43 Elena #3
La frase me golpea en el pecho, porque los dos sabemos que una deuda fue lo que me puso en sus manos y que la libertad fue lo que me arrancó de ellas.
Termina de rodear la isla y se aproxima por mi derecha.
No se abalanza sobre mí, no invade mi espacio de golpe, avanza con la paciencia de un depredador que sabe que su presa lleva seis meses soñando con ser encontrada.
—¿Cómo se siente recuperar la libertad? —pregunta.
Mi pulso se acelera.
Sigo cada uno de sus movimientos. Soy consciente de mis inhalaciones, de mis exhalaciones, del roce de mi ropa contra la piel.
Él también.
—Incompleta. —La palabra sale antes de que pueda detenerla.
Cierra la boca.
Sus pasos se detienen.
—¿Incompleta?
Me muerdo el interior del labio para impedir que mi boca diga algo capaz de hundirme todavía más.
Me obligo a despejar la mente, enderezo la espalda y me aparto de la nevera. Cruzo la cocina bajo el peso de sus ojos y empiezo a ocupar las manos con tareas que ya he terminado.
—Todavía estoy acostumbrándome a esta vida —respondo, señalando el local.
—¿Por qué has cambiado de profesión?
Escucho sus pasos detrás de mí mientras vuelvo a limpiar una encimera que mi madre ha dejado inmaculada.
—Necesitaba un cambio, este me pareció apropiado. —La esponja pasa una y otra vez por el mismo lugar—. También quería pasar más tiempo con mi madre. Volver al barrio, a la comunidad… Ya sabes que uno no puede mantenerse demasiado tiempo lejos de aquello que verdaderamente le importa.
Los pasos se detienen a mi espalda.
—Lo sé mejor que nadie. —Su voz es apenas un susurro.
Está cerca.
Demasiado.
No me atrevo a volverme.
Una mano se desliza lentamente alrededor de mi cintura y se apoya sobre mi vientre.
Bajo la mirada.
Mi cuerpo la reconoce de inmediato. Tatuada, masculina, atravesada por venas marcadas y con las uñas siempre impecables. La mano que ha empuñado pistolas, firmado sentencias y recorrido mi cuerpo hasta hacerme olvidarlo todo.
Presiona contra mí lo suficiente para tener que apoyar las dos manos contra la encimera y hacerme sentir cada centímetro de su cuerpo a mi espalda.
El calor de su pecho.
La dureza de sus músculos.
Su respiración rozándome el cabello.
—Federico… —El aire empieza a faltarme.
Su nariz se hunde cerca de mi pelo y lo escucho inhalar, como si también necesitara comprobar que soy real.
—¿Qué haces? —pregunto.
—Sucumbo a mis necesidades. —Su cuerpo está tenso detrás de mí.
Su mano no avanza, no intenta desabrocharme la ropa ni buscar más piel. Se limita a sostenerme, como si eso fuera lo único que se permite.
O lo único que puede soportar.
Cierro los ojos durante un instante y dejo que su presencia me inunde.
Me ha echado de menos, puedo sentirlo en la manera en que contiene la respiración. En la fuerza controlada de sus dedos, en el temblor casi imperceptible que le recorre el pecho cuando su boca se acerca a mi cuello.
Sus labios se apoyan sobre mi piel.
Un beso suave, tan delicado que duele más que cualquier gesto desesperado.
Un gemido se escapa de mi boca y la cierro inmediatamente, intentando volver a la sobriedad.
Pero es una tarea titánica no sentir a Federico tomar posesión de mi cuerpo. Abarca espacio, me rodea con su perfume y sus manos parecen estar en el precipicio del control.
Dejo que tenga más acceso a mi cuello, comienza a trazar un rastro de besos en mi piel hasta llegar a la oreja; la lame y muerde el lóbulo.
—Solo tienes que decir la palabra si me quieres lejos —susurra contra mi cuello—. Dila y dejaré de tocarte.
Su mano se mueve levemente sobre mi abdomen, con la intención de plantar la idea en mi mente, hasta donde llegará si no digo nada.
—Dila y no volveré a hacerlo.
Cierro los ojos con más fuerza.
Cada músculo de mi cuerpo está rígido. Tengo la garganta comprimida y el corazón golpeándome las costillas, exigiéndome que me vuelva, que lo abrace, que le diga que la libertad sin él se parece demasiado a una condena.
Pero no puedo permitírmelo.
Volver a Federico significa aceptar su mundo, sus reglas. La sangre que carga en las manos y el miedo constante a que un día no regrese.
Significa traicionar cada principio al que me he aferrado para recordar quién soy.
Abro la boca.
—Corleone.
Es la primera vez que pronuncio la palabra. La primera vez que la utilizo contra él y, en cuanto sale de mis labios, quiero atraparla en el aire y tragármela.
Las manos de Federico me abandonan de inmediato.
Sin protestar.
Sin preguntar si estoy segura.
El frío ocupa el lugar donde estaba su cuerpo.
Me vuelvo.
Durante un segundo encuentro sus ojos. El dolor que hay en ellos no es ruidoso, es algo rápido, profundo, una herida que se abre y se cierra detrás de su expresión antes de que pueda alcanzarlo.
La máscara del don vuelve a ocupar su rostro.
—Os deseo todo el éxito del mundo, bedda mia.
No dice nada más.
No me culpa.
No me recuerda que fui yo quien admitió sentirse incompleta. Solo se da la vuelta y sale por la puerta trasera.
Permanezco inmóvil, escuchando cómo sus pasos se alejan por el callejón.
Le he pedido que no vuelva a tocarme y sé que, aunque eso lo destruya, obedecerá.