaba a usar por la noche.

No era ambición lo que la empujaba. Era la certeza tranquila, poco frecuente en alguien tan joven, de que había nacido para hacer exactamente eso.

La llamada de su padre llegó dos días antes del vuelo a Viena.

—Elena, cariño, no quiero que te preocupes por esto —había dicho Julian Vance, con una voz que no engañaba a nadie que lo conociera bien—, pero el banco ha empezado a hacer preguntas sobre el segundo préstamo de los astilleros, y tu hermano acaba de convertirse en padre.

No es el momento de pedirle a Thomas que asuma más responsabilidad de la que ya tiene.

No dijo *no vayas*. Los Vance nunca decían las cosas directamente; simplemente las dejaban caer, como piedras, y esperaban a que la otra persona decidiera cargar con el peso.

Elena canceló el vuelo esa misma noche. Llamó a la Fundación Kessler, explicó que "circunstancias familiares" le impedían aceptar la beca ese año, y escuchó, del otro lado de la línea, el silencio incómodo de una mujer que llevaba veinte años concediendo esa misma beca y sabía perfectamente que "ese año" nunca se convertía en "el año siguiente".

Guardó el piano de su infancia —un vertical desafinado que su abuela le había dejado en herencia— en un guardamuebles con climatización que dejó de poder pagar catorce meses después.

No volvió a tocar en público nunca más. Tocaba a veces, de madrugada, en la sala de espera vacía de la escuela de música del barrio donde trabajaba limpiando las aulas a cambio de acceso a los instrumentos, pero siempre a solas, siempre con la puerta cerrada, como si la música fuera algo de lo que debiera avergonzarse ahora que ya no servía para nada útil.

Su padre nunca volvió a mencionar Viena.

Tampoco lo hizo Elena. Había una regla no escrita en la familia Vance: los sacrificios que hacían las mujeres se archivaban en silencio, mientras que los errores que cometían los hombres se llamaban "mala suerte del mercado" y se discutían abiertamente en la mesa, sin nadie que se atreviera a preguntar por qué la hija había tenido que pagar la factura de un negocio que jamás administró.

Sentada ahora frente al Steinway de la mansión Volkov, tres semanas después de haber firmado un contrato que la convertía, de nuevo, en la solución silenciosa a los problemas de un hombre poderoso, Elena se preguntó si aquello era su destino real: ser el sacrificio elegante que otros usaban para arreglar lo que ellos mismos habían roto.

Sacó el teléfono y buscó, sin saber muy bien por qué, el nombre de la Fundación Kessler.

La página web había cambiado de diseño en tres años, pero la sección de becarios seguía existiendo, con las fotografías sonrientes de jóvenes que habían recibido lo que ella renunció a aceptar.

Se quedó mirando la pantalla durante mucho más tiempo del que estaba dispuesta a admitir, hasta que unos pasos la sacaron del ensimismamiento.

—¿Qué miras con esa cara? —preguntó Katia, que se había convertido en visitante casi diaria de la mansión, dejándose caer en el sofá junto a ella con la confianza de quien ya se sabe bienvenida.

—Nada. Un sueño viejo. —Elena bloqueó la pantalla, avergonzada sin motivo real—. Cosas que ya no importan.

—Mentira. —Katia le arrebató el teléfono con la naturalidad despreocupada de una hermana pequeña, y tardó exactamente tres segundos en encontrar la página abierta—.

Una beca de piano. En Viena. —Levantó la vista, con una mezcla de sorpresa y una comprensión demasiado precisa para ser accidental—.

La renunciaste por tu familia, ¿verdad? Igual que Ares renunció a ser feliz por la nuestra.

—No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo, Elena. —Katia le devolvió el teléfono, con una seriedad que contradecía su habitual desparpajo—.

Los dos os pasáis la vida creyendo que el amor solo cuenta si sale caro.

Deberíais aprender el uno del otro que a veces también se puede elegir algo sin que os cueste la piel a cambio.

Elena no respondió. Pero esa noche, mucho después de que Katia se marchara, volvió a abrir la página de la Fundación Kessler, y por primera vez en tres años, en lugar de cerrarla con un nudo de vergüenza en el pecho, la guardó en marcadores.