Deudas de sangre (Imperios de Ceniza 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

La Jaula de Cristal

La mansión Volkov se alzaba sobre los acantilados del norte de la ciudad como una amenaza de hormigón y cristal, desafiando al océano embravecido con la misma indiferencia con la que su dueño desafiaba todo lo demás.

Elena contempló el suelo de mármol blanco, tan pulido que reflejaba la luz de forma casi quirúrgica. No había calidez, no había hogar. Era el monumento al ego de un hombre que controlaba cada milímetro de su entorno, y ella era, a partir de ese momento, uno más de esos milímetros.

—Tu dormitorio está en el ala este —indicó Ares, caminando un paso por delante de ella, las manos en los bolsillos del pantalón como si aquello fuera un simple recorrido inmobiliario y no la entrega de una mujer a su nueva jaula—.

Mis normas son sencillas: no interfieres en mis negocios, no haces preguntas cuando llegue tarde y no tocas nada que no te pertenezca.

—¿Y qué me pertenece a mí en esta casa, exactamente? —preguntó Elena, sin poder contener el filo en la voz.

Ares se detuvo. Se giró despacio, como si la pregunta mereciera una respuesta cuidada.

—Depende de lo bien que te portes.

Se detuvieron en el gran salón. Allí, rompiendo la monotonía gris del minimalismo, se alzaba un majestuoso piano de cola Steinway los dedos le picaron con la necesidad instintiva de acariciar el marfil de las teclas, la misma necesidad que llevaba tres años reprimiendo desde que renunció a Viena por unos astilleros que de todas formas había terminado perdiendo.

Había algo más, sin embargo, agazapado bajo el asombro: el eco de una habitación mucho más pequeña, de hacía dieciocho años, cuando su madre cerró la puerta del dormitorio infantil de Elena por fuera "solo un momento, cariño, para que no me sigas" y ese momento se convirtió en la última vez que Elena la vio.

Nadie le había explicado nunca por qué su madre se había marchado sin despedirse del todo; solo le quedó, para siempre, el pánico sordo a los espacios cerrados con las puertas ya decididas por otra persona.

La mansión entera, con sus normas y sus llaves que no le pertenecían, empezaba a activar ese mismo pánico antiguo, disfrazado ahora de arquitectura de lujo.

Ares lo notó. Se colocó detrás de ella, tan cerca que Elena pudo sentir el calor de su cuerpo y el aroma a whisky y a algo más oscuro que lo envolvía.

—Sé lo que eres, Elena —dijo, con una voz que la hizo estremecer contra su voluntad—.

Eres delicada. Creas belleza con las manos.

Mi padre me enseñó que la belleza es una debilidad que los hombres fuertes destruyen.

—Extendió el brazo y dejó caer la pesada tapa del piano con un golpe seco que resonó como un disparo entre las paredes de cristal—.

Si cumples tu parte, ese piano será tuyo.

Si me traicionas, me aseguraré de que nunca vuelvas a tocar una sola nota en tu vida.

Elena dio un paso atrás, con la respiración entrecortada, pero sosteniéndole la mirada.

—Curioso que sea usted quien habla de destruir belleza, señor Volkov. Por lo que tengo entendido, se le da mejor destruir empresas familiares.

Algo se tensó en la mandíbula de Ares. Por un instante, Elena pensó que había ido demasiado lejos. Pero él se limitó a inclinar la cabeza, casi con respeto.

—Tienes lengua afilada para ser una mujer que acaba de perder su apartamento.

—Y usted tiene el corazón de piedra para ser un hombre que colecciona pianos que no sabe tocar.

Por primera vez desde que se conocieron, Ares sonrió de verdad, un gesto breve y peligroso que desapareció tan rápido como había llegado.

—Vas a ser un problema, pianista.

—Cuente con ello.

Ares le dio la espalda y se retiró a su propio santuario: un despacho privado al final del pasillo. Elena se quedó a solas frente al Steinway, con el corazón latiendo demasiado rápido para tratarse solo de rabia.

Más tarde esa noche, incapaz de conciliar el sueño en la inmensa cama fría de su nueva habitación, Elena caminó descalza por los pasillos silenciosos. Al pasar frente al despacho de Ares, vio la puerta entornada. Un hilo de luz escapaba del interior.

Se asomó con cautela. Ares estaba de pie frente a un enorme retrato al óleo que presidía la estancia: un hombre mayor, de facciones idénticas a las suyas pero con una mirada cargada de una crueldad tiránica y absoluta. El viejo Volkov.

Ares sostenía un teléfono contra la oreja, con los nudillos tan blancos que la piel parecía a punto de romperse. Su voz era un susurro sibilino, lleno de un odio antiguo y contenido.

—...sé perfectamente lo que Ivanov anda diciendo en los muelles —siseaba—.

Dicen que mi padre jamás habría recurrido a una farsa pública.

Dicen que soy blando. Pero este matrimonio va a cerrarles la boca a todos.

Voy a blindar las acciones de la junta antes de que acabe el mes, y si Ivanov da un solo paso en falso, lo enterraré bajo el mismo cemento que él usa para sus cargamentos. Yo no soy mi padre. Soy peor.

Cortó la comunicación de golpe y arrojó el teléfono sobre la mesa de caoba. Luego apoyó ambas manos sobre el escritorio y agachó la cabeza, respirando con dificultad, como si el peso de ese retrato gigante le estuviera aplastando los hombros.

Elena retrocedió lentamente hacia las sombras del pasillo, con el corazón latiéndole con fuerza en la garganta.

Lo había entendido todo, o al menos una parte.

El monstruo intocable tenía una grieta profunda.

Ares no buscaba poder por pura avaricia; buscaba poder para enterrar el fantasma de un padre que lo había considerado un pusilánime.

Y ahora, sin haberlo pedido, ella formaba parte de esa guerra silenciosa.