45 Elena
Cierro la puerta y la ansiedad me trepa por el pecho como algo que respira.
Solo saber que Federico va a venir despierta en mí cosas que creía bien enterradas. No me dijo a qué hora, así que me apresuro, enciendo las luces, ordeno lo que está fuera de sitio como si dejar la casa impecable pudiera devolverme algo del control que pierdo cada vez que él aparece.
No llego ni a soltar la bolsa sobre la mesa.
Un brazo me rodea la cintura y me funde contra un cuerpo grande y duro. Grito, pero una mano me sella la boca antes de que el sonido vaya a ninguna parte.
—Shh —murmura contra mi oído—. Soy yo.
Antes de que entienda lo que ocurre, me arrastra contra la encimera. Una mano baja por la curva de mi culo y se despega solo para volver en una nalgada seca que me deja la piel ardiendo bajo la tela de los vaqueros.
La otra me libera la boca, pero me cierra los dedos alrededor de la garganta antes de recorrer el cuello con la lengua, despacio, como un animal que lame sus heridas.
Su erección me presiona por detrás, insistente, hasta empujarme contra el mármol; y de pronto no reconozco mi propio cuerpo, la manera en que se abre hacia él sin pedirme permiso.
—Federico… —gimo, rodeada de su olor, de su peso, de esa fuerza que no me deja pensar.
Una de sus manos se cuela entre mis piernas y me acaricia por encima de la ropa mientras sisea contra mi oído.
—Puedo notarte empapada incluso a través de los vaqueros —dice, y hay una sonrisa en su voz—. No parece que te moleste tanto mi intrusión.
—Sí que me molesta, no la quiero. —Empiezo el juego de siempre. El único en el que los dos sabemos exactamente dónde está el límite.
—Qué pena, Elena. No te estoy dando a elegir.
Me envuelve el pelo en el puño y tira hasta levantarme, guiándome hacia el dormitorio que, por alguna razón, ya sabe dónde es. La otra mano se hunde bajo mi camiseta y me aprieta un pecho con una desesperación que no le conocía.
No quiero gemir, no quiero romper la fantasía. Pero cuando dejo caer la cabeza contra su pecho, su boca toma la mía, me devora, y todo lo que planeaba callarme se me escapa entre los dientes.
Me gira y me empuja sobre la cama.
De pie, a los pies del colchón, se desabrocha la camisa. Botón a botón.
Lento, demasiado lento, y lo sabe.
Cuando por fin se la quita, se me seca la boca. Los músculos más marcados de como los recordaba, los tatuajes derramándose por lugares nuevos, moviéndose con él como si tuvieran vida propia.
Los ojos oscuros clavados en mí. Serios, sedientos.
—De rodillas, Elena.
Me pongo a cuatro patas sobre la cama, pero él niega con la cabeza lentamente.
—En el suelo.
Me giro, confundida, y él aprovecha mi desconcierto para sujetarme por la cadera, me arrastra hasta el borde del colchón y vuelve a cerrar la mano en mi pelo para obligarme a arrodillarme frente a él.
—Ocúpate de mis pantalones.
Le bajo el pantalón blanco con dedos que no me tiemblan de miedo, sino de excitación. Su polla se marca dura contra la tela del calzoncillo.
—Libérala.
Obedezco y, sin que me lo pida, me la llevo a la boca.
Su mano en la nuca me marca el ritmo, la profundidad, todo. Levanto la mirada, buscándolo como una mujer desesperada, y lo encuentro: se muerde el labio, sigue con ojos insaciables cada movimiento de mi boca.
—Oh, joder… —Echa la cabeza atrás—. Así, bedda mia. Chúpame hasta dejarme seco.
Lo noto endurecerse con cada pasada. Sus dos manos me enmarcan la cara y me folla la boca sin tregua.
No es suave.
No es romántico.
Es Federico Romano, con su pasión y su violencia contenida.
Y yo lo quiero exactamente así.
—Voy a correrme en tu boca, Elena. Y tú vas a tragártelo sin una sola queja. ¿De acuerdo?
Sabe que no puedo contestar. Lo sabe y lo disfruta.
Pero no puede ganar en todo.
Le clavo las uñas en el culo, lo empujo contra mí y juego con los huevos hasta que le fallan las piernas, hasta que el sonido que se le escapa ya no es de dominio, sino de rendición.
Sus ojos se enfadan porque yo acabo de tomar el control, pero no le dura mucho. Se corre dentro de mi boca, empujándose hasta el fondo, gritando mi nombre, sosteniéndome la cara con las dos manos como si me necesitara para no caerse. Cuando por fin sale, me tapa los labios con la palma.
—Traga.
Obedezco, y mira cómo por mi garganta baja todo lo que él me ha dejado.
Pone los ojos en blanco, suelta un gruñido animal y entonces me lanza sobre la cama, arranca los vaqueros de un tirón, con las bragas dentro, sin ceremonia, y me separa los muslos con las palmas.
Ahora no hay prisa, y quiere que lo note: se toma un segundo entero para mirarme, expuesta bajo la luz de mi velador, antes de rozarme siquiera.
Es peor que cualquier caricia. Aprieto las sábanas.
—Federico… —No sé si es súplica o advertencia.
—Calla, ahora me toca a mí.
Y baja.
La primera pasada de su lengua me arranca el aire.
Empiezo a construir un pensamiento, algo sobre lo injusto que es esto, sobre cómo acabo de darle yo el control y él ya me lo está devolviendo del revés, pero el pensamiento se deshace con la segunda pasada.
Con la tercera ya no me queda nada que argumentar.
Come despacio, con método, como hace todo.
Me lame de abajo arriba y se detiene justo donde lo necesito, dibujando círculos que me arquean la espalda contra el colchón.
Cuando intento cerrar las piernas por puro instinto, un antebrazo me clava las caderas a la cama y no me deja moverme ni un centímetro.
—Quieta —dictamina contra mí—. Vas a quedarte quieta y vas a dejarme usar tu cuerpo.
Dos dedos entran en mí mientras su boca se cierra sobre el punto exacto y succiona; el gemido que suelto ni siquiera parece mío. Me curvo hacia arriba, buscando ese sitio que él conoce mejor que yo, y todo el cuerpo se me tensa como una cuerda a punto de romperse.
Levanta los ojos sin apartar la boca, disfrutando cada segundo de verme perder lo que a mí más me cuesta soltar.
—Federico… —Le hundo los dedos en el pelo. No sé si para apartarlo o para suplicarle que no pare jamás—. Voy a…
—Lo sé. —No levanta la cabeza; lo dice contra mi piel, y la vibración es la gota que colma el vaso—. Córrete sobre mi lengua, Elena.
El orgasmo me parte en dos, me sube por las piernas y me sacude de arriba abajo. Él no se aparta: se queda ahí, bebiéndose cada temblor, sosteniéndome las caderas mientras me deshago bajo su boca.
Cuando por fin consigo abrir los ojos, ya está subiendo por mi cuerpo, arrastrando la boca húmeda por mi vientre, mi esternón, mi garganta. Se detiene a un centímetro de mis labios y sonríe, esa sonrisa suya, mínima, letal.
—¿Ves como no era tan mala idea dejarme entrar? —murmura.
Debería tener una respuesta. Siempre tengo una respuesta, pero esta vez no encuentro ninguna.
Así que hago lo único que todavía sé hacer.
Lo beso.
Y en ese beso dejo todo lo que no consigo decirle. El miedo, la rabia, los meses de ausencia. El amor que he intentado arrancarme del pecho sin lograr otra cosa que hundirlo más profundamente.
Federico lo percibe, claro que lo hace. Siempre ha sabido leer mis silencios mejor que mis palabras.
Se queda inmóvil sobre mí, apoyado en los antebrazos. La sonrisa desaparece de su rostro y su mirada se afila, no por violencia, sino por comprensión. Como si acabara de darse cuenta de que esto ya no es un juego.
De que yo tampoco estoy jugando.
—Elena.
Solo pronuncia mi nombre, pero lo dice de una forma distinta.
Como una pregunta, una advertencia. Como si temiera romper aquello que, por primera vez, le estoy entregando voluntariamente.
Se hunde en mí despacio, sin apartar los ojos de los míos.
Esta vez no hay provocaciones ni resistencia fingida. No existe un guion que nos proteja de lo que estamos haciendo ni palabras detrás de las que podamos escondernos mañana.
Solo está él avanzando centímetro a centímetro, observándome como si necesitara identificar el instante exacto en el que dejo de fingir.
Las lágrimas me llenan los ojos sin permiso.
Llevo meses intentando odiarlo. Por la deuda que cultivó con la paciencia de un jardinero, podando mis salidas hasta que acabé inevitablemente en sus manos. Por haberme encerrado, por haber decidido por mí, por haberme obligado a conocer un mundo que habría preferido juzgar desde la distancia.
Ahora lo tengo dentro de mí y lo único que siento es que no quiero estar en ningún otro lugar.
Federico se detiene de inmediato.
—Estás llorando. —Me sostiene el rostro entre las manos, sus pulgares recogen las lágrimas, pero la preocupación de sus ojos no disminuye.
—No pares.
—Elena. —Baja la voz hasta ese registro profundo que casi nunca utiliza. El que no pertenece al don ni al hombre que da órdenes, sino al que teme cometer otro error conmigo—. Dime la palabra o dime que continúe, una de las dos.
La palabra.
—No voy a decirla —susurro—. Sigue.
Permanece inmóvil.
—Necesito oírtelo decir sin ninguna duda.
Le sujeto el rostro.
—Te elijo, Federico, quiero que sigas.
Algo se quiebra dentro de él. Apoya la frente contra la mía y respira como si el aire le pesara demasiado en los pulmones.
—Casi lo arruiné todo. —No reconozco su voz; hay humanidad, culpa, miedo. Una vulnerabilidad que ningún hombre de su famiglia creería posible—. Y no pienso desperdiciar la oportunidad que me estás dando.
—Lo sé. —Mi voz no tiembla—. Pero que te quede claro, amarte nunca fue una elección. Intenté evitarlo, combatirlo y arrancármelo de dentro. No sirvió de nada porque me consumiste viva, Federico, y ya no existe un camino de regreso para mí.
Su expresión se descompone.
Alivio y terror.
Me besa como si le fuera la vida en ello y, cuando vuelve a moverse dentro de mí, ya no es el don. No es la violencia ni el hombre que siempre encuentra la manera de ganar.
Es solo Federico.
El muchacho temeroso, el hombre que llegó demasiado tarde, lo hizo todo mal y, aun así, ha conseguido que lo ame.
—Bedda mia —murmura contra mi boca—. Te amo. ¿Llevarás mi apellido?
El corazón me golpea con tanta fuerza que parece querer salir del pecho para responder antes que yo.
—Sí, Federico.
Algo feroz y hermoso le atraviesa el rostro.
Nos movemos juntos, sin máscaras, sin estrategias y sin otra defensa que las manos con las que nos aferramos el uno al otro. Cuando el placer vuelve a quebrarme, pronuncio su nombre entero contra su boca.
Él repite el mío como si fuera una plegaria.
Se derrama dentro de mí con un temblor que le recorre todo el cuerpo. Hunde el rostro en mi cuello y se aferra a mí con una fuerza desesperada.
Durante un instante, el hombre más peligroso de Nueva York no es más que un peso cálido y humano sobre mi cuerpo, es un hombre que me abraza como si yo fuera lo único que lo mantiene por encima del abismo.
Nos quedamos así.
No decimos nada, no hace falta.
Los dos comprendemos que Federico ya no tiene que encerrarme para conservarme y que yo no necesito negar su oscuridad para amarlo.