Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 44 Elena #3
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44 Elena #3

—Federico… —El camarero aparece con dos platos de postre—. No hemos pedido esto —digo, creyendo que se ha equivocado y temiendo por las consecuencias de su interrupción.

—Yo sí —responde Federico.

Frente a mí dejan un pequeño pastel de chocolate oscuro con una fina capa de crema y una flor de azúcar en la parte superior.

—¿Qué es?

—Una receta nueva.

Pruebo un bocado. El chocolate se deshace en la lengua, amargo al principio y dulce al final.

Cierro los ojos.

—Está increíble.

Cuando los abro, Federico no está mirando el postre.

Me mira la boca.

El deseo aparece entre nosotros con tanta rapidez que el aire cambia de temperatura.

Me paso la lengua por el labio inferior para recoger un resto de chocolate.

Su respiración se detiene.

—¿Quieres probarlo? —pregunto.

Federico no mira el plato.

—Sí. —La palabra sale más grave.

Corto una porción con la cuchara y se la ofrezco por encima de la mesa.

Él podría cogerla, no lo hace. Se inclina y cierra los labios alrededor de la cuchara sin apartar los ojos de mí.

El gesto no tiene nada de obsceno. Aun así, siento el recorrido de su boca como si hubiera sido sobre mi piel.

Retiro la cuchara despacio.

—¿Te gusta?

—Podría comerlo toda la noche —responde.

—¡Apenas lo has saboreado!

—No estaba hablando del pastel.

El calor se instala en mi vientre. Dejo la cuchara sobre el plato antes de que se me caiga.

—Prometiste comportarte —digo, mordiéndome los labios para no sonreír como una tonta.

—No recuerdo haber utilizado esa palabra, Elena.

El problema es que lo quiero todo, quiero al hombre que me retira la silla y se pone nervioso al invitarme a cenar, quiero al don que entra en una habitación y hace que todos contengan el aliento. Quiero sus manos sobre mí y su violencia.

Su oscuridad.

Y no sé qué dice eso de mí.

Terminamos el postre en un silencio cargado.

Cuando bajamos, el restaurante continúa lleno. Federico apoya una mano en la parte baja de mi espalda para guiarme entre las mesas.

El contacto es correcto, casi inocente, pero mi cuerpo reacciona como si me hubiera tocado desnuda.

Al salir, la fiesta sigue vibrando en la calle.

El sol está ocultándose, las luces de la calle parecen más cálidas.

—Tengo que volver con mi madre —explico.

—Lo sé.

No retira la mano de mi espalda y tampoco le pido que lo haga.

Caminamos despacio, demasiado despacio para una distancia tan corta.

Al llegar a la esquina desde la que se ve nuestra carpa, me detengo.

Mi madre está ocupada atendiendo a varias personas. Santino y Valerio continúan allí, aunque Santino ha perdido el delantal y Valerio parece estar explicándole a una mujer por qué no puede llevarse la bandeja entera sin pagar.

—Gracias por la cena —digo.

—Gracias por aceptar. —Federico da un paso hacia mí.

No me toca.

Está lo bastante cerca para que su perfume cubra el olor a comida y a humo de la calle.

—Buenas noches, bella Elena.

—Buenas noches, Federico.

Permanece inmóvil.

Yo también.

La multitud nos rodea y alguien tropieza contra mi hombro. Federico no tarda en extender una mano para sujetarme por la cintura.

Sus dedos se cierran sobre mí y el mundo parece detenerse.

Le miro la boca solo un segundo y es suficiente. Federico se inclina apenas, pero se detiene antes de tocarme.

—Dime que me aceptas —susurra.

No tengo que preguntar a qué se refiere.

Su mano no se mueve de mi cintura. Su otra mano permanece lejos de mí, me deja todo el espacio necesario para retroceder.

—Te acepto. —La respuesta apenas abandona mis labios cuando su boca encuentra la mía.

El beso no es suave, tampoco es desesperado, es contenido. Seis meses de hambre encerrados detrás de una disciplina brutal.

Federico me besa como si estuviera librando una guerra contra sí mismo. Su mano me aprieta la cintura, pero no me acerca más de lo que le permito. Sus labios se mueven sobre los míos con una lentitud que me obliga a sentir cada roce, cada respiración, cada segundo que he pasado lejos de él.

Le sujeto la camisa y la tela se arruga entre mis dedos.

Ese pequeño gesto rompe algo.

Emite un sonido grave contra mi boca y me atrae hacia su cuerpo. Su otra mano sube hasta mi nuca y la rodea sin presión, sosteniéndome como si todavía temiera que pudiera desaparecer.

Todo el ruido de la fiesta se vuelve distante.

Solo existe su boca, su cuerpo y la certeza brutal de que lo he echado de menos de una forma que nunca podré explicar con palabras respetables.

Cuando se aparta, ambos respiramos con dificultad.

Su frente se apoya contra la mía.

—Elena —su mirada oscura, encendida—, iré a tu piso cuando termines.

—Te esperaré —respondo, y Federico cierra los ojos durante un instante, como si le doliera lo que acabo de decir.

Después me besa la frente. No la boca, la frente.

El gesto íntimo me desarma más que el beso anterior.

Se aleja antes de que pueda responder.

Lo observo caminar entre la multitud. La gente vuelve a apartarse a su paso y dos hombres que fingían ser turistas comienzan a seguirlo a distancia.

Federico no mira hacia atrás.

No lo necesita.

Sabe que estoy observándolo.

Me quedo con los labios todavía ardiendo y el sabor de Federico pegado a la lengua. Y, por primera vez desde que recuperé la libertad, no me siento incompleta.