39 Elena
Federico no responde.
Mantiene los ojos clavados en mí, el rostro inmóvil, como si estuviese calculando cuál de todas las verdades puede confesar sin perderme.
Su teléfono comienza a vibrar dentro del bolsillo de la chaqueta.
Lo ignora.
—Contesta —digo.
—Puede esperar.
—Contesta el maldito teléfono.
La mandíbula se le endurece y, a pesar de odiar mi orden, lo saca y mira la pantalla. Algo cambia en su expresión. No es temor, porque no creo que Federico Romano conozca esa emoción cuando se trata de sí mismo.
—¿Qué? —responde. Escucha durante varios segundos—. No hagáis nada hasta que llegue. —Cuelga y vuelve a mirarme—. Tengo que salir.
Suelto una risa sin humor.
—Qué conveniente.
—No estoy huyendo de esta conversación.
—Solo estás abandonándola justo cuando comienza a resultar incómoda.
Federico se acerca un poco más, la puerta de madera detrás de mí hace que no pueda escapar.
La herida aparece en sus ojos durante una fracción de segundo antes de que vuelva a cubrirla con toda esa oscuridad que utiliza como armadura.
—No salgas de esta casa —ordena.
—No me des órdenes ahora.
—Entonces, considéralo una súplica, volveré y te lo explicaré todo —añade—. Sin mentiras.
Una puerta se abre, escucho las voces de sus hombres recibir órdenes, la de Carmela preguntándole qué ocurrió y luego, silencio.
Vuelvo a la habitación y me quedo de pie junto a la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho y una presión insoportable detrás de las costillas.
—Siempre ha sido… malo hablando. —La voz ronca de Faustino me hace girar.
Tiene los ojos apenas abiertos.
—Pensaba que estabas dormido.
—Yo también. —Intenta sonreír, pero el gesto termina en una mueca de dolor.
Me acerco.
—No deberías hablar, deja que llame a Gia, ella sabrá qué hacer…
—¿Quién coño es Gia? —pregunta intentando encontrar una posición cómoda en la cama.
—La hija de Ignacio Alori, ella te salvó la vida —explico mientras escribo un mensaje. Ella responde inmediatamente diciendo que está en camino.
Faustino me observa un segundo, pero sus ojos parecen buscar información sobre la persona de la que hablo.
—Y tú no deberías interrogar a un hombre sedado. Los dos estamos tomando malas decisiones hoy.
Me siento a los pies de la cama y suspiro.
—Duerme un poco más, Faustino.
—Si me duermo vas a construir una teoría en la que Federico asesinó a tus profesores, compró la universidad y provocó todos los semáforos en rojo que te hicieron llegar hasta él.
Lo observo en silencio.
—¿Me estás diciendo que no fue así?
Faustino deja escapar una risa débil que se transforma en tos. Se lleva una mano al cuello y su rostro se contrae.
—No te muevas. —Cojo el vaso de agua de la mesilla y le acerco la pajita a los labios. Bebe apenas un sorbo antes de apartar la cabeza.
—Gracias.
Me siento despacio en la silla que Federico abandonó hace tan solo unos minutos.
—Entonces, ¿qué construyó?
—Su vida.
Espero.
Faustino respira con dificultad, ordenando ideas que todavía parecen flotar dentro de una cabeza llena de medicamentos.
—Aquella noche, en San Gennaro, te vio en el balcón de Il Corvo. Yo estaba con él bebiendo y burlándome de mi primo porque llevaba diez minutos mirando a una desconocida.
Imagino a Federico más joven, apoyado contra la barandilla de aquel balcón, observándome desde las sombras.
El pensamiento no consigue tranquilizarme.
Faustino mueve la cabeza sobre la almohada, buscando una postura menos dolorosa.
—Preguntó quién eras, nada más.
—¿Y por pura casualidad alguien conocía mi nombre?
—Esto es Little Italy, Elena. Alguien siempre conoce tu nombre, el de tu padre, el de tu madre y probablemente el día en el que tu nonna perdió la virginidad.
Hago una mueca.
—Estoy herido, puedo decir lo que quiera. —Se sonríe y cierra los ojos antes de seguir hablando—. Ese día aprendió lo básico: Elena Bianchi, hija de Carlo, estudiante, demasiado inteligente para su propio bien.
—¿Y después comenzó a seguirme?
—No —asegura con suficiente firmeza para que lo mire con atención—. Federico no volvió a verte durante meses. Preguntaba de vez en cuando, escuchaba cuando alguien mencionaba a Carlo, pero no se acercó.
—¿Por qué?
Faustino abre los ojos, por primera vez parece completamente lúcido.
—Porque ya sabía cómo iba a terminar.
—No te entiendo.
—Tú ibas a mirarlo y ver exactamente lo que era. Un Romano, un asesino. El heredero de una organización que se alimenta de hombres como tu padre. —Hace una pausa para respirar—. Y él iba a querer algo que no podía tomar sin destruirlo.
—No pareció preocuparle destruirme cuando me secuestró.
—No. —Su voz pierde cualquier rastro de humor—. Y eso no tiene defensa.
La respuesta me desconcierta.
Esperaba lealtad ciega, excusas. La habitual filosofía de la famiglia, donde cualquier monstruosidad se convierte en una necesidad si quien la comete lleva el apellido adecuado.
Apoyo la espalda contra la silla.
—¿Qué significa que construyó su vida? —pregunto, ignorando el agujero que siento en el estómago.
—Significa que Federico era un animal cuando te vio por primera vez.
—Lo miro con severidad—. Hace ocho años no tenía una casa propia, tenía lugares donde dormir, ya que evitaba estar donde Cucu estuviera; no tenía una organización bajo control, tenía hombres esperando que cometiera un error para abrirle la garganta.
No confiaba en nadie, excepto en mí, y algunos días tampoco eso.
—Qué conmovedor —digo esforzándome por sonar enfadada.
—No pretende serlo. —Su tono se endurece lo suficiente para detener mi sarcasmo—.
Federico creció sabiendo que cualquier cosa que amase se convertiría en un arma contra él.
Su madre, mi padre, Cucu… Incluso siendo el bastardo que era, aprendió muy joven que querer algo era señalar dónde debían disparar sus enemigos.
Miro el vendaje que le rodea el cuello.
El silencio ocupa la habitación.
Desde la cocina llega la voz de Carmela, seguida por el ruido de una olla. Fuera, uno de los hombres de Federico habla por teléfono en tono bajo.
—Cuando Federico decía que tenía que construirlo —continúa Faustino—, no se refería a manipularte. Se refería a convertirse en un hombre que pudiera tenerte cerca sin que te mataran a la semana.
Cada frase encaja con algo que Federico ha dicho. Con su obsesión por la seguridad, hombres en cada puerta. Con esa forma de comprobar siempre las salidas antes de entrar en una habitación.
Pero aún queda una pieza que no consigo aceptar.
—Mi padre.
Faustino guarda silencio.
—Federico conocía sus problemas —afirma—. Sabía que era un jugador, un mentiroso y un ladrón —continúa—. También sabía que, si lo hacía desaparecer sin una razón que tú pudieras comprender, lo odiarías para siempre.
—Así que esperó.
—Sí.
—Hasta que mi padre me entregó.
Faustino aprieta los labios.
—Creo que Federico esperaba que Carlo tocara fondo, no que te utilizara como moneda.
—¿Y eso se supone que debe hacerme sentir mejor?
—No, se supone que debe hacerte ver la diferencia entre un plan perfecto y un hombre que aprovechó la peor oportunidad de su vida porque llevaba ocho años convencido de que nunca tendría otra.
Aparto la mirada.
—Eso sigue siendo monstruoso.
—Federico es monstruoso, Elena. Lo sabes desde el comienzo y eso no te detuvo.
El bochorno se apodera de mi rostro. No lo dijo con palabras, pero sé a lo que se refiere: «No te detuvo para acostarte con él, para sonreír y seguirle el juego».
—Pero no es indiferente —añade—. Y no construyó una jaula para meterte dentro. Construyó una fortaleza porque estaba seguro de que, si alguna vez entrabas en su vida, todo el mundo intentaría arrancarte de ella, de hecho, es exactamente lo que está pasando.
—Una fortaleza sigue siendo una prisión cuando no puedes salir.
—Sí.
Faustino traga saliva y cierra los ojos por un momento.
—Ese es el problema con Federico. Pasa tanto tiempo intentando impedir que le arrebaten lo que ama que nunca se pregunta si lo está asfixiando.
La frase encuentra un lugar doloroso dentro de mí, porque eso sí lo comprendo. Lo he sentido cada vez que confunde proteger con decidir por mí.
—¿Por qué nunca habló conmigo aquella noche? —pregunto.
Faustino sonríe débilmente.
—Le dije que bajara, se presentara y te invitara a tomar algo como una persona normal.
—¿Y qué respondió?
—Que las personas normales podían permitirse ser rechazadas.
Miro hacia la puerta, esperando que Carmela entre en cualquier momento, o Gia.
—¿Él no?
—Federico podía soportar un disparo, una puñalada. Que su padre le dijera durante toda su infancia que no era un Romano de verdad. —Faustino abre los ojos—. Pero no soportaba la posibilidad de que tú lo miraras como si fuese justo lo que siempre temió ser.
—¿Un mafioso?
—Un hombre imposible de amar.
Las palabras me dejan inmóvil.
Federico no pasó ocho años empujando piezas para arrastrarme hasta él. Pasó ocho años preparándose para una mujer que no creía merecer. Y cuando el destino me puso en sus manos, hizo lo único que un hombre como él sabe hacer.
Me levanto y acomodo la manta sobre su pierna.
—Eres mucho más sensato cuando estás medio muerto —digo.
—Una bala en el cuello aclara las prioridades.
Antes de que pueda salir, Carmela entra corriendo.
—Oh, ¡ya me parecía escuchar la voz más hermosa de este país! —exclama con un entusiasmo exagerado.
Pero Carmela es su abuela, no espero menos de ella, ni de sus palabras ni de las caricias que le da a su nieto, que, por cierto, sigue siendo un mafioso, pero ella no parece notarlo.
En el pasillo, me apoyo contra la pared y cierro los ojos.
Sigo enfadada, sigo sintiéndome traicionada, pero ahora, cuando pienso en aquel balcón de Il Corvo, ya no imagino a un depredador diseñando una trampa.
Imagino a un hombre joven escondido entre las sombras, observando algo que desea y convenciéndose de que solo conseguiría destruirlo.
No sé si esa versión de Federico es mejor.
Solo sé que resulta mucho más difícil odiarla.