Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 41 Federico
84%

41 Federico

Son demasiadas cosas a la vez.

Mi primo recuperándose de una bala.

Mi nonna convertida en una desconocida.

Mi mujer a punto de marcharse.

Tres incendios delante de mí y solo dos manos para apagarlos.

Pero la vida me ha preparado para noches como esta. Ser don no consiste en sentarse a la cabecera de una mesa y esperar que los demás bajen la mirada. Consiste en saber qué parte de ti debes sacrificar primero para mantener en pie el resto del imperio.

Busco los ojos de Elena.

El final está cerca y no me refiero únicamente al de Carlo.

—Tu padre está al borde de la muerte —le suelto sin suavizar el golpe—. Voy a hacerle algunas preguntas. Puedes venir conmigo y comprobar tu teoría si quieres.

Elena me observa durante unos segundos que parecen una condena. Analiza mi tono, mi expresión, la frialdad que me cubre el rostro y el odio que me está pudriendo por dentro.

Está buscando a Federico, al hombre que duerme junto a ella, pero esta noche solo queda el don.

Asiente una vez y es todo lo que necesito. Me dirijo hacia la casa, aunque antes de cruzar la puerta vuelvo la cabeza.

—Ni un solo comentario.

—No —responde.

Al entrar, encuentro a Carmela saliendo de la habitación de Faustino con un plato de sopa intacto entre las manos. Ella lleva el cuenco con la serenidad de una mujer cuyo mundo continúa exactamente igual.

La observo.

Intento encontrar en su rostro una grieta, una sombra de culpa, una señal que me permita pensar que he entendido mal.

No encuentro nada.

—Tengo que resolver un asunto. Volveré más tarde —digo al pasar junto a ella—. Elena, ven conmigo.

—Adiós a los dos —responde Carmela.

Sin preguntas, sin mostrar absolutamente nada.

La vida sigue para ella.

Para mí, no; todo cambia esta noche.

Ha llovido durante el día y Nueva York sigue húmeda, brillante bajo las farolas. Los neumáticos cortan los charcos mientras atravesamos la ciudad y, durante todo el trayecto, siento la presencia de Elena a mi lado como una cuenta regresiva.

No me mira.

Yo tampoco debería mirarla; aun así, lo hago.

Memorizo la curva de su perfil, la tensión de su mandíbula, las manos cerradas sobre el regazo. Me pregunto si esta será la última vez que la tenga tan cerca.

La idea me provoca algo peor que la rabia.

Miedo.

Al llegar al puerto, dejo el coche lo más cerca posible de la entrada del depósito. Desde fuera, la zona parece muerta. Contenedores apilados, grúas inmóviles y agua negra golpeando los pilotes, pero dentro hay hombres despiertos y un cadáver que todavía respira.

Antes de abrir la puerta, sujeto a Elena por el brazo.

—Tu padre no está en su mejor estado. ¿Estás segura de que quieres verlo?

Gira la cara hacia mí, sus ojos son hielo agrietado.

—¿Te olvidas de que mi padre casi mata a mi madre? ¿De que no es la primera vez que lo intenta? Que se vaya a la mierda, ya no es mi padre. —Se libera de mi mano—. Es mi enemigo.

La observo durante un segundo más.

Debería sentir orgullo por ella. En cambio, solo pienso que quizá he contribuido a endurecerla hasta convertirla en esto.

Asiento y deslizo la puerta metálica; el chirrido atraviesa el silencio del puerto.

Dentro, una única hilera de luces industriales permanece encendida. El depósito está casi vacío, salvo por la silla situada en el centro.

La misma silla en la que Carlo estuvo la primera vez.

Elena inspira con brusquedad. Quizá no entendió del todo a qué me refería cuando le dije que su padre no estaba en su mejor momento.

Apoyo una mano en su cintura. No la obligo a avanzar, pero la presión le recuerda que estoy detrás de ella y que está a punto de ver mi peor lado.

—Carlo… —anuncio mientras entramos—. Mira quién ha venido.

Una sonrisa lenta me curva la boca.

Él levanta la cabeza con dificultad.

Su respiración es húmeda, trabajosa. Tiene un ojo completamente cerrado y el otro apenas consigue abrirse. La sangre seca le cubre media cara y un brazo le cuelga en un ángulo extraño.

Al reconocer a Elena, exhala.

Nero está a su lado, mira a Elena y retrocede un paso, incómodo ante la presencia de la hija del hombre al que ha reducido a esto.

Lleva los nudillos cubiertos de sangre y el rostro deformado por una ira que no le veía desde hace años.

Los gemelos permanecen apoyados contra una pared. Santino con los brazos cruzados, Valerio con las manos en los bolsillos. Ninguno tiene una sola prenda fuera de su sitio. Parecen haber venido a contemplar una función, no a participar en una tortura.

Ignacio está detrás de Carlo, atento a su respiración, vigilando que el viejo no pierda el conocimiento antes de tiempo.

—Mátame de una vez… —susurra Carlo.

Avanzo y lo estudio.

Un hombre que pide morir no siempre está derrotado. A veces solo intenta elegir el único terreno en el que todavía conserva el control.

Miro de reojo a Elena y veo cuánto le cuesta mantener la expresión firme.

—Sabes que me gusta jugar con la presa antes de romperle el cuello, Carlo.

Me quito la chaqueta. Santino se separa de la pared para recogerla antes de que caiga al suelo.

—¿Recuerdas la última vez que estuviste aquí? —continúo mientras me remango la camisa—. Entregaste a tu hija como si fuera mercancía barata. Al menos me consuela saber que ahora ella entiende que su valor siempre ha estado muy por encima de cualquier intento tuyo de hacérselo olvidar.

—Es una vendida… —murmura—. No es hija mía.

Elena da un paso rápido hacia él, decidido.

La sujeto por la cintura antes de que consiga llegar a la silla.

—Todavía no, bedda mia —le susurro junto al oído—. Tu libertad depende de este hombre.

Su cuerpo se queda rígido entre mis brazos, sus ojos no se apartan de Carlo.

Hay furia detrás de ellos, sí, pero también algo más doloroso: la parte de Elena que todavía espera que su padre diga una sola cosa capaz de demostrar que alguna vez la quiso.

No la dirá.

Los hombres como Carlo prefieren morderse la lengua antes que admitir que necesitan a alguien.

—Tu preciosa hija y yo hicimos un trato —explico con aparente despreocupación.

Percibo el intercambio de miradas entre Nero y los gemelos. No conocían todos los detalles.

Ignacio, en cambio, solo me observa a mí.

—Acordamos que, si descubría quién mató a mi padre, recuperaría su libertad. —Pronunciarlo me deja un sabor a hierro en la boca—. A pesar de mi profunda aversión a semejante posibilidad.

Ella se adelanta.

Carlo levanta un poco la cabeza para verla mejor.

—¿Qué estaba haciendo Cucu antes de morir? —Su voz intenta salir firme, pero se quiebra en la última palabra.

Carlo la contempla de una forma que no esperaba, casi con admiración.

—Ya lo sabes… —susurra.

El silencio se vuelve absoluto.

—Dilo —exige Elena—. Mi libertad depende de ello.

Carlo desvía la mirada hacia mí.

Ahí está, el último vestigio de su orgullo.

—¿O qué? —pregunta, y se fuerza a reír—. ¿Me matarás? —Termina en una tos profunda—. Ya estoy muerto y no te debo nada.

—Tienes razón. —Me vuelvo hacia Nero—. Tráela.

Elena gira la cabeza hacia mí. Por primera vez desde que hemos entrado, veo incertidumbre en su expresión.

Nero desaparece en el despacho, nadie habla mientras esperamos. Un minuto después, regresa arrastrando a Alondra por el brazo.

Elena reacciona de inmediato. Intento sujetarla, pero se vuelve hacia mí con tal violencia que tengo que agarrarla con ambas manos.

—Mírame —ordeno en voz baja. No lo hace—. Elena, mírame.

Esta vez obedece.

No puedo explicárselo delante de Carlo. Solo puedo pedirle que lea lo que hay detrás de mis ojos.

Esto es una farsa, una apuesta en la que estoy utilizando lo único que Carlo todavía podría temer perder.

Nero obliga a Alondra a arrodillarse delante de la silla.

Carlo levanta la cabeza de golpe, el cambio es inmediato.

La apatía desaparece, su respiración se acelera. El ojo que todavía puede abrir se clava en su esposa.

—¡Carlo, dile lo que quiere saber! —grita Alondra.

Nero destraba el arma y apoya el cañón contra su cabeza.

—Habla, viejo —amenaza.

Elena se gira hacia mí, la desconfianza le llena el rostro.

No sabe que el cargador está vacío, Nero sí, los gemelos también. Ignacio no aparta la mirada de Carlo.

Elena se arranca de mis manos y corre hacia su madre. La abraza y la aparta del cañón.

Nero solo sonríe y apunta hacia las dos.

Carlo observa la escena, intentando decidir si he perdido el control o si todo forma parte de mi plan.

Quiero que dude.

—Carlo —lo llamo como si estuviera reprendiendo a un niño—. ¿De verdad quieres morir después de ver cómo matamos a tu familia?

Elena me mira y yo no, no puedo. Si lo hago, el viejo verá mi mentira.

Carlo tampoco sabe si estoy jugando. Me conoce lo suficiente para saber que sería capaz de hacerlo, pero también sabe que Elena es la única persona en esta habitación que puede ponerme de rodillas.

Tiene que decidir qué parte de mí es más fuerte.

El monstruo o el hombre que la ama.

—Tu padre quería abandonar la Cosa Nostra —dice al fin.

Las palabras caen en el depósito como casquillos contra el cemento.

Nadie se mueve.

—Yo lo apoyé en cada una de sus decisiones, hasta que empezó a delirar con cambiarlo todo.

Elena me mira con los ojos muy abiertos.

Yo permanezco quieto, no voy a regalarle a Carlo el placer de mi sorpresa.

—¿Por qué quería salir? —pregunto, cruzándome de brazos.

Carlo sonríe con los dientes teñidos de rojo.

—No quería salir él —aclara—. Quería sacaros a vosotros.

El silencio se vuelve más pesado.

—Pretendía dejarte todo legitimado antes de morir, dinero que pudiera aparecer en los libros sin que un fiscal os enterrara bajo una acusación de sindicato organizado.

La mandíbula se me tensa.

Mi padre no estaba destruyendo el imperio, estaba intentando salvarme de él.

—Pero alguien se encargó de que muriera antes —añade Carlo.

No miro a nadie. Ya conozco la respuesta, pero necesito escuchársela decir. Quiero que la verdad quede flotando en esta habitación, imposible de negar, antes de regresar a casa y mirarla a los ojos.

—¿Quién? —pregunta Elena, desesperada por librarse de mí.

Carlo resopla.

—La vieja arpía.

Una tos violenta lo sacude. La sangre le brota de la boca y le cae por la barbilla.

Ignacio lo sostiene por el hombro para que no se desplome.

—Carmela —escupe cuando consigue recuperar el aliento—. Ella pensó que estaba profanando el nombre de la familia.

Carlo alza el rostro hacia mí.

—Así que hizo lo que hacen los verdaderos creyentes. —Hace una pausa, disfrutando el momento—. Sacrificó a su propio hijo.

Algo se rompe dentro de mí.

No se oye en el depósito, no se ve en mi rostro, pero se rompe.

—Los Romano estáis muertos de todas formas —continúa Carlo—. Solo que algunos todavía no os habéis dado cuenta.

Nero me mira, baja el arma descargada y espera una reacción.

Santino ha perdido la sonrisa; Valerio me estudia con esa quietud suya, preparado para intervenir si mi cabeza decide abandonar el cuerpo; Ignacio espera una orden.

No les doy ninguna, porque las palabras de Carlo solo significan una cosa.

Elena tenía razón y ha cumplido su parte del trato.

Es libre.

Me vuelvo hacia ella.

Está abrazada a su madre, confusa, alterada y horrorizada. Tiene los ojos clavados en mí, esperando que diga algo.

La observo por última vez, algo que por un momento me perteneció y que nunca haya tenido derecho a poseerlo.

Inspiro despacio.

—Apartad la mirada —ordeno.

Elena reacciona antes que nadie.

Cubre los ojos de su madre y gira su propio rostro, aunque no del todo. Me mira de reojo, como si una parte de ella aún necesitara saber en qué clase de hombre me convierto cuando dejo de fingir.

Alondra se tapa los oídos.

Carlo intenta enderezarse.

—Federico…

No sé si va a pedirme perdón, maldecirme o decirme algo más sobre mi padre.

Ya no importa, busco el arma dentro de mi traje y apunto directamente a su frente.

El disparo retumba entre los muros del depósito.

La cabeza de Carlo se sacude hacia atrás. La sangre y la materia gris salpican la pared de cemento, y el eco del tiro se extiende por el edificio hasta que parece que toda la ciudad lo ha escuchado.

Después llega el silencio. Ese silencio espeso que solo existe cuando una vida acaba de abandonar una habitación.

Carlo Bianchi está muerto.

La historia de mi padre, por fin, tiene una respuesta.

Y la mía acaba de quedarse sin futuro.