Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 43 Elena
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43 Elena

Hay acontecimientos que no se limitan a cambiarte la vida.

La parten en dos.

Existe un antes y un después, y por mucho que intentes regresar al punto de partida, ya no encajas en él.

Por eso volver a mi vida anterior a Federico se sentía incómodo, equivocado.

Como intentar entrar en una casa en la que los muebles siguen en el mismo sitio, pero las paredes se han desplazado unos centímetros.

Han pasado casi seis meses y todavía intento acostumbrarme a mi nueva rutina.

Cuando todo terminó y Federico me devolvió la libertad, lo hizo bajo algunas condiciones adicionales. Me juró que no se debía a que fuera un hombre incapaz de cumplir su palabra, sino a la necesidad de proteger a su mujer.

Eso dijo.

Su mujer.

Dos palabras que todavía se me clavan en el pecho cada vez que las recuerdo.

No hubo promesas, anillos ni una conversación en la que decidiéramos qué éramos. Fui su prisionera, su responsabilidad, su obsesión y, durante un tiempo demasiado breve, la mujer que dormía entre sus brazos.

Pero nunca supe cuál de todas esas cosas pesaba más para él.

La primera condición fue que debía tolerar la custodia durante un tiempo, al menos hasta que resolviera ciertos asuntos, ergo, los rusos.

Acepté porque, tras la muerte de mi padre, sabía que las calles de Little Italy se volverían más ásperas. Carlo había abandonado deudas, enemigos y hombres dispuestos a sacar provecho del vacío que había dejado detrás.

La segunda condición fue que ayudaría a mi madre a empezar de nuevo. Me lo dijo de pasada, con ese tono suyo que convierte decisiones millonarias en detalles sin importancia.

No le di tiempo para explicarse, necesitaba marcharme antes de romperme delante de él. Antes de olvidar el trato, mi libertad y toda la dignidad que me quedaba.

Antes de pedirle que me llevara de vuelta.

No como su prisionera, sino como aquella muchacha a la que vio una vez desde el balcón y con la que no se atrevió a hablar.

Me mordí la lengua hasta sentir el sabor de la sangre. Fingí serenidad, mantuve la espalda recta y acepté cada una de sus condiciones como si no me estuviera arrancando algo del cuerpo con cada palabra.

Entonces no sabía que, cuando Federico hablaba de ayudar a mi madre a empezar de nuevo, se refería a reconstruir la pastelería por completo.

No dejó una pared sin tocar.

Instaló hornos nuevos, amasadoras más rápidas, cámaras frigoríficas modernas y cafeteras que mi madre todavía observa como si se necesitara un título universitario para utilizarlas.

Encargó mercancía importada directamente desde Italia, muebles de primera calidad y mesas donde los clientes pudieran sentarse a desayunar, conversar o perder la tarde entre café y cannoli.

No la reparó, la convirtió en el negocio con el que mi madre siempre había soñado y nunca se había permitido imaginar.

Por eso decido concentrarme en reconstruir mi vida a su lado. La ayudo a levantar de nuevo el pequeño negocio que la hizo feliz durante tantos años y, poco a poco, empiezo a comprender por qué.

Mis días se llenan de reuniones con pintores, electricistas y técnicos que llegan cargando máquinas que ninguna de las dos sabe utilizar.

Revisamos presupuestos, discutimos azulejos, probamos recetas y diseñamos un menú nuevo que combina los dulces que mi madre prepara desde siempre con opciones más modernas.

Incluso apareció un equipo de marketing.

Una mañana entraron en el local con ordenadores, carpetas y una propuesta completa para anunciarnos que ya habían sido contratados. Nosotras solo debíamos explicarles nuestra visión para Alondra e Hija, el nuevo nombre del negocio.

No pregunté quién los había contratado.

No necesitaba hacerlo.

Federico continúa entrando en mi vida sin aparecer en ella.

La abogacía se siente cada vez más lejana. Como una vida que perteneció a otra Elena, una mujer que se refugiaba detrás de expedientes, leyes y trajes impecables porque era más fácil defender los problemas ajenos que mirar los propios.

Aquí estoy cerca de mi madre y de mi barrio.

Aquí me siento más cómoda.

Casi en casa.

La inauguración será dentro de un par de semanas y mi piso parece la trastienda de un almacén. Hay cajas apiladas contra las paredes, bolsas con muestras, vajilla envuelta en papel y dos máquinas de café ocupando un rincón del salón porque en la pastelería ya no queda espacio.

Esquivo una caja de tazas y otra de servilletas para llegar al sofá. Me dejo caer con el plato sobre las rodillas, enciendo el televisor y elijo cualquier programa que no requiera pensar.

Quiero poner la cabeza en automático, pero mi cabeza nunca se apaga.

Siempre estoy alerta.

Escucho los pasos en el descansillo, miro por encima del hombro cuando una sombra atraviesa la ventana, distingo coches oscuros aparcados durante demasiado tiempo en la acera y hombres que fingen consultar el móvil mientras vigilan la entrada del edificio.

Sé que son suyos.

La custodia es discreta, pero no invisible.

A veces creo verlo en los reflejos de las vitrinas de la panadería o en el cristal del microondas.

Detrás de mí.

Quieto.

Observándome con esos ojos oscuros que siempre parecían conocer mis pensamientos antes que yo.

Echándome de menos como yo lo echo de menos a él.

Federico es muchas cosas: sanguinario, aterrador, frío. Un mafioso capaz de ordenar una muerte sin alterar la respiración. Pero no es un hombre que incumpla su palabra.

Prometió dejarme libre y eso es exactamente lo que ha hecho.

Faustino me escribe de vez en cuando para comprobar que mi madre y yo tenemos todo lo necesario. Sus mensajes siempre parecen casuales, pero las preguntas son demasiado precisas.

«¿Funcionan ya los hornos? ¿Han terminado los pintores?»

Nunca menciona a Federico.

Yo tampoco pregunto.

Entre nosotros existe un acuerdo silencioso: Faustino me cuenta lo suficiente para que sepa que siguen vivos y yo finjo no entender que cada una de esas preguntas viene directamente del don.

Me ha dado la libertad que le exigí.

La libertad que creí necesitar para volver a reconocerme y ahora descubro que ser libre de Federico Romano no significa haber dejado de pertenecerle.

Valoro que mantenga su palabra, lo respeto por conservar la distancia.

Y lo odio con cada parte de mí que todavía espera verlo aparecer al otro lado de la puerta.

El día de la inauguración por fin ha llegado.

Mi madre está histérica.

Corre de un lado a otro, repasa encargos que ya hemos comprobado tres veces y recoloca bandejas que nuestras nuevas empleadas acaban de ordenar. Lleva toda la mañana diciendo que falta algo, aunque cada rincón de la panadería está terminado, limpio y preparado.

A las doce abrimos las puertas.

Son las once y media y ya hay, por lo menos, cincuenta personas haciendo cola en la acera.

Vecinos, antiguos clientes, curiosos que han visto la campaña en redes sociales. Familias enteras atraídas por el aroma a pan recién horneado que escapa cada vez que alguien abre la puerta.

Mi madre observa la fila desde detrás de la vitrina y suelta un grito ahogado.

—¡Todavía no me he puesto el pintalabios!

—Mamá, nadie va a darse cuenta.

Me mira como si acabara de sugerirle que reciba a los clientes desnuda.

—Yo me voy a dar cuenta. —Se aleja antes de que pueda responderle.

Sonrío y regreso a mi propia tarea absurda: mover un centímetro la pequeña maceta de romero que adorna una de las mesas.

La giro hacia la izquierda.

No.

La devuelvo a su sitio.

Ahora sí, perfecta.

Las nuevas empleadas, que durante estas últimas semanas se han convertido también en amigas, colocan las últimas bandejas detrás de las vitrinas. Cannoli, sfogliatelle, tartas de ricotta, panes rústicos y pequeñas porciones de tiramisú se alinean bajo las luces cálidas.

El aroma que flota en el aire es increíble.

Café recién molido.

Mantequilla.

Azúcar tostado.

Pan caliente.

Huele a las mañanas en las que mi madre regresaba con harina en el pelo y una bolsa de dulces.

Huele a todo lo que creí que habíamos perdido.

Me alejo unos pasos para contemplar el local entero.

Las paredes claras, las mesas de madera, las lámparas suspendidas sobre la barra. El nuevo letrero pintado a mano y la vieja fotografía de mi madre con sus padres, colocada junto a la caja registradora.

No queda ninguna marca del ataque, Federico se aseguró de eso.

A veces me pregunto si hizo lo mismo después de dejarme marchar. Si reparó sus propias grietas, ocultó los daños y continuó gobernando como si yo nunca hubiera pasado por su vida.

La idea me aprieta el pecho.

Aparto la mirada hacia la calle.

Entre la gente distingo a dos de los hombres que llevan meses vigilándonos. No intentan mezclarse demasiado. Uno está apoyado contra un coche al otro lado de la acera y el otro finge leer el periódico junto a la entrada del edificio de enfrente.

Entonces una camioneta negra se detiene al final de la calle. El corazón me da un golpe tan fuerte que durante un segundo dejo de respirar.

La puerta del conductor se abre.

No es él.

Solo un repartidor que baja varias cajas y consulta una dirección en el móvil.

Ridícula.

Han pasado casi seis meses y todavía reacciono ante cada traje oscuro, cada coche negro, cada hombre demasiado alto que cruza la acera.

Sigo esperándolo incluso cuando sé que no vendrá.

La voz de mi madre me obliga a volverme.

—Creo que está todo —dice—. Pero hay algo dentro de mí que insiste en que todavía tengo una tarea pendiente.

Suelta todo el aire de los pulmones.

La observo durante un instante, tiene los ojos brillantes de emoción.

—El pintalabios —le recuerdo con una media sonrisa.

Se queda inmóvil.

Después se golpea la frente con la palma de la mano.

—¡El pintalabios!

Echa a correr hacia el baño.

A las diez de la noche despedimos al último cliente.

Es un hombre que regresa tarde del trabajo y que, aun así, se desvía para curiosear cómo ha quedado todo. Le entrego una bolsa con dos cannoli para el camino y cierro la puerta detrás de él.

La campanilla suena sobre mi cabeza. Un tintineo breve, el punto final de un día que parecía no terminar nunca.