Deudas de sangre (Imperios de Ceniza 1) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Cinco Segundos

Ares esperó a que la puerta se cerrara antes de permitirse exhalar.

Se quedó un instante mirando el lugar donde había estado Elena Vance, con el bolígrafo de oro todavía tibio entre los dedos.

Había firmado en cuatro segundos. Le había quedado uno de margen.

La mayoría de la gente firmaba en el mismo instante en que él terminaba la frase, aterrorizada, ansiosa por complacerle.

Elena había esperado, calculando, sopesando el precio exacto de su dignidad antes de pagarlo.

Eso no lo hacía la gente que se rompía. Lo hacía la gente que sobrevivía.

Sacó el teléfono y marcó sin necesidad de mirar la pantalla.

—Está hecho —dijo, en cuanto su hermano respondió—. Firmado.

—¿Cuánto ha tardado en ceder? —La voz de Kirill sonaba a través de un motor en marcha; siempre estaba en movimiento, siempre vigilando algo.

—No ha cedido. Ha negociado. —Ares se sirvió otro dedo de whisky, aunque no tenía intención de bebérselo—. Me ha llamado "divertido" a la cara, Kirill. Con la deuda de su padre sobre la mesa.

Un silencio breve, y después una risa seca al otro lado de la línea.

—Eso no estaba en el informe que te preparé.

—No, no lo estaba.

Ares se acercó al ventanal. Abajo, un coche negro se incorporaba al tráfico nocturno, llevándose a la mujer que en los próximos trescientos sesenta y cinco días iba a hacerse pasar por su esposa delante de una junta directiva que solo respetaba dos cosas: el dinero y el miedo.

Él sabía manejar ambas. Lo que no sabía manejar —lo que llevaba seis años entrenándose para no volver a sentir— era esa incómoda punzada de interés que le había recorrido la nuca cuando ella le sostuvo la mirada en lugar de suplicar.

—Ivanov se va a mover en cuanto se entere de la boda —dijo Kirill, cambiando de tema con la eficacia de quien lleva media vida limpiando los desastres de su hermano mayor—. Va a interpretarlo como debilidad. Como si necesitaras comprar respetabilidad porque no puedes sostenerla con hechos.

—Que lo interprete como quiera. —La voz de Ares se afiló—.

Cuando la junta vea a un hombre casado, estable, con una esposa que sabe defenderse en una mesa de consejeros mejor que la mitad de mis abogados, van a olvidar en dos semanas el incidente de los muelles.

E Ivanov se va a quedar solo con su vieja guardia y sus rencores de otra generación.

—¿Y si la chica se entera de más de lo que debería?

Ares no respondió de inmediato. Había una carpeta cerrada sobre su escritorio, con el sello de la naviera Vance, que él mismo había estado revisando esa misma tarde.

La había guardado en el cajón equivocado, un descuido impropio de él.

Tendría que corregirlo antes de que ella pusiera un pie en la mansión.

—No se va a enterar —dijo por fin—. Va a estar demasiado ocupada aprendiendo a sonreír en las fotografías como para fisgonear en mi despacho.

—Tú no crees eso ni por un segundo.

—No —admitió Ares, con una media sonrisa que nadie más que su hermano habría reconocido como sinceridad—. Pero es la clase de mentira que hace que las noches sean más cortas.

Colgó antes de que Kirill pudiera insistir.

Se quedó un momento más frente al ventanal, con el vaso de whisky sin tocar en la mano, pensando en la forma exacta en que Elena Vance había dicho *eso no es negocio, eso es que le divierte*, como si hubiera visto algo en él que la mayoría de la gente prefería no mirar directamente.

Su padre solía decir que la debilidad más peligrosa de un hombre era la curiosidad por algo que no podía controlar del todo.

Ares llevaba seis años demostrándole a un retrato al óleo que él no era su padre.

Aun así, esa noche, mientras apagaba las luces del despacho, no pudo evitar preguntarse qué aspecto tendría esa mujer sentada frente a un piano.