Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 35 Elena #2
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35 Elena #2

La mandíbula del consigliere se tensa.

Santino, sin embargo, baja la mirada hacia la pantalla. Durante un instante creo que va a ignorarme, pero termina marcando un número y se lleva el móvil al oído.

Habla en voz baja, apenas consigo distinguir algunas palabras. Por momentos me mira a mí, por momentos, a Massimo.

La llamada termina y Santino baja el teléfono, me observa con una expresión que no consigo descifrar.

—Vendrá a buscarte.

Asiento una sola vez.

Después vuelvo la mirada hacia Massimo.

—No ha sido tan difícil, ¿verdad?

Cuando termino de vestirme, la puerta del dormitorio se abre y Federico entra sin llamar. Es su habitación, después de todo.

Parece agotado.

Lo delatan las sombras bajo los ojos, la tensión de la mandíbula y esa forma rígida de sostener los hombros, como si llevase horas evitando que el mundo se le desplome encima.

—Escuché que me estabas buscando… —Utiliza ese tono grave y sensual que consigue convertir cualquier frase en una provocación. Como si no acabara de pasar la noche vigilando la respiración de su primo.

Me detengo frente a él y cruzo los brazos.

—No quiero que estés solo. Iré contigo.

Federico ladea apenas la cabeza. Por una vez, parece genuinamente confundido.

—¿Por qué?

¿Por qué?

Qué buena pregunta.

Abro la boca, pero la respuesta se queda atrapada en algún lugar entre mi orgullo y mi garganta.

—Porque… —Me obligo a sostenerle la mirada—. Porque es tu primo y sé que no quieres pasar por esto solo.

Federico empieza a caminar hacia mí.

Despacio.

Con las manos dentro de los bolsillos y los ojos clavados en los míos. No hay prisa en sus movimientos.

Se detiene a escasos milímetros de mí.

—Dilo. —Su aliento me roza los labios.

—¿Decir qué?

—Que quieres acompañarme en un momento difícil porque te importo.

Pongo los ojos en blanco, intentando romper la intensidad del instante, pero lo único que consigo es que saque una mano del bolsillo y me sujete por la barbilla.

Sus dedos se cierran con firmeza.

No me hace daño, tampoco me permite apartarme.

—Dilo, Elena.

—No pienso alimentar tu ego ahora mismo.

—Mi ego ya está bien alimentado, bedda mia. —Su pulgar me acaricia lentamente el labio inferior—. Quiero escucharte.

El gesto es íntimo, pero sus ojos exigen.

—Porque no quiero que estés solo cuando yo…

—¿Tú qué?

Aprieto los dientes.

—Cuando puedo acompañarte. Estar allí para ti.

—Porque…

—Federico.

—Porque… —insiste, acercando un poco más la boca a la mía.

Maldito.

Sabe exactamente lo que está haciendo. No le basta con haberme arrastrado hasta aquí, con haber conquistado mi cuerpo ni con haberse instalado dentro de mi cabeza. Quiere las palabras, quiere que me rinda consciente, mirándolo a los ojos.

—Porque me importas —admito al fin—. Y no soporto imaginar el miedo que debes de estar sintiendo en este momento.

El silencio que sigue es espeso.

Por un instante, algo se quiebra detrás de su mirada. Una fisura pequeña, casi imperceptible.

Una sonrisa lenta y siniestra se derrama sobre su rostro.

—Te lo dije, bedda mia. —Inclina la cabeza y roza mi nariz con la suya—. Te dije que algún día vendrías a mí por propia voluntad. ¿O no?

—Ya has ganado esta batalla, no lo arruines.

Federico deja escapar una risa baja.

—Esta no era una batalla, Elena. —Sus labios acarician los míos al hablar—. Era una ejecución.

Antes de que pueda responder, me besa.

No es un beso largo, pero tampoco es inocente.

Su boca se apodera de la mía con una seguridad que hace que los dedos se me cierren sobre mis propios brazos para no agarrarme a él.

Cuando se aparta, lo hace despacio, observando mi reacción con esa arrogancia insufrible que algún día voy a arrancarle a golpes.

Después pasa a mi lado y se dirige al vestidor.

Escucho el roce de las perchas y el golpe sordo de algo que deja sobre la cómoda. Mis pies permanecen clavados al suelo durante varios segundos antes de que consiga seguirlo.

—Gia lo operó de madrugada —dice desde el interior—. Ahora está en casa de Carmela, recuperándose. Nadie como ella para cuidar a un hombre herido sin hacer preguntas.

Me asomo por la puerta.

—¿Quién es Gia?

Federico está de espaldas a mí, quitándose la camisa que llevaba puesta.

Durante un segundo olvido lo que acabo de preguntar.

Los músculos de su espalda se tensan mientras se coloca una camisa limpia. Los tatuajes se deforman sobre su piel con cada movimiento: tinta negra extendiéndose sobre hombros anchos.

Me descubro observándolo con hambre.

Federico gira la cabeza y me encuentra mirándolo, por supuesto que lo hace, a ese hombre no se le escapa nada.

—Es la hija de Ignacio Alori —responde mientras introduce un brazo en la manga—. Está haciendo la residencia, es discreta y sabe que hablar de más puede resultar perjudicial para la salud.

Se vuelve por completo.

La camisa permanece abierta y deja al descubierto su pecho tatuado, el abdomen firme y una fina línea oscura que desaparece bajo el cinturón.

Sus ojos recorren mi rostro.

—¿Te gusta lo que ves?

—Quiero ir —respondo, obligándome a levantar la vista—. Quiero ayudar.

Todo esto está pasando por mi padre y, por alguna razón, me hace sentir culpable.

La comisura de sus labios se curva.

—No has respondido a mi pregunta.

—Porque no merece una respuesta.

—Tu cara opina lo contrario.

—Nadie aquí me dejaba salir —continúo, ignorándolo—. Massimo parecía dispuesto a encadenarme a una silla antes que llevarme contigo.

—Eso es porque yo se lo ordené. —La ligereza desaparece de su voz. Federico empieza a abrocharse la camisa mientras se acerca a mí. Botón tras botón, oculta lentamente la piel que hace un momento estaba devorando con los ojos.

—Lo sé, pero…

—Pero nada, Elena. —Se detiene delante de mí mientras termina con los últimos botones—. No voy a exponerte a lo que está ocurriendo. Hay una guerra ahí fuera y, ahora mismo, todos los hombres que quieren verme muerto saben que tú eres la forma más rápida de obligarme a cometer un error.

—¿Por qué?

Federico sostiene mi mirada.

—Porque eres lo único que me importa.

El aire se me queda atrapado en los pulmones.

Él no espera una respuesta de mi parte, se limita a doblar los puños de la camisa con movimientos precisos, como si no acabase de arrojar una granada en medio de la habitación.

—¿Qué ocurrió ayer? —pregunto—. ¿Cómo le dispararon a Faustino?

Su expresión se endurece.

—Encontramos a tu padre confraternizando con el mismísimo pakhan —explica—. Teníamos a Carlo acorralado. A él y al ruso; y estaba a punto de dictar sentencia cuando tu padre dijo algo que consiguió distraerme.

Federico guarda silencio, como si necesitase concentrarse en algo pequeño para no destruir todo el vestidor.

—¿Qué dijo?

—Dijo que mi padre pronunció algo antes de morir. —La rabia endurece sus facciones, pero debajo de ella percibo otra cosa. Culpa—. Caí en la trampa y, cuando quise reaccionar, el pakhan ya tenía un arma en la mano.

Trago saliva con dificultad al imaginar la escena.

—¿Disparó contra ti?

Una sonrisa sin humor cruza su rostro

—Lo intentó.

Comprendo la respuesta antes de que la pronuncie.

Faustino se interpuso.

Federico se coloca la chaqueta. Cada movimiento es controlado, pero sus manos están demasiado tensas.

—Faustino vio el arma —dice—. Me empujó y recibió la bala que llevaba mi nombre.

El silencio cae entre nosotros.

Ahora comprendo las sombras bajo los ojos. La rigidez de los hombros, la violencia contenida en cada uno de sus movimientos.

Me acerco, pero él retrocede un paso antes de que pueda tocarlo.

—No pongas esa cara —advierte.

—Quiero evitar que te destruyas antes de que Faustino despierte y pueda golpearte por ser un imbécil.

Su boca se curva apenas.

—Ahí está mi fiera, la extrañaba.

—Y va a ir contigo.

Nos miramos durante varios segundos.

Él evalúa mi determinación, yo espero su negativa, preparada para discutir, gritar o agarrarme al marco de la puerta si intenta dejarme atrás. Finalmente, Federico mete una mano en el bolsillo y suspira.

—Te mantendrás a mi lado.

—De acuerdo.

—Harás exactamente lo que te diga, aunque no te guste. Y si aparece el menor indicio de peligro, Nero te sacará de allí, aunque tenga que cargarte sobre un hombro.

—Puede intentarlo.

Federico se aproxima hasta que nuestros cuerpos casi se tocan.

—No me desafíes con esto, Elena. —Su voz ya no es sensual, es la voz del don.

La del hombre que ha enterrado amigos, enemigos y pedazos de sí mismo para conservar el poder—.

Ayer Faustino recibió una bala por mí, hoy no permitiré que nadie se acerque lo suficiente para hacerte lo mismo. Vamos, antes de que cambie de opinión.

—No vas a cambiar de opinión.

Federico abre la puerta y me hace un gesto para que pase delante.

—No —murmura mientras salgo—. Ese es el maldito problema.