Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 40 Federico
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40 Federico

Carlo está de vuelta en el depósito.

En la fotografía que observo en el móvil, apenas queda algo reconocible del hombre que me entregó a su hija para salvarse el pellejo.

Tiene un ojo cerrado por la hinchazón, sangre seca bajo la nariz y la boca abierta en busca de un aire que Nero se ha encargado de convertir en un privilegio y que yo terminaré por extinguir.

Está al borde de la muerte.

Debería sentir satisfacción.

Debería ordenarle a Nero que concluya el trabajo, que arroje el cuerpo al East River y que se asegure de poner suficiente peso en los tobillos para que ese stronzo no vuelva a darme problemas.

Pero no siento nada.

Ni rabia.

Ni alivio.

Ni siquiera esa necesidad oscura que suele despertarse dentro de mí cuando un enemigo respira durante más tiempo del que merece.

¿Cuál es el puto sentido?

Mi plan no ha funcionado.

Carlo va a morir, Faustino casi lo ha hecho y Elena ya conoce la verdad.

Por eso sigo sentado dentro del coche, aparcado frente a la casa de mi nonna, mirando la puerta como si al otro lado me esperase un pelotón de fusilamiento.

No consigo moverme.

Enfrentarme a Elena se parece demasiado a una sentencia de muerte.

La conozco lo suficiente para saber que, cuando llega a una conclusión, no hay amenaza, argumento ni acto de Dios capaz de hacerla retroceder. Y yo no soy tan sádico como para encerrarla para siempre y soportar que me odie cada día del resto de nuestras vidas.

Podría hacerlo. Podría quitarle el teléfono, cerrar las puertas y llenar la casa de hombres armados. Podría convertir el ático en una jaula tan hermosa que el mundo entero envidiase sus barrotes.

Pero no podría obligarla a mirarme como lo hizo anoche. Ni a tocarme con esa suavidad o decir que le importo.

Eso es lo que no comprenden los hombres como Carlo, como yo.

Uno puede robar un cuerpo, pero no puede obligar a un alma a quedarse dentro.

Llevo el móvil al oído y llamo a Nero.

—Déjame hablar con ella primero —pronuncio, inclinando la cabeza hacia el volante—. Dame unos minutos.

Antes de la ejecución.

—No sé cuántos minutos le quedan, de verdad —responde al otro lado mi sádico hermano.

Miro la puerta de la casa.

—Mantenlo vivo.

Nero guarda silencio, como lo hace siempre.

—Date prisa —dice finalmente.

La llamada termina.

Salgo del coche y entro en la casa.

Me recibe un murmullo constante de voces. Mis hombres conversan en grupos pequeños, pero todos me saludan al verme y después continúan recorriendo la propiedad, pendientes de las ventanas, las puertas y cualquier movimiento extraño en la calle.

Desde el pasillo llega la risa de mi nonna.

Después escucho la voz débil de Faustino diciendo alguna estupidez y la de una mujer reprendiéndolo porque no debería hablar.

Gia.

Camino hacia la habitación mientras busco una sola voz y no la encuentro.

Faustino me mira cuando entro.

Tiene la piel pálida, el cuello vendado y una vía conectada al brazo, pero eso no le impide regalarle a Gia una de esas sonrisas que conozco demasiado bien. Ella lo ignora mientras comprueba la bolsa de suero que cuelga junto a la cama.

Mi primo me descubre observándolo y su sonrisa se amplía.

—Me debes un aumento.

Gia, en cuanto me ve, se coloca un poco más cerca de su paciente, como si temiera que hubiese venido a terminar el trabajo que la bala dejó incompleto.

Una preocupación razonable.

—Lo que te debo es un buen golpe en la mandíbula por imbécil —respondo mientras me acerco al otro lado de la cama.

Mi nonna nos observa con una felicidad que no encaja con el estado de Faustino.

Entrelazamos las manos como nos enseñaron de niños, cuando todavía creíamos que el apellido Romano significaba que nada malo podía alcanzarnos. Me inclino y apoyo la frente contra la suya.

El alivio me golpea con tanta violencia que casi parece dolor.

Está vivo.

Este idiota está vivo.

Acerco la boca a su oído.

—La próxima vez que te interpongas entre una bala y yo, me encargaré personalmente de que no sobrevivas.

Faustino deja escapar una risa ronca que termina en una mueca.

—Siempre tan agradecido.

Me incorporo.

—Podría haberte matado.

—Ese era más o menos el objetivo de la bala.

—Te juro por Dios que…

—Está en el patio —me interrumpe. La amenaza muere en mi boca—. Ve y procura no comportarte como un animal durante cinco minutos.

—Gia, vuelve a dormirlo, está pidiendo cosas imposibles —murmuro al salir.

La encuentro sentada en un taburete de plástico azul, desgastado por el sol y los años.

El pequeño patio de mi nonna está abarrotado de plantas.

Algunas crecen en macetas de cerámica; otras, en latas de tomate reutilizadas, botes de café o frascos de vidrio llenos de agua.

Hay ramas trepando por las paredes, hojas que invaden el camino y flores que sobreviven, aunque nadie entienda cómo.

Carmela siempre ha tenido algo con las plantas, una conexión silenciosa. Una paciencia que nunca ha mostrado con los seres humanos.

Yo tampoco he sentido una conexión parecida con ningún ser vivo. Excepto, quizá, con la mujer que tengo delante.

Elena lleva un jersey color crema demasiado grande para ella. Es mío, lo robó una noche sin decir nada y yo nunca se lo reclamé porque dejó de pertenecerme en cuanto rozó su piel.

Como mi cama.

Mi casa.

Mi apellido.

Mi puto corazón.

—Tenemos una conversación pendiente —digo.

Mi voz suena defensiva incluso para mí, preparada para recibir el golpe antes de saber desde dónde llegará.

Elena no levanta la vista, se limita a señalar un banco de madera colocado detrás de mí.

Mi padre se lo compró a Carmela muchos años atrás, después de que ella se quejara de que no tenía dónde sentarse a vigilar su pequeño giardino. La pintura se ha desprendido en varias zonas y algunas astillas sobresalen de los apoyabrazos.

Cuando me siento, la madera cruje bajo mi peso.

Tengo que comprarle uno nuevo.

El pensamiento es tan estúpido y doméstico que casi me provoca una carcajada. Mi vida se desmorona y yo estoy pensando en muebles de jardín.

—Faustino estará bien —comienza Elena—. Según Gia, tardará varias semanas en recuperarse, pero vivirá.

—Es difícil matar a un Romano.

—Tu padre no puede decir lo mismo.

El veneno de la frase me alcanza, aunque no cambio de expresión.

Los dos sabemos que no es propio de Elena soltar esos ataques, pero también sé que necesita hacerme daño.

Y yo me lo he ganado.

—Es verdad —respondo.

Elena aprieta las mangas del jersey entre los dedos.

—¿Es cierto que preparaste todo para mi llegada?

Sin rodeos.

Me enderezo en el banco.

He prometido decirle la verdad, aunque la verdad sea el arma que utilice para abandonarme.

—Es cierto que quería estar preparado —digo—. Quería tener mis negocios en orden, mis hombres bien colocados y mi confianza depositada únicamente en quienes no pudieran venderte al mejor postor.

Elena levanta la mirada, encuentro que tiene los ojos rojos e hinchados.

Algo me revuelve las entrañas.

Elena, que discute incluso cuando tiene miedo, que nunca llora delante de nadie y que siempre parece capaz de sostener el mundo con los dientes, finalmente se ha roto.

Y yo he sido el causante.

—¿Por qué nunca me hablaste? —pregunta—. Solo te recuerdo de aquella noche, frente a mi ventana. Después escuché tu nombre alguna vez, pero no volví a verte.

—Porque yo no quise que me vieras.

—¿Por qué?

—No estabas preparada para conocerme.

Su expresión se endurece.

—No puedes decidir eso por mí…

—Habrías corrido por tu vida, Elena. —La miro directamente—. Y no te habría culpado.

—¡No lo sabes! Ni siquiera lo intentaste. —Hay rabia en su voz, pero debajo escucho algo peor. Una especie de súplica, un arrepentimiento por una oportunidad que nunca llegó a existir.

—Nunca me habrías mirado de esa forma —digo—. Soy todo lo que odias.

—Y, aun así, me retuviste cuando mi padre me entregó. —No respondo—. ¿Ibas a encerrarme para siempre? —reclama—. ¿Qué habría ocurrido si descubría quién había matado a tu padre? ¿Me habrías dejado marchar?

Me muerdo el interior del labio.

No quiero contestar, pero le prometí verdad y eso es lo que haré.

—No lo sé.

—Eso no es una respuesta, Federico.

—Es la única que tengo. —Me paso una mano por el rostro—. Creo que, en algún lugar de mi cabeza, estaba convencido de que, si conseguía que me conocieras, acabarías quedándote por voluntad propia.

Elena aparta la mirada.

—No eres el único que lo cree.

El corazón comienza a golpearme las costillas. La esperanza es un sentimiento miserable. Se introduce en mi pecho sin permiso y empieza a devorar todo lo demás.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

—Sé que quizá no te importe —digo—, pero has sido lo más importante de mi vida desde mucho antes de que supieras que existía. —Mi voz se vuelve más áspera—. Si esto termina hoy, al menos he podido tenerte durante un momento.

Elena se limpia una lágrima con rabia.

—¡¿Por qué tienes que ser lo que eres?! —grita—. ¿Por qué no puedes ser alguien normal?

Suelto una risa triste.

—¿Aburrido?

—¡Decente!

—Eso parece más difícil.

Se pone en pie, pero no se marcha, es su adrenalina tomando control.

—Aún tienes un caso que resolver —añado—. No te despidas de mí todavía.

Elena vuelve a mirarme.

Esta vez no hay solo enfado en sus ojos, hay algo más.

Señala a mi lado.

Giro la cabeza, no entiendo qué quiere mostrarme. Solo veo macetas vacías, tierra húmeda y una planta alta de tallos rojizos, hojas oscuras y frutos cubiertos de pequeñas púas.

—¿Qué estoy mirando?

—Ricino. —Elena se envuelve con más fuerza en mi jersey, como si se protegiera de lo que está a punto de decirme—. Ricinus communis —explica—. Sus semillas contienen ricina.

Vuelvo a observar la planta.

—¿Qué demonios tiene eso que ver con nosotros?

—Vi un frasco en su cocina, vidrio ámbar, etiqueta escrita a mano. Pensé que decía aceite de ricino, pero después vi otro recipiente con semillas secas. —Su voz se vuelve más fría, más profesional—. Y recordé el expediente de la muerte de tu padre.

El aire parece abandonar el patio.

Me pongo en pie despacio.

—Elena…