40 Federico #2
—Tu padre murió después de varios días con vómitos, dolor abdominal, deshidratación y fallo multiorgánico. Los médicos pensaron en una infección gastrointestinal, pero los cultivos no mostraron nada concluyente.
Cada palabra golpea algo dentro de mi memoria.
—Le hicieron una autopsia —repongo.
—Una autopsia limitada, nadie solicitó pruebas específicas para toxinas poco comunes. Si no sabes qué estás buscando, un resultado negativo no demuestra que no haya veneno.
Miro de nuevo la planta, las hojas se mueven con la brisa.
—No —pronuncio—. Mi nonna cuidó de él hasta el último momento.
—Precisamente.
La palabra me atraviesa.
—Ten cuidado, Elena. —Mi voz sale baja, peligrosa.
Elena levanta la barbilla.
—Me pediste que resolviera el caso, eso acabo de hacer.
—¡Sí, pero estás acusando a Carmela porque cultiva una puta planta! ¡Todo porque quieres tu libertad rápido! Dame algo real.
Elena mete una mano en el bolsillo del jersey y saca una pequeña libreta. Por supuesto que lleva una libreta, aunque el mundo esté ardiendo, esta mujer sigue preparando un alegato.
—Tu padre quería que no quedara ninguna organización que heredar —declara.
La observo sin comprender.
—¿De qué demonios estás hablando? —Siento que quiere contarme todo, pero le cuesta destaparme esta dolorosa verdad.
—Cucu quería volver legítimos todos los negocios de los Romano.
—Ya teníamos negocios legales.
—Como fachada —rebate—. Tu padre quería algo distinto.
Planeaba cortar los acuerdos con las demás familias y separar el dinero limpio del que provenía de las actividades criminales.
Quería convertir lo que pudiera salvarse en empresas reales y dejar morir el resto, por eso comenzó los negocios de Romano Holdings, es el mejor lugar donde comenzar.
Niego lentamente.
—Mi padre jamás habría hecho eso.
Arranca una hoja de la libreta y me la entrega.
Hay nombres de sociedades, fechas, transferencias y referencias a documentos que reconozco de los antiguos archivos de la famiglia.
—Encontré borradores para disolver varias empresas —continúa—. Contratos de compraventa, traspasos de propiedades, una estructura fiduciaria para proteger los bienes legales y entregártelos después.
Recorro las anotaciones. No consigo asimilar lo que veo.
—¿Entregármelos?
—Cucu quería dejarte un imperio que no te obligara a matar para conservarlo.
Suelto una risa hueca.
—No conociste a mi padre.
Elena se aproxima y señala una de las fechas.
—Se reunió durante meses con abogados, contables y representantes de empresas legítimas. Estaba intentando desmontar la organización desde dentro sin provocar una guerra.
Miro otra vez hacia la casa.
Mi nonna se mueve detrás de la ventana de la cocina, colocando platos sobre la encimera como si el mundo no acabara de abrirse bajo mis pies.
—¿Qué tiene que ver Carmela con todo eso?
Elena guarda silencio durante un instante. No porque dude, porque sabe que la respuesta va a destrozar algo que no podré reconstruir.
—Ella sabía todo esto.
—¿Cómo?
—Porque Cucu se lo contó.
—No tiene sentido, mi nonna habría querido que saliera de todo esto. —Incluso mientras lo digo, escucho la mentira.
Recuerdo las historias que me contaba de niño, hombres de honor, juramentos de sangre, familias que habían gobernado pueblos enteros en Sicilia.
Nunca hablaba de la Cosa Nostra como si fuese un delito, hablaba de ella como otros hablan de Dios.
Elena observa mi rostro y sabe que también lo recuerdo.
—Esta mañana Carmela me dijo algo —continúa—. Dijo que, si la Cosa Nostra te lo había dado todo, tarde o temprano tenías que devolverle algo.
El aire se espesa. No, no puedo con esto.
—Es una frase de anciana.
—No para ella, Carmela no ve la organización como un medio para ganar dinero, la considera una herencia sagrada, un deber, una religión transmitida de padres a hijos.
Cucu no estaba intentando modernizar la famiglia, estaba tratando de matarla.
Quería que el apellido Romano dejara de estar unido a la mafia.
—Eso no es motivo para asesinar a tu propio hijo —susurro.
—Para una madre, no. —Elena dirige la mirada hacia la ventana—. Para una creyente enfrentada a un apóstata, puede serlo.
Me estoy dejando manipular, Elena quiere una salida rápida después de la nueva cara que encontró en este monstruo, pero no se lo voy a permitir.
—Ten mucho cuidado con lo que estás diciendo, Elena. No quieres conocer este lado mío. —Mi voz sale baja y fría, pero Elena no retrocede, apoya una mano sobre mi brazo con cariño, con… pena.
—Carmela creció en Sicilia viendo la Cosa Nostra como la única autoridad real. Por encima del Estado, por encima de los tribunales. Quizá incluso por encima de la Iglesia.
Miro la planta de ricino, sus frutos cubiertos de espinas, las hojas rojizas agitándose con la brisa.
—No tienes pruebas, tienes una teoría, alguien más pudo querer detenerlo.
—Sí, cualquiera de tus hombres, las otras familias… —admite—. Pero ninguno de ellos cocinaba para Cucu.
La garganta se me cierra.
—Mi nonna lo cuidó mientras estaba enfermo. —Siento que repito la única verdad a la que aún puedo aferrarme.
—Y se aseguró de que nadie lo llevara a un hospital hasta que fue demasiado tarde.
—Eso no demuestra que lo envenenara, es solo su orgullo, no quería imágenes ni periódicos metiendo las narices; ella lo protegió hasta último momento.
La misma mujer que me daba de comer cuando mi padre me castigaba. La misma que me limpiaba las heridas mientras me decía que un Romano jamás lloraba delante de sus enemigos.
Ella fue quien me sujetó el rostro durante el funeral y dijo: «Ahora debes demostrarles quién eres, Federico».
No estaba consolándome, me estaba coronando.
—Carlo sabía algo —murmuro.
—Creo que ayudó a preparar parte de la estructura legal, puede que no conociera todo el plan, pero sabía que Cucu quería salir.
—Por eso mencionó eso de sus últimas palabras.
—Sí.
Saco el móvil.
Tengo tres llamadas perdidas de Nero, la última ha sido hace menos de un minuto.
Marco su número.
—Se nos va —dice apenas responde.
Miro a Elena.
—Mantenlo vivo.
—No sé cuánto más puedo alargarlo.
—Hazlo.
—¿Hasta cuándo?
Mis ojos se clavan en la silueta de Carmela.
La mujer que asesinó a su propio hijo para impedir que el apellido Romano dejara de pertenecer a la Cosa Nostra.
—Hasta que me cuente todo lo que sabe sobre la noche en que murió Cucu.
Cuelgo.
Elena se acerca un paso.
—Federico…
—Ella me crio para ocupar su lugar. —Mi voz apenas es un susurro.
No era mi padre quien había decidido mi destino, era Carmela. Cucu intentó entregarme una vida distinta y su propia madre lo mató antes de permitir que lo hiciera.
—No asesinó a su hijo para protegerme —reflexiono—. Lo sacrificó para proteger a la famiglia.
Elena sostiene mi mirada.
—Para Carmela, la famiglia nunca fuisteis vosotros. —Mira hacia la casa—. Siempre fue la Cosa Nostra.