Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 37 Elena
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37 Elena

La primera vez que conocí la cocina de Carmela no me pareció una cocina normal, me pareció el laboratorio de una alquimista.

Sobre la encimera hay varios estantes abarrotados de frascos de todas las formas y tamaños. Las tapas tampoco coinciden: rojas, verdes, amarillas, algunas metálicas y oxidadas por los bordes. En su interior hay especias, hierbas secas, conservas y líquidos de colores intensos.

Rojos oscuros.

Verdes turbios.

Amarillos parecidos a la orina.

También hay tinturas guardadas en pequeñas botellas con gotero y recipientes de vidrio ámbar para mantener el contenido alejado de la luz.

Los hornillos están encendidos, aunque sean más de las dos de la tarde.

Sobre ellos descansan varias ollas viejas, oscurecidas por el fuego y manchadas con los rastros de todas las comidas que la mujer ha preparado durante su vida.

Algunas hierven, otras expulsan vapor que se mezcla en el techo y llenan el aire de olores densos y familiares.

Tomate, ajo y carne cocinándose durante horas.

—No tienes que cocinarme nada, Carmela. Estoy bien.

—Oh, por favor, déjame hacer algo o empezaré a sentirme inútil.

Me da la espalda y se coloca un delantal floreado sobre el vestido negro. Tira de las cintas y se las anuda alrededor de la cintura con tanta fuerza que parece prepararse para una guerra.

Me siento en una de las sillas cercanas al televisor. Las noticias del día desfilan ante mí con el volumen bajo: tráfico, política, un incendio en Queens, imágenes de un hombre esposado al que meten en la parte trasera de un coche patrulla.

No presto atención a eso, lo que sí observo con ansiedad es a Carmela subir a un pequeño taburete de madera para alcanzar los estantes más altos.

Como ya ha pasado la hora de comer, decide preparar una bandeja de antipasto. Coloca lonchas de carnes frías, quesos, aceitunas y tomates secos con una precisión casi militar. Después saca una bola de mozzarella fresca y la baña con aceite de oliva, ajo picado y perejil.

—Dime qué te ha parecido Gia —pregunto mientras la veo subir y bajar del taburete.

—Una buena muchacha —responde sin vacilar—. Mientras mantenga vivo a Faustino, tendrá mi agradecimiento.

¿Y si no lo hace?

—Es hija de Ignacio Alori —continúa—. Conocí a su familia en Sicilia, nunca fueron gran cosa, pero mi hijo les hizo un hueco dentro de la famiglia.

Abre la nevera y se inclina para buscar algo en el fondo. La puerta comienza a cerrarse contra su espalda. Carmela la empuja con el codo, vuelve a inclinarse y la puerta regresa una vez más.

Ocurre tres veces, a la cuarta, me levanto y se la sostengo.

Ella no me da las gracias y no por maleducada, sino porque no parece advertir que el problema ha desaparecido. Continúa revolviendo recipientes como si la puerta hubiese decidido obedecerla por respeto.

—Entonces, es bueno que Gia esté estudiando Medicina —digo—. Puede construir una vida fuera de todo esto.

Me hace sentir extrañamente cercana a ella, una mujer nacida dentro de una familia mafiosa que decide alejarse de sus negocios.

Carmela resopla.

—Bah. —Regresa a la encimera—. Lo siento, pero si la Cosa Nostra te lo ha dado todo, llega un momento en el que tienes que devolver algo.

—¿Incluso si nunca pediste recibirlo?

Carmela me mira por encima del hombro. Sus ojos son oscuros, pequeños y mucho más lúcidos de lo que aparentan.

—Especialmente entonces.

La respuesta consigue que algo se tense en mi estómago.

Vuelve a ocuparse de la bandeja mientras me explica la importancia del equilibrio dentro de la famiglia. Según ella, una familia abre un negocio porque alguien garantiza que nadie interfiera en él. Un hijo estudia porque el dinero aparece cuando tiene que aparecer.

Todo tiene un precio, incluso los favores que una nunca solicita.

La escucho con atención, pero mis ojos vuelven a los estantes, a las etiquetas escritas a mano.

Romero, salvia, belladona.

Un frasco más pequeño llama mi atención, es antiguo, con el vidrio oscurecido y un gotero cuya goma está cuarteada por el paso del tiempo.

«Aceite de ricino», dice la etiqueta.

Recuerdo la moda de hace unos años. Mujeres cubriéndose el pelo y las pestañas con aceite porque alguien en Internet prometía que las haría crecer.

Después recuerdo algo más.

Un trabajo que escribí durante la universidad para un seminario sobre Criminología y Derecho Penal. Un estudio sobre el veneno como arma doméstica, silenciosa y difícil de detectar.

La toxina de las semillas del ricino.

Sé que el aceite comercial no la contiene, pero mi mente ya ha abierto una puerta que no consigo cerrar.

Recuerdo a las envenenadoras de la Italia del siglo xvii. El Aqua Tofana.

Una mezcla cuya composición exacta nunca llegó a conocerse por completo, aunque siempre se la vinculó con el arsénico. Un líquido incoloro vendido a mujeres atrapadas en matrimonios violentos. Un veneno que actuaba lentamente y hacía que una muerte pareciese una enfermedad.

Es una asociación irracional.

Un frasco de aceite no convierte a una anciana siciliana en una asesina. Una cocina llena de hierbas tampoco, pero estoy en la casa de una mujer cuyo marido y cuyos hijos han pertenecido a la mafia. Una mujer que acaba de decirme, con absoluta tranquilidad, que todo favor debe devolverse.

Y, de repente, lo irracional no me parece imposible.

—Elena, ¿qué piensas? —La voz de Carmela me arranca de la espiral.

Ella señala la mesa, donde ha colocado tres platos repletos de comida.

—¿Todo eso es para mí? —pregunto.

—Sí, bueno, también para Federico. Ese muchacho necesita comer más.

Miro la cantidad de comida y después pienso en el cuerpo de Federico.

—No creo que ese sea uno de sus problemas.

—Está demasiado delgado —declara con la convicción de una mujer que probablemente considere desnutrido a cualquier hombre que no pese ciento cincuenta kilos—. Tanta guerra, tanta pistola y tanta mujer… Eso consume a un hombre.

La miro, incapaz de saber si acaba de hacer una broma o intenta molestarme.

Carmela levanta uno de los platos y me lo entrega.

—Lleva este. Yo iré con los otros dos, ve, ve.

Salgo de la cocina con el plato entre las manos y una sensación extraña arrastrándose bajo la piel.

Horas después, Federico continúa sentado junto a Faustino.

Permanece inclinado hacia delante, con los codos apoyados sobre las piernas y las manos entrelazadas. Sus ojos siguen fijos en el rostro de su primo, atentos a cada respiración, a cada pequeño movimiento bajo las sábanas.

Como si estuviese vigilando personalmente que la muerte no atravesara la puerta.

Yo estoy sentada a los pies de la cama, acariciando despacio la pierna de Faustino por encima de la manta. No sé si puede sentirlo, solo pienso que, si estuviese en su lugar, me gustaría que alguien me recordase que no estoy sola.

—Aprecio lo que intentas hacer, Elena —dice Federico sin apartar la vista de su primo—, pero si continúas acariciándolo, puede que pierda la puta cabeza.

Sus ojos se desplazan de golpe hacia mí.

Oscuros.

Posesivos.

Al borde de algo que no debería resultarme excitante y, sin embargo, me provoca una pequeña descarga bajo la piel.

Retiro la mano de inmediato.

—No puedes estar celoso de tu propio primo.

—Puedo estar celoso del aire que entra en tus pulmones, Elena. —Inclina un poco la cabeza—. Me parece que todavía no comprendes cómo funciona mi psique.

—No creo que nadie la comprenda.

—Yo la comprendo perfectamente. —Sus ojos descienden hasta mi mano, ahora apoyada sobre mi regazo—. Lo mío es mío.

Estoy a punto de responder cuando la pierna de Faustino se mueve bajo la manta.

Los dos nos ponemos en pie al mismo tiempo.

Federico llega primero. Apoya una mano sobre el pecho de su primo y se inclina hacia él.

—Faustino, despierta. —Su tono es brusco, casi una orden. La voz de un hombre que no sabe expresar la ansiedad sin convertirla en amenaza.

—Con cuidado, Federico —le reprendo—. Poco a poco.

Faustino frunce el ceño. Intenta abrir los ojos, pero los párpados vuelven a caer como persianas demasiado pesadas.

Le sujeto una mano.

—Estás en casa de Carmela —le digo despacio—. Estás a salvo y tu primo está aquí contigo.

—Y quiere matarte —añade Federico.

Faustino deja escapar un sonido débil. Durante un instante temo que sea un gemido de dolor, pero una sonrisa cansada aparece en su rostro.

Una sonrisa mínima, pero una sonrisa al fin.

La tensión abandona los hombros de Federico de golpe, le da una palmada en la pierna y Faustino se queja.

—¡Federico! —le siseo—. Está débil.

—S-sí, Federico… —balbucea Faustino sin abrir los ojos—. Deja a tu pobre primo en paz.

Federico se recuesta en la silla.

—Has recibido una bala, no te han canonizado.

—¿Por qué no…? —Faustino traga saliva con dificultad y vuelve a intentarlo—. ¿Por qué no nos dejas solos, Federico? Esas caricias en la pierna me estaban gustando.

Federico esboza una sonrisa. No esa sonrisa afilada que utiliza cuando está a punto de hacer daño a alguien, es una real.

Pequeña, cansada y cargada de alivio.

Yo me mantengo junto a Faustino.

—¿Te duele mucho? Puedo llamar a Gia.

—¿Chía? —pregunta él con los ojos cerrados—. No me gusta la chía.

Federico suelta una risa baja.

—Sigue muy drogado, bedda mia. Déjalo.

—Elena… —murmura Faustino.

Me inclino hacia él.

—Estoy aquí.

—Elena…

—Sí, Faustino, aquí estoy.

Vuelvo a sostenerle la mano, ignorando la mirada homicida de Federico.

Los dedos de Faustino se cierran débilmente alrededor de los míos.

—Eres su bedda desde el balcón…

Me río por lo bajo ante la incoherencia.

—¿Qué balcón?

Sin embargo, cuando miro a Federico, la risa muere en mi garganta.

Su rostro ha cambiado.

La relajación de hace unos segundos ha desaparecido. La mandíbula vuelve a tensársele y algo oscuro, casi alarmado, se instala en sus ojos.

No parece confundido, parece haber comprendido perfectamente lo que Faustino acaba de decir.

Mi instinto se despierta.

—¿Qué balcón? —repito.

—San Gennaro —responde Faustino. Una risa estúpida se le escapa de los labios—. El balcón de Il Corvo. Yo estaba con él, ¿sabes? Estaba allí.

Miro a Federico.

Él no me devuelve la mirada.

—Está diciendo idioteces —dice demasiado rápido.

—¿Qué ocurrió en ese balcón? —pregunto, con la sensación de que voy a encontrar algo que no quiero escuchar.

—Le dije: «Primo, baja y háblale como un cristiano». Y él me miró como si estuviese pensando dónde enterrar mi cuerpo.

—No necesitaba pensarlo —murmura Federico como una amenaza—. Ya tenía el lugar.

—Federico —le advierto.

Faustino continúa, ajeno al peligro.

—Me dijo… me dijo… —Hace una pausa larga. Por un instante creo que vuelve a dormirse, pero entonces sus labios se mueven—. «Las cosas que importan no se piden, Faustino, se construyen».

El aire de la habitación cambia, o quizá soy yo quien deja de respirar.

—¿Hablarle a quién? —pregunto.

Silencio.

—Está diciendo estupideces, Elena. Apenas sabe dónde está.

No le presto atención.

—¿Hablarle a quién?

—A la del cannolo —susurra.

Mi corazón da un golpe seco.

—¿Quien?

—La que comía cannoli… —Faustino sonríe, perdido dentro del recuerdo—. Ocho años construyéndolo y ahora la tiene viviendo con él, pero sigue sin decírselo.

Bosteza.

Su cabeza se hunde más en la almohada.

—Qué familia de cobardes, Madonna mia… Matar nos resulta más fácil que hablar.

Sus dedos se aflojan alrededor de los míos.

—Faustino —insisto—. ¿Quién era la mujer?

No responde.

Su respiración vuelve a adquirir ese ritmo lento y profundo.

Durante varios segundos, solo escucho el suave murmullo del televisor procedente de la cocina y el latido ensordecedor de mi propio corazón.

Yo como cannoli desde niña, pero media Little Italy come cannoli. No significa nada.

Es el testimonio de un hombre bajo los efectos de los opiáceos. Fragmentario, confuso y sin contexto. Pero mi cerebro busca patrones allí donde otros solo escuchan palabras.

La festividad de San Gennaro se celebra en septiembre.

Septiembre significaba la festa.

La festa significaba Mulberry Street, y en Mulberry Street está Il Corvo.

Un restaurante con un balcón de hierro que da directamente a la procesión.

Recuerdo las luces de colores, la música.

Recuerdo haber subido a aquel balcón con un cannolo en la mano porque abajo apenas podía moverme entre la multitud.

Recuerdo una extraña sensación en la nuca, la impresión persistente de que alguien me observaba.

Puede ser una coincidencia.

Tiene que serlo.

Sin embargo, las palabras de Federico regresan a mi cabeza.

Las cosas que importan no se piden. Se construyen. ¿Qué se construye durante ocho años?

Una carrera.

Una reputación.

Una casa.

Una deuda.

Miro a Federico, está pálido. La mayoría de las personas ni siquiera lo notaría, pero llevo demasiado tiempo estudiando cada una de sus expresiones, buscando grietas en el don como para no reconocer una cuando aparece.

—¿Qué construiste? —pregunto.

—Elena…

—No. —Me pongo en pie lentamente.

Federico mantiene las manos a ambos lados del cuerpo. No se aproxima, no intenta tocarme. Eso me asusta más que cualquier amenaza.

—¿Qué ocurrió en aquel balcón?

—No es el momento, Faustino necesita descansar.

—Faustino acaba de decir que llevas ocho años construyendo algo relacionado conmigo.

Su mandíbula se contrae.

—Está drogado.

—Pero tú no.

Nos miramos en silencio.

Mi cerebro continúa retrocediendo. Ocho años, los problemas financieros de mi padre, los negocios que aparecieron de la nada, la traición de mi padre, la deuda.

El acuerdo.

Yo.

El instante en que Federico entró en mi vida no como un extraño, sino como un hombre que parecía conocer de antemano cada una de mis debilidades.

La seguridad con la que siempre hablaba de nuestro futuro. No como si lo deseara, como si ya lo hubiese diseñado.

Como si mi llegada no hubiera sido un accidente ni una decisión impulsiva. Como si yo fuese la última pieza de una obra que comenzó mucho antes de que supiera su nombre.

Doy un paso atrás.

—Tú ya me conocías.

Federico no responde porque lleva ocho años construyendo el camino que termina conmigo encerrada en su ático, durmiendo en su cama.

No me ha secuestrado por casualidad, no me ha elegido por una deuda.

Me ha estado esperando.