44 Elena #2
Pongo los ojos en blanco, pero la sonrisa se me escapa.
Federico se queda mirándome.
—Ahí está —dice.
—¿Qué?
—Tu sonrisa.
La forma en que lo pronuncia me hace sentir expuesta.
Aparto la mirada hacia la mesa.
Un camarero aparece antes de que tenga que responder. Nos conduce hasta la mesa, Federico retira mi silla y me siento.
Él espera hasta que estoy acomodada antes de ocupar la silla de enfrente.
El camarero nos entrega las cartas y sirve agua. Sus manos tiemblan ligeramente al acercarse a Federico.
El don ni siquiera lo mira, está demasiado ocupado observándome.
—¿Qué me recomiendas? —pregunto, abriendo la carta.
—Todo.
—Eso no ayuda. —Recorro el menú—. ¿Qué vas a pedir tú?
—Lo que tú pidas.
Levanto la vista.
—¿Y si pido ensalada?
—Despediré al camarero por permitirlo.
El joven que continúa junto a la mesa palidece.
—Está bromeando —le aclaro.
—No estoy bromeando —asegura Federico.
—Dos platos de pasta —decido, cerrando la carta—. Elige tú.
El camarero mira a Federico, esperando confirmación.
—Dos cacio e pepe, y trae el vino de la reserva privada.
El camarero se marcha antes de quedar atrapado en la conversación.
Me apoyo contra el respaldo.
La música de la calle llega amortiguada hasta el balcón. Es una vista preciosa.
—¿Has planeado esto? —pregunto.
Federico no finge no entender.
—La cena, sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace dos semanas.
Lo miro fijamente.
—Ni siquiera sabías que aceptaría.
—No.
—¿Y si te hubiera dicho que no?
Su mandíbula se endurece apenas.
—Habría cenado solo. —No hay humor en su respuesta.
El camarero regresa con el vino. Nos sirve y desaparece con una rapidez que me hace pensar que ha recibido instrucciones de no permanecer cerca más de lo necesario.
Tomo la copa, pero no bebo.
—¿Cómo está Faustino?
—Mejor, ha recuperado casi toda la movilidad del brazo. Gia dice que la cicatriz le dará un aire interesante.
—Ya tenía un aire interesante.
Federico entrecierra los ojos.
—Cuidado, Elena, ya estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano, no me lleves más al límite.
—¿Sigues sintiendo celos de tu primo?
—Celos no describe lo que siento cuando imagino tu cuerpo siendo acariciado por alguien que no sea yo, Elena. —La naturalidad de su confesión me calienta las mejillas.
Bebo un sorbo de vino para disimular.
—¿Y Carmela? —Desde lo ocurrido no he escuchado información alguna. Eso me dejó en claro que cada vez que un chisme rozaba mi oído, era porque Federico lo quería así.
El cambio en sus ojos es inmediato, hay sombra detrás de ellos.
—En Sicilia.
Sabía que no había sido capaz de matarla, por más que eso es lo que debía haber hecho la Cosa Nostra.
—¿Hablas con ella?
—No, pero recibo un informe cada semana.
—Aún la quieres.
—No quiero que encuentre una forma de convertirse en mártir —responde mientras hace girar la copa entre los dedos tatuados.
—No le he preguntado al don, te he preguntado a ti.
Detiene el movimiento, su mirada se clava en la mía.
Durante unos segundos pienso que no responderá, pero deja la copa con cuidado sobre la mesa y abre la boca.
—Hay días en los que la odio —expresa al fin—. Otros días recuerdo que me enseñó a leer y que fingía no darse cuenta cuando robaba dulces de la cocina. —Traga saliva—. Y entonces la odio más.
El pecho se me comprime.
Extiendo la mano sobre la mesa hasta que mis dedos cubren los suyos.
Federico baja la vista.
No se mueve.
—Lo siento —susurro.
—No eres responsable.
—No hace falta ser responsable para lamentar el dolor de alguien.
Su mano entrelaza nuestros dedos y los observa con anhelo.
—La echas de menos —digo.
—Echo de menos a la mujer que pensaba que era.
El camarero llega con la comida y Federico me suelta, la pérdida del contacto me deja una sensación extraña en la palma.
Esperamos hasta que se aleja.
—Ahora me toca preguntar a mí —comenta Federico—. ¿Extrañas la abogacía?
Juego con el tenedor.
—No, cuando regresé no podía entrar en el despacho sin pensar en que no era donde quería estar —admito—. Cada llamada, cada cliente, cada expediente me recordaba que algo en mí había cambiado. Además, mi madre me necesitaba.
—Tu madre tenía veinte personas contratadas antes de que abrierais.
—Me necesitaba a mí.
Federico asiente.
—Eso sí lo entiendo.
Enrollo la pasta alrededor del tenedor.
—Y me gusta la pastelería —digo, sintiendo el calor de poder trabajar de algo que me da placer.
—Lo sé.
—¿Cómo puedes saberlo?
Me mira por encima de la copa y responde antes de apoyar los labios sobre el cristal.
—Te veo.
El tenedor se queda detenido.
—¿Aún me vigilas, Federico?
—Te protejo —corrige—. No te sigo personalmente ni interfiero en tus decisiones —añade en defensa.
—Pero recibes informes.
—Sí.
—¿Todos los días?
—Sí. —Lo dice sin vergüenza, se reclina en la silla, la misma chilla bajo su peso—. Me cuentan si llegas a casa a salvo, si el local cierra correctamente, si alguien permanece demasiado tiempo vigilando la entrada. Si algún coche repite la ruta durante varios días.
—¿Y si salgo con alguien?
El silencio aparece tan deprisa que casi puedo oírlo.
La mandíbula de Federico se endurece.
—No has salido con nadie.
—¿Qué harías si lo hiciera?
Se toma un segundo para responder.
—Nada.
La respuesta no encaja con su rostro.
—Mientes fatal —me río.
—No mataría a un hombre por cenar contigo, pero investigaría hasta al médico que le dio una palmada al nacer. Y si alguna vez ha cometido un delito, engañado a una mujer, robado dinero o conducido ebrio, recibirías un informe completo a final del día.
Me quedo mirándolo, incrédula.
—Estás enfermo.
—¿De amor? Profundamente.
Por un instante, todo resulta fácil, podríamos ser dos personas normales en una primera cita.
—No sé cómo hacer esto —confieso.
—Yo tampoco.
—Tú siempre sabes qué hacer —susurro, contemplando mis próximas decisiones.
—Solo cuando se trata de negocios. —Inclina el cuerpo hacia la mesa—. Contigo solo sé lo que no quiero volver a hacer.
Regreso la mirada hacia él.
—¿Y eso es…?
—No quiero obligarte a quedarte. —Su voz es firme, pero los dedos se cierran alrededor de la copa—. No quiero que vuelvas a preguntarte si estás conmigo porque yo he eliminado todas las demás opciones.
Inspiro despacio.
—¿Y qué quieres?
Federico sostiene mi mirada, no hay máscaras ni don.
—Quiero que me elijas —dice con seguridad—. No una noche, no porque tu cuerpo recuerde el mío. Quiero que sepas exactamente quién soy, qué hago y todo lo que nunca podré ofrecerte… y que, aun así, decidas ser mía.
—Eso no es justo, Federico. —Mi voz se cierra, muchas emociones diferentes me asfixian de golpe—. Me pides que acepte cosas que van contra todo lo que creo.
—Lo sé.
—No sé si podría soportar que salieras de casa y preguntarme si vas a regresar.
—Lo sé.
—No puedo convertirme en una mujer que mira hacia otro lado. —Estoy perdiendo el control.
—Jamás te pediría que lo hicieras.
—Entonces, acabaríamos peleando todos los días.
Una media sonrisa le curva la boca.
—Eso ya lo hacíamos.
—No es gracioso.
—Para mí lo era a veces.
Le lanzo una mirada de advertencia.
La sonrisa desaparece, aunque el brillo permanece en sus ojos, luego observa nuestras manos, separadas por apenas unos centímetros sobre la mesa.
Sus ojos se elevan lentamente hasta los míos.
—Tengo que aprender a amarte a tu manera, Elena —dice—.
A no convertir el amor en una jaula solo porque es la única forma que conozco de evitar que algo me sea arrebatado.
—Traga saliva, pero no aparta los ojos de mí—.
Pero tú también tienes que aceptar quién soy, con la poca luz que me queda y con todas las sombras que arrastro.
—Una sonrisa amarga le roza la boca—. No soy un príncipe azul, no puedo prometerte una vida sencilla, llena de colores, sonrisas y domingos tranquilos.
Mi mundo está hecho de sangre, secretos y hombres que quieren verme muerto.
Estar conmigo significa saber que algunas noches saldré por esa puerta y no podré decirte adónde voy ni qué tendré que hacer para regresar.
—Su voz se vuelve más grave—. Pero sí puedo prometerte una cosa: soy un hombre que te ama con rabia, con locura y hasta la muerte.
No sé hacerlo a medias, no sé quererte de una forma limpia, prudente o razonable.
Te amo como hago todo, bedda mia, hasta las últimas consecuencias.
Me cuesta respirar, pero sostengo su mirada.
Por unos segundos me quedo en silencio, resistiendo las lágrimas que quieren tomar control.
Nunca lo vi tan abierto y vulnerable, tan real y honesto.