Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 38 Federico
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38 Federico

Agarro a Elena del brazo y la saco de la habitación antes de que Faustino despierte otra vez y termine de destruir todo lo que llevo años programando.

—Federico… —protesta.

No la suelto, la llevo por el pasillo mientras escucho a mi nonna caminar detrás de nosotros.

—¿Ocurre algo? —pregunta—. Federico, ¿está bien Faustino?

—Está todo bien, nonna.

Abro la puerta del baño y obligo a Elena a entrar conmigo.

—No parece que…

Le cierro la puerta en su cara.

El pequeño baño siempre me ha parecido estrecho, pero, en cuanto me vuelvo y veo a Elena, las paredes parecen encogerse a nuestro alrededor.

Está entrando en crisis.

Su respiración es corta e irregular. El pecho le sube y le baja con demasiada rapidez, y sus ojos recorren mi rostro como si intentasen encontrar al hombre que creía conocer debajo del monstruo que acaba de descubrir.

Levanta una mano entre los dos, para mantenerme alejado.

Ese gesto me hace más daño que una bala.

—Escúchame —digo. Mi voz suena como un ruego.

Lo odio.

Odio que una sola mujer pueda desnudarme de toda autoridad con apenas una mirada asustada.

—Escúchame, Elena, por favor.

Ella baja la tapa del inodoro y se sienta. Se sujeta la cabeza con ambas manos y comienza a balancearse ligeramente hacia delante y hacia atrás.

—¿Fue mi padre culpable alguna vez? —pregunta. Su voz está cargada de desconcierto—. ¿Todo lo que me contaste sobre él era verdad o necesitabas convertirlo en un monstruo para que yo aceptase al tuyo?

La observo con frialdad.

Es la única expresión que me permito mostrarle, pero dentro, el pánico corre por mis venas como veneno.

—Tu padre es culpable de tantas cosas que haría falta otra vida para juzgarlo por todas —respondo—. No he necesitado inventar ninguno de sus pecados.

Intenta respirar, pero cada bocanada parece quedarse atrapada antes de alcanzar sus pulmones.

Doy un paso hacia ella.

Elena extiende el brazo de inmediato.

—No.

Me detengo.

—El día que te vi por primera vez estabas espiando a través de una ventana —explico—.

Esto te lo dije, lo recuerdo vívidamente.

—Los ojos de Elena se clavan en los míos—.

Eras pequeña, demasiado pequeña para comprender qué ocurría, pero no llorabas.

Mirabas a Carlo como si ya supieras que era un cobarde.

Su rostro pierde el poco color que le quedaba.

—No sabía tu nombre ni qué clase de persona llegarías a ser. Solo sabía que no podía arrancarte de mi cabeza.

No intento endulzarlo.

Las mentiras ya no van a salvarme.

—Pretendí acordarme vagamente de ese día, pero lo tengo impreso en mi mente, Elena, por eso hice todo lo posible por volver a encontrarte —confieso—. Y lo conseguí dos años después, durante el desfile de Navidad de Manhattan.

Ella parpadea, algo cambia detrás de sus ojos.

Un recuerdo.

—Federico… —Una lágrima desciende por su mejilla.

Quiero limpiarla, quiero arrodillarme frente a ella, sujetarle el rostro y obligarla a comprender que nada de lo que hice nació del deseo de destruirla, sino exactamente lo contrario.

—Corrías entre la multitud —continúo—. Tenías catorce años y seguías moviéndote como una niña. Sin miedo, sin mirar por encima del hombro. Chocaste contra un hombre y caíste al suelo.

Elena mira más allá de mí, ya no está en el baño, está regresando a aquel día.

—Te hiciste daño en las dos rodillas —digo—. La sangre atravesó tus medias y tú intentaste levantarte antes de que nadie te viese llorar.

Recuerdo cada detalle.

El abrigo rojo, el lazo oscuro en su pelo, la rabia con la que se mordía el labio para contener las lágrimas.

—Me agaché delante de ti y utilicé mi pañuelo para detener el sangrado.

—Dijiste que mi padre era un idiota por no vigilarme —murmura ella. Sus ojos permanecen perdidos en el recuerdo—. Dijiste que no merecía ser mi padre.

—¿Qué más te dije, Elena? —Necesito que lo recuerde, que comprenda que no todo fue una estrategia. Que, durante unos minutos, solo fui un muchacho arrodillado ante una niña herida, odiando a nuestros padres por habernos convertido en lo que éramos.

—Que los dos teníamos padres de mierda —responde—. Solo que yo no sabía quién eras tú.

—No sabías quién era —confirmo— ni dónde había depositado mi obsesión.

Sus ojos se mueven lentamente hacia mí. Están rojos, mojados y llenos de un miedo que me revienta algo dentro del pecho.

—¿Obsesión? —susurra.

No aparto la mirada.

—Desde ese momento, quise saberlo todo sobre ti, dónde estudiabas, quiénes eran tus amigas, qué lugares frecuentabas, qué hombres se acercaban demasiado…

Elena se pone en pie de golpe.

El baño se vuelve todavía más pequeño.

—¿Qué les hiciste?

Mi silencio responde por mí.

—Dios mío…, Federico.

—Nunca permití que nadie te hiciese daño.

—¡Tú me has hecho daño!

La frase me atraviesa limpiamente.

Sin sangre.

Sin balas.

—¿Qué has hecho, Federico? —pregunta. Su voz se quiebra en mitad de mi nombre—. ¿Provocaste sus deudas? ¿Hiciste que aceptara sobornos? ¿Llevas años moviendo personas a mi alrededor como si fueran piezas de ajedrez?

No respondo de inmediato, cada segundo de silencio la acerca más a la verdad.

—¡Contéstame!

—Me aseguré de que Carlo siguiese donde podía verlo. Solo lo tenté con algunas cosas, nada que no anhelara por voluntad propia.

—¿Mi trabajo?

—Eso fue tuyo —la respuesta sale con más fuerza—. No conseguí tu título, no aprobé tus exámenes, no gané tus casos. Tu inteligencia y tu carrera son tuyas, Elena, nunca necesité fabricarte.

—Solo fabricaste la jaula.

Aprieto la mandíbula.

—Construí un lugar en el que pudiese protegerte.

—Sin preguntarme si quería vivir dentro.

—De haber preguntado, habrías dicho que no.

—¡Exacto! —Su grito rebota contra los azulejos.

Al otro lado de la puerta se escucha un movimiento. Mi nonna continúa cerca, pero no interviene.

—Eso se llama elección, Federico. —Elena se golpea el esternón con la punta de los dedos—. Mi vida, mi elección. No tenías derecho.

El dolor en mi pecho, sus ojos llenos de ira y la desesperación me hacen decir palabras equivocadas.

—Los derechos son un concepto que inventan los hombres cuando no tienen poder suficiente para tomar lo que desean.

Pero es la verdad.

Mi verdad.

—No soy un territorio —susurra—. No soy un negocio que puedas absorber ni una familia rival a la que puedas someter.

—Nunca he pensado que lo fueras.

—Has actuado exactamente como si fuese un objeto más en tu piso.

—No, Elena. He actuado como un hombre que sabía que la mujer de su vida preferiría arder en el infierno antes que compartir techo con un mafioso.

Otra lágrima resbala por su rostro.

—Y ahí está —dice—. El verdadero Federico Romano.

Me enderezo.

La miro.

A la mujer que he esperado toda la vida, a la mujer por la que he negociado, amenazado, mentido y matado. A la única persona cuya pérdida podría convertirme en algo aún peor de lo que ya soy.

—He apartado a los hombres que no te merecían —respondo conteniendo el dolor que intenta salir como furia—.

He mantenido vivo a tu padre cuando habría sido más sencillo enterrarlo.

He construido un imperio en el que nadie pudiera tocarte y, cuando por fin se presentó la oportunidad, te traje conmigo.

—Me secuestraste.

—¡Te reclamé!

Su rostro se contrae como si acabara de abofetearla.

—No puedes crear amor de esta manera —expone.

Doy un paso hacia ella. Esta vez no levanta la mano para detenerme.

—No. —Me detengo lo bastante cerca para sentir el calor de su respiración. Lo bastante lejos para no tocarla sin su permiso—. Amor no, pero puedo crear las circunstancias, puedo asegurarme de que todos los caminos terminen llevándote al mismo lugar.

—¿A ti?

—A mí.

Elena niega con la cabeza.

—Estás enfermo.

—Nunca he afirmado lo contrario.

—Has manipulado mi vida.

—He creado mi propio destino. —La frase queda suspendida entre nosotros.

Fría.

Irrevocable.

Elena me observa durante varios segundos, como si por fin pudiese ver la totalidad del monstruo.

—No, Federico —susurra—. Has intentado escribir el mío.

Me quedo inmóvil.

Ella pasa a mi lado y coloca la mano sobre el picaporte.

—Y acabas de olvidar que soy abogada —añade sin mirarme—. Sé perfectamente cómo destruir un contrato firmado sin consentimiento.

Abre la puerta y, antes de que salga, apoyo la palma contra la madera y vuelvo a cerrarla.

Elena se gira con los ojos encendidos. Ya no hay pánico, es pura furia.

—Abre la puta puerta.

—No puedo, Elena, no importa cuánto pelee el hombre sensato contra el mafioso, no puedo abrir la puerta y perderte. No cuando al fin te tengo.

—Nunca me tuviste, Federico.