Deudas de sangre (Imperios de Ceniza 1) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

El Trono Volkov

Seis meses después, en un despacho muy distinto al de Ares —más frío, más pequeño, con vistas a los tejados nevados de una ciudad al otro lado del mundo—, un hombre observaba un dossier con fotografías recientes de la boda de Ares Volkov y Elena Vance, publicadas en la prensa internacional bajo titulares que hablaban de reconciliación, de imperios reconstruidos, de un final feliz que nadie en el círculo íntimo de Ivanov había previsto.

El hombre cerró el dossier con un chasquido seco y se sirvió una copa de vodka que no tenía intención de terminar.

—Parece que mi viejo socio no consiguió lo que quería —murmuró para sí mismo, en un ruso marcado por un acento que llevaba décadas sin usar en público—. Una lástima. Yo sí pienso conseguir lo mío.

Sobre el escritorio, junto al dossier, descansaba una fotografía mucho más antigua: un joven Konstantin Volkov, sonriente, del brazo de un hombre casi idéntico a él en complexión pero de mirada mucho más calculadora, ambos posando frente a los primeros muelles que su alianza había construido juntos, décadas atrás, antes de que la ambición los convirtiera en enemigos.

El hombre guardó la fotografía en un cajón cerrado con llave, se puso el abrigo de piel que lo protegía del frío ruso, y salió del despacho con un único pensamiento fijo en la mente: Ares Volkov creía haber ganado la guerra.

Todavía no tenía ni idea de que la verdadera batalla por el imperio de su familia ni siquiera había empezado.

FIN DEL LIbrO 1

(Continúa en "El Eco de San Petersburgo" — Imperios de Ceniza, Libro 2)