36 Federico
Antes de detenerme frente a la casa de Carmela, doy cuatro vueltas más a la manzana.
Cuatro.
En cualquier otra situación me parecerían excesivas. Hoy no son suficientes.
Examino los retrovisores, memorizo cada coche aparcado y sigo con la mirada a cualquiera que permanezca demasiado tiempo en una esquina. Busco matrículas repetidas, rostros conocidos, un vehículo que mantenga nuestra velocidad.
Cualquier indicio de que nos siguen.
Elena está mirando al frente, perdida dentro de su cabeza, seguramente discutiendo consigo misma o preparando algún alegato para utilizarlo contra mí. Tiene el ceño ligeramente fruncido y los dedos enlazados sobre el regazo.
Desde anoche, todo está demasiado cerca de la superficie.
Mis sentimientos.
Mis instintos.
La violencia.
El miedo.
Nunca pensé que las cosas llegarían tan lejos entre nosotros. En realidad, no creía que fuese posible arrastrarla hasta aquí sin que su testarudez terminase enfrentándonos para siempre.
Pero aquí estamos.
Elena se muestra suave conmigo y yo permito que me acaricie la única mujer a la que siempre he deseado dentro de mi vida.
Apoyo una mano sobre su muslo, como si necesitase una prueba física de que lo que mi cabeza insiste en mostrarme es real.
Ella baja la mirada, después se vuelve hacia mí, me regala una sonrisa pequeña y cubre mi mano con la suya. Sus dedos se deslizan una vez sobre mis nudillos.
Una caricia sencilla.
Suficiente para desordenarme por dentro.
De haber sabido que una tragedia conseguiría acercarla a mí de esta manera, habría fabricado una mucho antes.
Aunque, conociendo mi suerte, alguien habría terminado muerto de verdad.
—Supongo que Faustino ya está fuera de tu lista —comento.
Recuerdo el instante en el que mi primo se lanzó contra mí. El golpe de su cuerpo, el disparo, el hecho de que mi primo me aprecia lo suficiente para poner su vida en riesgo.
Elena deja escapar un suspiro.
—Que te haya salvado no cambia que participara en la muerte de tu padre. Solo demuestra cuánto te quiere —explica—. Lo cual lo mantiene en el primer puesto de la lista.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo funciona exactamente esa lógica?
Miro de nuevo por el retrovisor, la calle continúa vacía. Mis cristales están tintados, pero no aparco hasta comprobar que nadie observa la entrada y que mis dos hombres siguen apostados en sus posiciones.
—Después de todo lo que me contaste sobre tu padre y sobre cómo te trataba… —Elena hace una pausa—. Creo que, de haberlo tenido delante, yo también lo habría matado.
Su confesión queda suspendida en el silencio del coche.
Termino de maniobrar, apago el motor y me vuelvo lentamente hacia ella.
—Qué halago —murmuro mientras observo el perfil de su rostro.
Elena me mira de soslayo. Hay una advertencia en sus ojos porque cree que me burlo de ella, pero no lo estoy haciendo.
Es conmoción.
Elena Bianchi, la mujer que pretende juzgarme por cada cadáver que dejo atrás, acaba de admitir que habría derramado sangre por mí.
El televisor está encendido con el volumen bajo y probablemente nadie lo esté viendo.
Así ha sido toda la mañana desde que trajimos a Faustino.
Un silencio lleno de ruidos pequeños.
Un silencio de velatorio.
Encuentro a Gia en el baño, lavándose las manos con demasiada intensidad en el lavabo color burdeos. El agua corre sobre sus dedos enrojecidos mientras ella mantiene la mirada clavada en el desagüe.
No parece estar limpiándose, parece intentar borrar algo.
Cuando percibe mi presencia en el marco de la puerta, se sobresalta y da un pequeño salto, como un gato callejero espantado.
—Joder… —Se lleva una mano al pecho—. Lo siento, me has asustado.
—No necesitas disculparte. Suelo ser… sigiloso.
Mantengo las manos dentro de los bolsillos y hago un gesto hacia Elena, que está a mi lado.
—Gia, ella es Elena.
Mi…
La palabra se atasca.
Mi cautiva.
Mi amante.
Mi futura esposa.
Mi perdición.
La mujer a la que llevo esperando desde que era demasiado joven para comprender qué significaba desear a alguien hasta la locura.
—Elena Bianchi —termino.
Las dos se estrechan la mano. Lo hacen con firmeza, estudiándose con esa cortesía cuidadosa que emplean las mujeres inteligentes cuando todavía no han decidido si serán aliadas o enemigas.
—Es un placer —dice Elena—. Lamento conocerte en circunstancias tan difíciles.
Utiliza esa elegancia impecable de abogada entrenada. Voz templada, espalda recta y una seguridad que consigue que incluso yo sienta una punzada de orgullo.
Mi Elena.
—Lo mismo digo —responde Gia—. He empezado a reducirle la sedación. Puede que despierte durante las próximas horas, aunque su cuerpo necesita descansar.
—Gracias, Gia. —Miro hacia el dormitorio—. ¿Dónde está Carmela?
—Con él. —Señala el pasillo—. Rezando.
Entendido.
Mejor no interrumpir a una siciliana cuando está negociando con Dios. Sobre todo, si esa siciliana está convencida de que Él le debe un favor.
Gia se seca las manos con una toalla.
—Si no te importa, Federico, me gustaría ir a casa unas horas. Necesito cambiarme y descansar un poco. Regresaré antes de que despierte.
La negativa se forma de inmediato en mi garganta.
Gia es la persona que ha mantenido vivo a Faustino desde que llegamos. Su ausencia significaría perder el único elemento que no puedo controlar: la muerte.
Aprieto la mandíbula para no ordenar que se quede.
Elena apoya una mano sobre mi brazo, ese simple contacto basta para entender qué quiere que haga.
—Ve, Gia —dice con voz resolutiva—. Nosotros nos quedaremos con él. ¿Puedes darme tu número por si surge alguna duda?
Gia asiente, aliviada y todavía un poco asustada, porque yo no he pronunciado las palabras que le conceden permiso.
Los ojos endemoniados de Elena se clavan en mí.
No necesito que hable para comprender la orden.
—Ve —cedo finalmente—. Pero mantén el móvil encendido.
—Por supuesto.
Elena y Gia intercambian sus números mientras yo me alejo.
—Cualquier cambio, por pequeño que parezca, llámame —insiste Gia—. Sangrado, dificultad para respirar, agitación…, lo que sea. Aunque continúa sedado y sus constantes están estables, así que no creo que despierte todavía.
—Lo vigilaremos —responde Elena.
Las dos permanecen conversando junto a la entrada.
La proximidad de Elena a la puerta no me inquieta tanto como debería. Hay dos de mis hombres fuera, pendientes de cualquiera que se acerque, y otro coche apostado al final de la calle.
Nadie entra.
Y Elena no sale sin que yo lo sepa.
Cuando entro en la habitación, Faustino continúa dormido en la misma posición en la que lo dejé esta mañana.
Tiene el cuello vendado y la piel tan pálida que parece hecha de cera. Su pecho se eleva con lentitud. Demasiada lentitud para mi gusto.
Cada respiración parece una decisión.
Mi nonna está sentada junto a él, con la frente apoyada sobre las manos entrelazadas. Los nudillos rozan sus labios mientras susurra una plegaria en siciliano. Me pregunto si le está pidiendo a Dios que no se lleve también a este Romano, como ya se llevó a sus dos hijos
Me detengo a los pies de la cama.
Esta fue mi habitación cuando era un crío. Las paredes están algo desgastadas y la pintura beige se ha oscurecido con los años. Los muebles son de madera maciza, con ornamentos tallados y tiradores de bronce. Cuando era pequeño me parecían normales.
Ahora solo los veo pesados, antiguos, como todo lo que esta familia se niega a soltar.
—El día que mataron a Aquino —dice mi nonna sin mirarme—, mi único consuelo fue saber que Faustino todavía llevaba su apellido.
No respondo.
Le permito decir lo que lleva años guardándose.
Mi apellido también es Romano, pero mi sangre no. Y para Carmela esa diferencia siempre ha sido una astilla bajo la piel, aunque haya intentado quererme por encima de ella.
—Cuando me llamaste anoche creí que perdería la cabeza —continúa—. Primero Aquino, después tu padre. ¿Y ahora Faustino? —Su voz se quiebra—. No queda espacio para más dolor de madre dentro de este corazón.
Camino hasta ella y apoyo una mano sobre su hombro. Está más delgada de lo que recordaba, más pequeña.
—Se recuperará, nonna. Faustino es fuerte.
—Sí que lo es. —Levanta la vista hacia mí. Tiene los ojos húmedos, pero no permite que las lágrimas caigan—. Y es leal.
Miro el rostro inmóvil de mi primo.
—También.
Más de lo que yo merezco.
—Encontraré una solución —prometo—. Esto terminará pronto.
Mi nonna asiente despacio.
—Demuéstrales quién eres, Federico. Recuérdales quiénes somos. —La dureza regresa a su expresión—. Somos sicilianos, a nosotros nadie nos toca y conserva la mano.
Su determinación me sorprende.
Carmela nunca pregunta por los detalles del negocio. Finge no saber de dónde procede el dinero que mantiene esta casa y su vida, por qué algunos hombres desaparecen o por qué las conversaciones se detienen cuando ella entra en una habitación.
Si ahora exige sangre, es porque está aterrada.
Asiento.
Sin embargo, las conclusiones que crecen dentro de mi cabeza no coinciden con las suyas.
Si Faustino muere hoy, ¿qué sentido tiene conservar la organización? ¿Para qué sirve un imperio si tengo que construirlo con los cadáveres de todos los Romano? ¿Cuántos deben morir para que yo siga sentado en una silla que nunca pedí?
Antes de profundizar en ese pensamiento, Elena entra en la habitación.
Carmela vuelve la cabeza, sus ojos se encienden como si acabara de ver entrar a la Virgen.
—¡Oh, Elena! Debes de estar muerta de hambre. Ven, te prepararé algo.
—No es necesario, Carmela, yo…
Elena ni siquiera tiene tiempo de terminar.
Mi nonna se levanta, la agarra del brazo y se la lleva hacia la cocina mientras empieza a enumerar todo lo que piensa obligarla a comer.
Ocupo la silla que Carmela deja libre y me inclino hacia mi primo. Su mano está fría cuando la encierro entre las mías.
—Te has llevado una bala que era mía —murmuro—. Así que no se te ocurra morirte antes de que pueda partirte la cara por hacerlo.