35 Elena
Federico no aparece en toda la noche.
Me despierto cuando la luz del amanecer se filtra entre las cortinas y lo encuentro a mi lado, dormido encima de las mantas, vestido, con el móvil todavía en la mano como un arma que no ha querido soltar. Tiene sangre seca en las manos, el antebrazo, la camisa y en la línea de la quijada.
No duerme plácidamente, sobrevive con los ojos cerrados. Los párpados le tiemblan, la mandíbula trabaja, y su respiración agitada me sugiere que sigue disparando en algún lugar en su inconsciente.
Tres hombres me han custodiado toda la noche y ninguno me ha dicho nada.
Levanto la mano antes de decidirlo y le rozo la mejilla.
Sus ojos se abren tan rápido que el corazón se me dispara, y su mano me atrapa la muñeca con una fuerza que no es suya, sino de esa otra parte de él que ha estado fuera toda la noche. Un segundo, dos, hasta que me reconoce.
Afloja, pero no del todo.
Tira de mi muñeca y su boca cae sobre la mía como cae un hombre que lleva horas aguantándose de pie: sin gracia, sin cálculo, con todo el peso. No me besa como Federico, esto es otra cosa, esto es urgente, sucio, desesperado, un beso con sabor a hierro y a noche aterradora.
Tengo miedo de preguntar. Lo hago igual, contra su boca:
—¿Faustino?
—Vivo. —Su mano sube a mi nuca, me atrae, me muerde el labio inferior—. Después.
Después. El tema queda desplazado, el don ha decidido.
Sus manos manchadas me arrancan la camiseta de dormir.
No le doy importancia a la sangre y eso debería asustarme más que cualquier otra cosa de esta casa.
Me sube a horcajadas sobre él y lo siento duro debajo de mí, furioso.
Todo su cuerpo tiembla con algo que no es solo deseo; algo más hierve sobre la superficie.
Entonces me sujeta la cara con las dos manos, me obliga a mirarlo. Sus ojos son dos agujeros negros.
—Voy a follarte, Elena. —Su voz rasposa, baja—. Lo único que puedes elegir es cómo. Puedo follarte hasta que no te acuerdes ni de tu nombre, o puedo hacerte el amor hasta que no me acuerde yo. Decide rápido.
En el pánico, elijo:
—Fóllame.
El mundo gira.
Mi espalda golpea el colchón, sus manos arrancan lo último que me quedaba puesto, y no hay advertencia, no hay preámbulo: su boca se hunde entre mis piernas con un hambre que no había visto nunca, ni siquiera en él.
Su lengua no pide. Toma, succiona, lame, muerde justo en el límite donde el placer se confunde con dolor. Sus manos suben a mi pecho y pellizcan hasta que gimo algo que no es una palabra, es una súplica.
Agarro las sábanas hasta que los nudillos duelen, y lo siento sonreír contra mí, el engreído.
Cuando estoy al borde, exactamente al borde, se aparta. La ausencia de su boca me arranca un sonido patético y no me da tiempo ni a odiarlo: se coloca, me sujeta las caderas y entra de una sola embestida que me llena hasta borrarme el alfabeto de la mente.
Frenético.
Profundo.
Sin piedad alguna.
Me mira mientras me deshago debajo de él. No cierra los ojos ni un segundo, como si necesitara verificar con la mirada que estoy aquí, que soy real, que esto no es otra cosa que se le muere entre las manos.
—¿Te gusta, Elena? ¿Que te tome así?
—¿Así cómo? —lo reto, porque provocar es lo único que me queda cuando no puedo pensar.
—Como si fueras el único sitio del mundo donde un hombre como yo puede rendirse.
—¿Y eso… —jadeo, burlona, suicida— es lo que estás haciendo?
Error.
Sale de mí y el vacío dura medio segundo: me gira contra el colchón, una mano abierta entre mis omóplatos, la otra guiándose para entrar de nuevo, más hondo desde este ángulo. Desciende hasta cubrirme la espalda entera, su boca en mi oreja:
—Elena —los dientes apretados, la voz hecha grava—, sé una buena prisionera y deja que use tu cuerpo. Es lo único que me va a limpiar esta noche.
Cada palabra debería ofenderme.
Cada palabra me empuja más al borde.
Embestida tras embestida, mientras la cama golpea la pared. Y entonces se le escapa. Lo oigo quebrarse detrás de mí, la voz de otro Federico:
—He visto a mi primo desangrarse. —Embiste—. Le he apretado la herida con estas manos. —Embiste—. Y lo único, lo único en lo que podía pensar era en que iba a perderlo, que iba a perderte a ti también…
—Federico… —advierto. No quiero que siga. Si sigue, no voy a poder fingir mañana que esto es solo lo que es.
—No lo soporto. —No me escucha, o me escucha y le da igual, porque su mano baja por mi vientre, encuentra el nudo de nervios entre mis piernas y empieza a trazar círculos lentos, obscenos—.
Eres mía, Elena, desde la primera vez que te vi.
—Embestida—. Te miré y lo supe: esa mujer me va a arruinar… Y te reclamé igual.
Intento mirarlo por encima del hombro. Su mano libre se enreda en mi pelo y me lo impide, obligándome a mantener la vista al frente, a la pared, a nada, a solo sentirlo.
—Este siempre fue tu sitio. Mi cama, mi nombre, mi polla dentro de ti, llenándote hasta que no quede duda de a quién perteneces..., hasta que deje un hijo dentro de ti.
Se le rompe la respiración.
A mí se me rompe todo lo demás.
Exploto con una violencia que me asusta, apretándolo, arrastrándolo conmigo, y lo siento derramarse dentro de mí mientras su boca, pegada a mi nuca, repite contra mi piel como un mantra:
—Mía. Mía. Mía.
Despierto tarde.
Lo sé por la luz blanca que se filtra en la habitación y me golpea directamente en los ojos.
Cuando consigo enfocar el reloj, descubro que son más de las doce del mediodía.
Su mitad de la cama está vacía y fría.
Todavía adormilada y con la cabeza envuelta en una niebla espesa, me incorporo.
Cada músculo de mi cuerpo me recuerda lo ocurrido durante la noche, pero no tengo tiempo para pensar en ello.
Me pongo lo primero que encuentro, una camisa negra de Federico que apenas me cubre los muslos y salgo a buscarlo.
El piso parece un cuartel de guerra.
Varios hombres ocupan la mesa del comedor mientras Elvira se mueve entre ellos con platos, tazas de café y órdenes. Nadie habla más alto de lo necesario. Los cubiertos chocan contra la vajilla, los móviles vibran y las conversaciones se mantienen en murmullos tensos.
Los gemelos están separados por apenas unos metros, ambos con un teléfono pegado al oído. Hablan en voz baja, con ese tono educado y amenazante que emplean los hombres de Federico cuando están decidiendo si alguien merece conservar las rodillas.
Nero no aparece por ninguna parte y eso es más inquietante que la escena.
Massimo está de pie frente a mi ventana favorita, observando Manhattan como si esperase verla arder. Tiene las manos metidas en los bolsillos y una rigidez en los hombros que nunca antes le he visto.
Algo va mal.
—¡Hija!
La voz de mi madre atraviesa el murmullo.
Su pequeño cuerpo se escabulle entre los hombres enormes hasta llegar a mí. Me rodea con los brazos y yo la aprieto con fuerza, comprobando que está entera, que respira, que mi padre no ha conseguido llegar a ella.
—Dicen que Faustino está muy mal… —susurra contra mi hombro.
Dicen.
Aprieto los dientes porque a mí nadie me dice una mierda.
Federico prácticamente me prohibió hablar del tema anoche y, al parecer, todos los presentes han recibido órdenes de mantenerme ignorante.
—¿Tú estás bien? —pregunto al separarme.
Mi madre levanta la barbilla y finge que lo ocurrido no tiene importancia.
—Perfectamente. Estoy ayudando a Elvira, hay demasiadas bocas que alimentar.
La observo un instante, tiene el rostro cansado, las ojeras oscuras y los dedos inquietos, pero sé que insistir no servirá de nada.
Miro a mi alrededor mientras sigue hablando.
Busco a Federico y no lo encuentro.
Massimo se vuelve al escuchar la voz de mi madre. Sus ojos se clavan en mí, recorren la camisa que llevo puesta y regresan a mi rostro con una expresión demasiado controlada.
—¿Dónde está? —pregunto. El tono desesperado que se escapa de mi garganta me enfurece.
Massimo no necesita preguntar a quién me refiero.
—¿Puedo recomendarte que vayas a ponerte más ropa, Elena? Federico es capaz de arrancarnos los ojos.
—¿Dónde está? —repito.
—Con Faustino —responde el consigliere—. Me ha dejado un mensaje para ti.
Espero.
Él guarda silencio durante un segundo de más, como si disfrutase viendo cómo se consume mi paciencia.
—¿Y bien? Suéltalo.
Una sombra de cansancio le cruza el rostro.
—Se quedará con él hasta que despierte. Está muy sedado por el momento.
—¿Dónde está?
Massimo duda si darme toda la información o no.
—En la casa de Carmela, lo trasladaron esta mañana.
—Llévame.
El silencio cae sobre la habitación.
Las conversaciones se detienen, los móviles se apartan de los oídos. Incluso Elvira deja inmóvil la cafetera que sostiene entre las manos.
Miro a mi alrededor, tratando de descubrir qué demonios he dicho para provocar semejante reacción.
Massimo deja escapar una risa grave, la clase de risa que dedicaría a una niña que acaba de anunciar que piensa conquistar Sicilia con una cuchara.
—Creía que a estas alturas ya sabrías qué clase de hombre es Federico —dice—. No.
La negativa es seca.
Definitiva.
Doy un paso hacia él.
—Quiero estar con él. Llámalo y dile que iré.
Mi madre me pone la mano sobre el brazo. Tengo que luchar contra el impulso de apartarla, no porque me moleste su contacto, sino porque ahora mismo no soporto que nadie intente detenerme.
—Elena… —Massimo se frota el rostro, agotado—. No entiendes cómo funciona esto.
—Lo entiendo perfectamente. —Mi voz se vuelve más fría—. Vosotros dais órdenes, todos agacháis la cabeza y Federico decide quién respira. Pero yo no soy uno de sus soldados.
—Precisamente por eso no vas a salir de aquí.
Vuelvo la cabeza hacia Santino.
Me está observando con el móvil todavía en la mano. Su expresión permanece relajada, pero veo el cálculo detrás de sus ojos. Está esperando para descubrir hasta dónde pienso llevar esto.
Hasta el final, si es necesario.
—Llámalo —ordeno—. Dile que voy a ir y que mande a Nero conmigo si así está más tranquilo.
—Justo con Nero no creo que sea… —advierte Massimo otra vez.
—No estoy pidiendo permiso.