42 Federico
Cuatro meses después.
La casa huele a domingo, pero es martes.
Llevo la pistola en la cintura y es la primera vez que entro armado en esta casa.
No la he traído para matar a nadie, sino para profanar el lugar. Para que deje de ser un santuario y se convierta en lo que siempre ha sido sin que yo quisiera verlo: el centro del poder.
—Llegas justo a tiempo, Federico —dice sin apartarse de los fogones—. Estoy a punto de terminar.
No pregunta qué hago aquí un martes.
Me siento.
La mesa está puesta para dos a pesar de que, en teoría, no esperaba a nadie.
Lleva años preguntándome por el pelo, si como lo suficiente, si duermo… Hoy no pregunta nada porque sabe, lo sospecha desde hace un tiempo, el esfuerzo que me tomó reunir el coraje para enfrentarla.
Desde lo ocurrido con Faustino, ninguno volvió a pisar este lugar.
A mi primo y a Nero les costó más tiempo asimilar la idea, pero a Faustino le afectó de otra manera: él ha nacido aquí y después fue entregado a Carmela.
Siempre fue su nieto preferido, porque llevaba su sangre, aunque ella supo desde el principio que quien tenía la pasta para ser don era yo.
La escucho apagar los fogones uno a uno, se seca las manos en el delantal, camina hacia mí y se alisa la ropa antes de sentarse, como si quisiera estar presentable para recibir una sentencia.
No se coloca enfrente, se sienta a mi lado como cuando era niño y me ayudaba con los deberes.
—Llevo más de un año buscando al hombre que mató a mi padre —suelto mirándola a los ojos.
—Lo sé. —Ni siquiera finge sorpresa.
—Nunca busqué a una mujer.
El rosario le cuelga de la muñeca izquierda, no lo aprieta ni busca refugio en la cruz. Sin embargo, algo en su cuerpo se retuerce sobre sí mismo.
No es miedo, es preparación.
—¿Cuánto tiempo? —pregunto—. ¿Cuánto tiempo tardaste en matarlo?
—Tres meses.
No hay pausa ni ese medio segundo que necesita la gente para construir una mentira. Lleva esperando esta pregunta desde antes de que yo supiera que debía hacerla.
Bajo las manos hasta las rodillas para que no vea cómo se me cierran los puños.
—Dime por qué.
Me observa sin lástima.
—Los hombres de mi casa murieron jóvenes y sucios.
Mi padre, mi hermano, mi marido, todos. —Inclina la cabeza hacia mí—.
Y por eso existes, Federico. Tú comes porque ellos pasaron hambre, duermes bajo un techo porque ellos cavaron tumbas.
La gente baja la mirada al escuchar tu apellido porque ellos murieron para enseñarle al mundo a temerlo.
—Él quería sacarnos de esto.
—Él quería morir viejo y limpio —dice—. Quería borrar a los hombres que construyeron este imperio.
—Apoya las dos manos arrugadas sobre la mesa—.
Diez años, decía. «Dame diez años y nadie sabrá lo que fuimos».
Empresas legales, contables, impuestos pagados al mismo Gobierno que nos habría dejado morir como perros cuando llegamos a este país.
Una mueca de desprecio le cruza la boca.
—Eso no es salir, Federico, eso es enterrarlos de nuevo. Solo que esta vez sin lápida, sin nombre y sin nadie que recuerde su sacrificio.
—Era tu hijo —digo aún sin entender cómo alguien puede poner por encima algo que no es la familia.
—Era mi hijo. —No tiembla, ni siquiera pestañea—. Pero yo no maté a mi hijo, maté lo que pretendía hacer con algo que no le pertenecía.
La miro.
Hay una parte de mí, muy pequeña, que todavía espera que llore, que se rompa. Que me diga que estaba enferma, que estaba sola, que alguien la manipuló. Que todo fue un error, un instante de locura.
Le doy todo el silencio que necesita para inventar una excusa.
No lo utiliza, me sostiene la mirada. Algo se mueve en sus pupilas, pero no es culpa ni miedo, ni siquiera es amor, es paciencia.
Todo este tiempo he estado buscando a un enemigo. Imaginándolo escondido en un sótano o bajo la protección de otra famiglia y el enemigo llevaba años sirviéndome primero porque soy el don.
—¿Quién lo descubrió? —No hay preocupación en su voz, solo curiosidad.
Quiere saber qué mente ha conseguido superar la suya.
—Elena. —El nombre me sale más ronco de lo que pretendía.
La echo de menos.
La necesito.
Y ya no está conmigo.
Carmela asiente despacio, casi satisfecha.
—Y por eso la trajiste aquí, sabías que iba a encontrar quién lo hizo.
Me río por lo bajo, la risa amarga e incrédula.
—Eso me dije en ese momento, pero, honestamente, quería traerte una mujer a la familia, mi futura esposa.
—Ella no está hecha para este mundo, Federico. Búscate alguien que no haga preguntas, que se conforme con tener la cuenta de banco llena y un hijo en su vientre.
Me levanto.
Si sigo sentado a su lado, continuaré siendo su nieto y necesito no serlo durante los próximos dos minutos.
Ella también se pone en pie, y hace lo único que no esperaba. Abre las manos a ambos lados del cuerpo. El rosario se balancea desde su muñeca y golpea suavemente contra su falda.
—Aquí —dice—. En mi casa. —Mira hacia la pistola que asoma en mi cintura—. Es lo que habría hecho tu abuelo.
—Ya lo sé.
—¡Entonces, hazlo, Federico! —Por primera vez alza la voz—. Soy la mujer que mató al capo de esta familia. La regla es más vieja que tú, más vieja que yo y más vieja que este país de mierda que te ha enseñado a dudar. La sangre se paga con sangre, hazlo.
No me está pidiendo clemencia, quiere que la mate.
Quiere morir aquí, entre el olor de su salsa y los retratos de sus muertos.
Quiere que los hombres hablen durante generaciones de la viuda Romano que envenenó a su propio hijo para proteger el legado y que, cuando llegó su hora, murió de pie en su cocina sin negar nada.
Quiere el relato, la gloria.
Lleva toda la vida arrodillándose ante hombres muertos, y esta es su única oportunidad de convertirse en uno de ellos, en un mito.
Ahora sé cuál es el único castigo que puede hacerle daño.
—No.
La palabra la golpea con más fuerza que una bala.
—Federico…
—Te vuelves a Sicilia, Carmela.
La frase se le desploma encima, lo veo en su rostro; la boca se le abre una vez, pero no consigue producir sonido.
Carmela, no nonna.
—Volverás al pueblo, a la casa de tu padre, que sigue en pie y sigue perteneciendo a los Romano.
—No puedes…
—Habrá hombres vigilándote. —Mi voz no se altera—. Vas a comer, a dormir, a tomar tus medicinas y a vivir todos los años que te queden, sola, sin esta gloria que tanto anhelas.
—Federico…
—Me encargaré de que todo el mundo sepa que eres la mujer que destruyó la famiglia.
La mano del rosario se cierra.
—Federico…no. Es no es lo que…
—No conocerás a los nietos que nazcan después de ti, no les enseñarás nuestras recetas, nuestras plegarias ni los nombres de los muertos.
Se detiene.
Ahí.
Exactamente ahí.
Por fin encuentro el lugar donde puedo herirla. No en el corazón, en el legado.
—No. —Es la primera palabra verdaderamente humana que le escucho desde que he entrado—. Por favor, Federico…
Le tiembla la mano y me parte por dentro.
No lo soporto, pero sigo. Porque mi padre habrá sido un hombre horrible, frío y despiadado, pero él tampoco tuvo la oportunidad de pedirle que se detuviera.
—No importa lo loco que estuviera Cucu. No importa cómo me criara ni cuántos de nosotros acabáramos rotos por su culpa. Tú no lo mataste por eso, lo mataste para proteger tus leyes, y la familia es sagrada, más que el negocio, más que la propia Cosa Nostra.
Carmela me observa como si ya no me reconociera. Quizá sea porque, por primera vez, no soy el hombre que ella ha criado.
—No voy a concederte la muerte —digo—. Vas a vivir con lo que hiciste.
Rodeo la mesa, paso junto a la silla en la que me sentaba de niño y camino hacia la puerta.
—Recoge tus cosas, te marchas dentro de una hora.
No puedo mirarla. Porque puedo ordenar la muerte de cien hombres sin que me tiemble la voz, pero solo he tenido una nonna y acaba de morir sin que yo dispare una sola bala.