Deudas de sangre (Imperios de Ceniza 1)
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CAPÍTULO 1
El Despacho del Monstruo
El despacho de Ares Volkov olía a cedro, a whisky de veinte años y a un poder tan absoluto que no necesitaba levantar la voz para hacerse notar.
Elena mantuvo los puños cerrados dentro de los bolsillos de su abrigo gastado, la única forma que había encontrado de impedir que le temblaran las manos.
A través de los ventanales del piso cuarenta, la ciudad se extendía como un hormiguero de luces diminutas e insignificantes.
Justo como se sentía ella. Insignificante, y furiosa por sentirse así.
—Tu padre era un hombre predecible, Elena. Y los hombres predecibles toman decisiones estúpidas.
La voz llegó desde la penumbra, baja y arrastrada, fría como el acero en invierno.
Ares no se levantó del sillón de cuero. No lo necesitaba para dominar la habitación.
Treinta y dos años, y unos ojos grises que cargaban con la experiencia de alguien que llevaba media vida ordenando muertes en lugar de evitándolas.
Llevaba seis años al frente del imperio Volkov —seis años puliendo cada grieta hasta convertirla en un muro—, y se notaba en la forma en que ocupaba el espacio: como quien ya no recuerda lo que es tener que pedir permiso para algo.
—Mi padre cometió un error —dijo Elena, obligando a su voz a sonar firme. No pensaba suplicar. Los monstruos olían el miedo y se alimentaban de él—. Pero la deuda es suya. No mía.
—En mi mundo, las deudas no tienen nombre de pila. Tienen apellido.
Ares se inclinó hacia delante y deslizó un documento de alto gramaje sobre el escritorio de caoba. La luz del flexo iluminó la dureza de su mandíbula, la cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda.
—Cuatro millones de euros. Tu padre usó los astilleros Vance como aval y ahora me pertenecen.
Si ejecuto la orden mañana, tu padre entra en una prisión de máxima seguridad donde no dura ni una semana, y tu hermano pierde la custodia de tu sobrina en el mismo juzgado que firma su ruina.
¿Quieres que te lo explique más despacio, o ya vas entendiendo el tamaño del problema?
—No necesito que me expliques nada. —Elena dio un paso hacia el escritorio, sin apartar la mirada de la suya—.
Lo que necesito es saber por qué un hombre que controla media ciudad se molesta en jugar al gato y al ratón con una familia arruinada, en lugar de limitarse a firmar el embargo y olvidarnos.
Eso no es negocio, señor Volkov. Eso es que le divierte.
Algo cambió en la expresión de Ares. Fue apenas un parpadeo, pero Elena lo captó: sorpresa. No estaba acostumbrado a que le devolvieran el golpe.
—Me divierte la eficiencia —dijo él, con una sonrisa que no llegó a los ojos—. Y resulta que tú eres la pieza más eficiente de todo este tablero.
Dio un sorbo a su whisky sin dejar de mirarla. Disfrutaba de su resistencia; le aburrían las mujeres que se rompían al primer soplido, y Elena empezaba a sospechar que eso era exactamente lo que Ares Volkov llevaba toda la reunión esperando comprobar.
—Mi junta directiva necesita que limpie mi imagen pública tras el incidente del mes pasado en los muelles —continuó—.
Los inversores quieren un hombre de familia, predecible y respetable.
No a un soltero peligroso que aparece en los titulares al lado de contenedores confiscados. Quiero un contrato, Elena.
—¿Qué clase de contrato?
—Un matrimonio. Un año. Vivirás en mi casa, usarás mi apellido y sonreirás a las cámaras en las galas benéficas. A cambio, la deuda de tu padre queda congelada y él sigue libre.
Elena sintió que el aire de la habitación se volvía de plomo. Casarse con el hombre que había destruido el legado de su familia. Dormir bajo el mismo techo que un criminal que hablaba de su padre como quien habla de un activo mal gestionado.
—¿Y si me niego?
—Entonces te sugiero que busques un buen traje negro. Para el funeral de tu padre. —Ares se reclinó en la sombra, sin urgencia alguna—. Tienes cinco segundos para firmar, pianista.
—¿Pianista? —Elena frunció el ceño, desconcertada por la palabra.
—Tus manos. —Ares señaló con la barbilla, sin apartar los ojos de los de ella—.
Se te mueven los dedos cuando piensas rápido, como si estuvieras tocando algo que solo tú oyes.
He investigado a fondo a la mujer que iba a firmar mi contrato, Elena Vance.
Sé que renunciaste a una beca en Viena para salvar el negocio de tu padre.
Y sé que ese sacrificio no sirvió de nada, porque aquí estás, en mi despacho, a punto de sacrificarte otra vez.
El golpe fue más certero que cualquier amenaza sobre los astilleros. Elena apretó la mandíbula para no dejar que se le notara en la cara cuánto le había dolido.
—No sabe nada de mí.
—Sé lo suficiente. —Ares deslizó el bolígrafo de oro hacia ella, con un movimiento tan pausado que parecía cruel—. Cuatro segundos.
Elena miró el documento. Miró después los ojos grises que la observaban sin un ápice de piedad, con la misma atención fría con la que un tasador examina una pieza antes de decidir cuánto vale.
Y sin embargo, por debajo de esa frialdad, había algo más: la curiosidad genuina de un hombre que llevaba mucho tiempo sin encontrarse con nada que no pudiera comprar sin esfuerzo.
—Un año —dijo ella, tomando el bolígrafo—. Y cuando termine, no vuelvo a verle la cara en mi vida.
—Trato hecho.
La punta del bolígrafo tembló contra el papel texturizado. Su firma, temblorosa pero nítida, selló su destino.
Ares ni siquiera parpadeó cuando ella deslizó el documento de vuelta. Lo guardó en un cajón con un movimiento seco, como quien archiva una factura de la luz.
—Un trato es un trato, Elena —dijo, sin levantarse—. Tu coche te espera abajo. El servicio ya ha vaciado tu apartamento. Solo he permitido que traigas tu música.
—¿Ha vaciado mi...? —Elena sintió que la indignación le quemaba la garganta—. No tenía ningún derecho.
—Tengo todos los derechos que compra una firma. —Por primera vez, algo parecido a diversión auténtica cruzó el rostro de Ares—. Bienvenida a mi mundo, pianista. Espero que aprendas rápido las reglas, porque no pienso repetirlas dos veces.
Elena salió del despacho con la espalda recta y el corazón desbocado, preguntándose en qué momento exacto había dejado de sentir que acababa de salvar a su familia para empezar a sentir que acababa de entregarse a algo mucho más peligroso que una deuda.