44 Elena
San Gennaro ya está aquí.
Hace años que no participaba en la fiesta y me arrepiento de haberme mantenido alejada durante tanto tiempo, porque había olvidado esta electricidad.
La calle está abarrotada.
Hay puestos de comida, guirnaldas de luces, risas y banderas italianas donde mire.
El aroma a salchichas asadas se mezcla con el de la masa frita, el café y la salsa de tomate.
La música compite con las conversaciones, los vendedores pregonan sus productos y la gente avanza apretada, rozándose los hombros como si todo Little Italy hubiese decidido reunirse en la misma manzana.
Por primera vez, mi madre ha querido participar.
Tenemos una carpa con el logo de Alondra e Hija, una mesa cubierta de cajas y suficientes dulces para vender, regalar y alimentar a medio barrio.
Mi madre conversa con una mujer a la que no conozco. Las dos se ríen a carcajadas mientras yo preparo una bandeja con pequeñas muestras para salir a tentar a los transeúntes.
Las escucho y sonrío.
No recuerdo la última vez que la vi tan feliz.
Una banda pasa frente a nuestro puesto tocando música tradicional. Los músicos avanzan entre la multitud, seguidos por niños que bailan sin ningún ritmo y adultos que levantan sus teléfonos para grabarlos.
—Mamá, voy hasta la esquina —le aviso, alzando la bandeja.
Me mira distraída y detiene la conversación de inmediato.
—Me tocaba a mí, dame eso. —Extiende las manos, pero aparto la bandeja antes de que pueda quitármela.
—No te preocupes, no me molesta. Tú sigue hablando.
—Pero, hija…
Ya me he dado la vuelta.
—¡Diviértete un poco! —le grito por encima del hombro.
Avanzo esquivando cuerpos, cochecitos de bebé y grupos de personas que se detienen en mitad de la calle como si fueran los únicos habitantes de Nueva York. Saludo a algunos vecinos, reconozco clientes de la pastelería y termino encontrando un espacio libre cerca de la esquina.
No dura mucho.
En cuestión de segundos, varias personas me rodean, interesadas en descubrir qué llevo. Les explico qué contiene cada muestra, dónde se encuentra nuestro puesto y qué otras cosas pueden encontrar allí.
—Son de Alondra e Hija, estamos a mitad de la manzana.
—¿Tenéis sfogliatelle?
—Recién horneadas.
—Entonces guarda dos para mí.
—Tendrás que correr. Mi madre tiene demasiados amigos y poca disciplina con los regalos.
La mujer se ríe y se aleja entre la multitud.
Los pequeños vasitos desaparecen uno tras otro hasta que solo queda uno en la bandeja.
Por fin.
—¿Puedo coger el último? —La voz llega desde mi derecha.
Me vuelvo con una sonrisa, aliviada por haber terminado el trabajo.
Y lo veo.
El estómago se me desploma hasta los pies.
Mi sonrisa se queda inmóvil, atrapada en los labios.
Federico está a mi lado.
No lleva ninguno de sus trajes oscuros. Viste unos pantalones blancos y una camisa negra con las mangas remangadas hasta los antebrazos. La tela le cae suelta sobre el cuerpo.
Las gafas de sol completan la imagen.
Parece un modelo italiano de vacaciones o un mafioso que ha decidido disfrazarse de hombre normal para cometer un delito en pleno día.
—Claro —respondo.
Mi voz sale más baja de lo que pretendía.
Le acerco la bandeja.
Federico coge el vasito sin apartar el rostro de mí. Se lo lleva a los labios y prueba el dulce lentamente, degustándolo con una atención excesiva.
No puedo verle los ojos detrás de los cristales oscuros. Sin embargo, sé que están sobre mí, lo siento sobre la piel.
Cuando termina, asiente con gravedad.
—No me sorprende.
—¿El qué?
—Que esté bueno, mejoráis cada día. —Deja caer el vasito en una papelera cercana.
—Gracias, Federico.
Aprieto la bandeja vacía contra mi pecho, utilizándola como una barrera ridícula entre los dos.
—¿Estás disfrutando de la fiesta?
Asiente, pero tarda en responder.
Federico Romano, el hombre capaz de ordenar ejecuciones, parece estar buscando las palabras adecuadas para mantener una conversación normal conmigo.
—Ahora sí —contesta finalmente. Una media sonrisa le curva la boca, después inspira hondo.
El gesto me sorprende.
Está nervioso.
—Hasta hace unos minutos estaba disfrutando del festival desde el balcón de mi restaurante. No sé si lo conoces, se llama Il Corvo, está a pocos metros de aquí.
—Me suena.
Su sonrisa se ensancha apenas.
—Eso esperaba, la publicidad ha sido cara.
Pongo los ojos en blanco, pero tengo que morderme el interior de la mejilla para no reírme.
—El caso es que estaba en el balcón —continúa mirando sobre su hombro— y vi a una muchacha que llamó mi atención.
Mi respiración se detiene.
Federico se quita las gafas y por un momento desearía que no lo hubiera hecho.
Es mucho más sencillo enfrentarme a él cuando no puedo verle los ojos. Sin los cristales entre nosotros, su mirada me alcanza sin obstáculos.
Oscura.
Directa.
—Entonces me dije que quizá debería acercarme de una vez —prosigue—. Hablarle, presentarme como corresponde.
Mi corazón golpea una vez, fuerte.
Comprendo lo que está haciendo.
Federico está regresando al principio.
A un momento anterior a Carlo, a las deudas y al encierro. A una vida en la que podría haber cruzado la calle, llamado mi atención y ofrecido su mano sin exigirme nada a cambio.
Y esta vez lo hace, extiende la mano hacia mí.
—Encantado, soy Federico.
Solo Federico.
No Federico Romano, no el don.
Aparto la bandeja y deslizo la mano dentro de la suya.
—Encantada. Elena.
Tengo que morderme el labio para contener la sonrisa.
Sus dedos se cierran alrededor de los míos.
—Es un nombre precioso.
La ligereza de su respuesta no consigue ocultar la tensión de su mano. Su pulgar me acaricia lentamente la piel.
Un roce mínimo.
Suficiente para provocar descargas de electricidad que me recorren el brazo y terminan instalándose en mi vientre.
Federico baja la mirada hacia nuestras manos unidas, como si tampoco pudiera creer que no la haya apartado. Cuando vuelve a mirarme, su seguridad habitual ha desaparecido un poco.
Solo un poco, pero lo conozco lo suficiente para verlo.
—¿Te gustaría cenar conmigo, Elena? —No hay órdenes en su voz ni amenazas.
Ni esa certeza arrogante con la que suele dar por hecho que el mundo terminará obedeciéndolo.
Es una pregunta real y parece estar aterrorizado por mi respuesta.
—No lo sé… —Busco a mi madre entre los puestos para ganar tiempo—. Tengo que ayudarla a…
La encuentro.
Está riéndose a carcajadas. A su lado, Santino y Valerio.
Los dos llevan delantales blancos sobre prendas que probablemente cuesten más que toda la recaudación del día. Santino ofrece muestras a un grupo de mujeres con una sonrisa descarada, mientras Valerio sostiene una caja de cannoli con la solemnidad de quien transporta material clasificado.
Mi madre levanta la mirada y me encuentra entre la multitud.
Ve a Federico y, en vez de reaccionar como una madre normal, hace un gesto exagerado con la mano para que me marche. Incluso señala en dirección contraria al puesto, por si quedaba alguna duda.
Maldita traidora.
Santino también nos ve, me lanza un beso y levanta los dos pulgares. Valerio se limita a inclinar la cabeza, aunque estoy casi segura de que acaba de sonreír.
Regreso la atención hacia Federico.
Él no ha apartado los ojos de mí.
Traga saliva.
El movimiento de su garganta traiciona los nervios que intenta ocultar y, contra toda lógica, me enternece.
Es Federico Romano.
Los hombres armados esperan una señal suya para decidir quién continúa respirando. Sin embargo, está frente a mí, esperando una respuesta como el muchacho que nunca se atrevió a hacérmela.
—¿Esto es una cita de verdad? —pregunto.
Su ceja se eleva.
—¿Hay alguna otra clase?
—Contigo, nunca se sabe. Podría ser un interrogatorio con comida.
—No habrá armas sobre la mesa.
—¿Y debajo?
Medita la respuesta.
—Intentaré que no.
Una risa escapa de mi boca antes de que pueda impedirlo.
La expresión de Federico cambia. No es una sonrisa completa, es algo más íntimo. Alivio, quizá. Como si hubiera pasado los últimos meses conteniendo el aire y acabara de permitirse respirar.
—Está bien.
Esta vez su sonrisa aparece despacio.
Oscura.
Hermosa.
La sonrisa de un hombre que acaba de recibir algo que deseaba, pero que todavía no termina de creer que pueda conservarlo.
—Será un placer, bella Elena.
Federico no me suelta la mano mientras nos abrimos paso entre la multitud. Mantiene los dedos entrelazados con los míos, el pulgar rozándome los nudillos de vez en cuando, como si necesitara comprobar que sigo ahí.
Que no he cambiado de opinión.
La gente se aparta a nuestro paso.
Algunos reconocen a Federico y bajan la mirada. Otros lo observan por tener una presencia capaz de ensombrecer una calle entera.
Él no parece darse cuenta o está demasiado acostumbrado.
Il Corvo tiene una fila de personas esperando mesa.
—Está lleno —digo.
—Sí.
—Podríamos comer en otro sitio.
Federico se detiene delante de la puerta.
—No. —No lo dice con dureza, pero reconozco el tono. El don acaba de asomarse durante medio segundo.
Un hombre vestido con traje abre la puerta desde el interior. No pregunta quiénes somos ni busca nuestro nombre en una lista.
—Don Federico.
—Gracias, Paolo.
Entramos.
El restaurante está repleto en la planta baja. Mesas ocupadas, camareros moviéndose con rapidez y conversaciones que se mezclan con un pianista en un rincón.
No creí que volvería a pisar este lugar, pero aquí estamos.
Federico no se detiene a saludar a nadie, me conduce hasta una escalera estrecha situada al fondo, junto a la barra. Subimos a una segunda planta en absoluto silencio.
Cuando llegamos arriba, descubro una sala completamente vacía.
Hay doce mesas y solo una está preparada.
Está situada junto al balcón, con vistas a la calle abarrotada y a las luces de San Gennaro. Dos velas arden en el centro, acompañadas de un pequeño jarrón con ramas de olivo.
Me vuelvo hacia Federico.
—Has cerrado toda la planta.
—Es una coincidencia —replica, quitándome la bandeja que aún tengo en la mano para dejarla olvidada sobre una mesa vacía.
—Federico.
Suspira.
—He pedido que no aceptaran reservas aquí arriba durante un par de horas, nada más.