43 Elena #2
Apoyo la espalda contra la puerta y dejo escapar todo el aire de los pulmones. Me duelen los pies, la cintura y hasta las mejillas de haber sonreído durante tantas horas.
Pero lo hemos conseguido.
El primer día de Alondra e Hija ha sido un éxito.
En la cocina solo quedamos mi madre y yo. Ella repasa los ingredientes, cubre los recipientes y prepara las superficies para dentro de unas horas, cuando tendrá que levantarse para empezar a amasar.
Yo friego el suelo, guardo la vajilla y bostezo tanto que los ojos se me llenan de lágrimas.
—Hija, vete, yo termino —dice mientras bosteza también.
Me río.
—Tú eres la mayor y la única que sabe amasar sin convertir la cocina en una escena del crimen. Yo, por el momento, solo entiendo de números, así que vete a dormir.
Le quito el paño de la mano antes de que pueda protestar.
Debe de estar verdaderamente agotada, porque se limita a mirarme, asentir y dejarme un beso en la mejilla.
—No tardes.
—No tardaré.
Desaparece por el pasillo.
Minutos después, escucho la campanilla de la entrada.
Sonrío mientras termino de apilar unos platos. Mi madre debe de haber vuelto a comprobar la cerradura por tercera vez antes de marcharse.
Encuentro varias bandejas de masa preelaborada fuera de la cámara frigorífica, así que me encargo de guardarlas. Abro la puerta pesada de la gran nevera y empujo la primera bandeja hacia el interior.
No entra.
—Vamos… —rezongo.
Aparto un recipiente, levanto otro y vuelvo a intentarlo. La bandeja se atasca a mitad de camino. Empujo con el hombro y maldigo por lo bajo hasta que, finalmente, consigo encajarlo todo.
Retrocedo, satisfecha con mi obra, y cierro la puerta metálica.
Entonces lo veo en el reflejo.
Detrás de mí.
Como en todas esas ocasiones en las que mi cabeza ha intentado invocarlo sobre el cristal de una vitrina o la superficie de un electrodoméstico.
Traje oscuro.
Manos en los bolsillos.
Hombros relajados.
Su presencia ocupa toda la cocina.
—Enhorabuena por la inauguración. —Su voz me atraviesa antes de que pueda convencerme de que es otro espejismo.
Me vuelvo de golpe.
La adrenalina se me dispara por el cuerpo al encontrarlo de pie en medio de la cocina.
Real.
Mis ojos viajan hacia la puerta, después al pasillo, y solo entonces comprendo lo ocurrido. Mi madre no ha salido por la entrada principal, sino por la puerta trasera.
La campanilla no ha sonado por ella, ha sonado por él.
—Federico…
Su nombre me abandona sin que pueda ocultar nada de lo que provoca dentro de mí.
Turbulencia.
Miedo.
Alivio.
Una emoción tan violenta que casi se parece al dolor.
—Hola, bella Elena.
Sigue llamándome así, como si seis meses no fueran suficientes para convertirnos en dos desconocidos.
—¿Qué haces aquí?
Retrocedo hasta apoyar la espalda contra la nevera. Escondo las manos detrás de mí y presiono los dedos contra el metal frío, buscando algo sólido a lo que aferrarme.
Federico observa la cocina con abierta admiración.
—No quería perderme un día tan importante —explica, dándome la espalda.
Comienza a caminar con calma, explorando el espacio que ha pagado sin haber pisado jamás. Examina los hornos, levanta unas pinzas, hace girar entre los dedos un cortador de masa y lo devuelve exactamente al mismo lugar.
Parece un rey visitando un territorio que ha conquistado en secreto.
Por encima del cuello de la camisa asoman tatuajes nuevos que trepan hacia la nuca. Líneas negras que no recuerdo y que me hacen consciente de todo lo que ha ocurrido en su vida mientras yo intentaba recomponer la mía.
—Felicitaros era una prioridad —continúa—, pero no me pareció conveniente aparecer cuando el local estaba lleno. Ya sabes, por todo eso de la mala imagen, los mafiosos ahuyentando clientes y demás.
Suelta una risa baja, seca.
El sonido me provoca una punzada de nostalgia.
—He tenido la suerte de encontrarme con Alondra, se la ve feliz.
Me quedo en silencio mientras él continúa levantando objetos y estudiándolos.
Después de tantos meses, verlo se siente como encontrar aquello que más necesitaba y aquello que más debía temer.
—Gracias a ti —digo finalmente—. Nada de esto habría sido posible de otra manera.
Mira por encima del hombro, una sombra de sonrisa le cruza la boca.
—Es lo mínimo que podía hacer por vosotras después de todo lo que llevé a vuestras vidas.
Rodea la isla de acero inoxidable y observa las neveras del fondo. Entrelaza las manos detrás de la espalda.
—Tú no provocaste la explosión —respondo—, fue mi padre. Mi madre y yo nunca lo hemos visto de otra manera.
Federico se detiene.
—Ah, ¿no?
—No.
Mis ojos lo siguen mientras él continúa acercándose sin dar la impresión de hacerlo.
—Nos gustaría devolverte el dinero algún día. Quizá no ahora, pero cuando el negocio empiece a dar beneficios podríamos…
Una mirada suya basta para silenciarme. Su expresión no cambia, pero algo oscuro endurece sus facciones; no le gusta lo que estoy diciendo.
—No, Elena. —Lo pronuncia en voz baja, no necesita alzarla—. Este lugar os pertenece a vosotras. Desde la campanilla de la entrada hasta el último tornillo de esas máquinas.
Da otro paso.
—Aquí no existe ninguna deuda. —Sus ojos se clavan en los míos.