Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 34 Federico
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34 Federico

Ignacio atraviesa la ciudad como un puto desquiciado.

Los semáforos, los coches y las bocinas se convierten en manchas al otro lado de las ventanillas. Yo permanezco inclinado sobre Faustino en el asiento trasero, con mi camisa blanca hecha un ovillo contra el lado izquierdo de su cuello.

Ya no es blanca.

Está roja, empapada y caliente entre mis dedos.

Aprieto con tanta fuerza que los músculos de los brazos empiezan a temblarme, pero la sangre continúa filtrándose entre mis nudillos. No sé si estoy conteniendo la hemorragia o si solo estoy retrasando lo inevitable.

El color del rostro de mi primo no ayuda.

Está demasiado pálido.

Demasiado quieto.

—¡Más rápido! —rujo.

—Tengo el acelerador pegado al suelo —responde Ignacio.

Sus manos estrangulan el volante. Los nudillos se le han vuelto blancos y la mandíbula parece a punto de partirse por la presión.

No he tenido que pedírselo.

Ignacio se ha ofrecido a arrastrar a su hija hasta este infierno para salvar a Faustino. A llevarnos a su casa, a meter la mierda de nuestra familia en el salón donde ella probablemente desayuna cada mañana.

Y aquí estamos.

Miro a mi primo y algo oscuro se abre dentro de mí.

No puedo perderlo.

Faustino es mi ancla. El único hombre capaz de sujetar la correa de los fantasmas que se apoderan de mi cabeza. El único que puede mirarme cuando estoy cubierto de sangre y decirme que todavía queda algo humano debajo.

—No se te ocurra —murmuro cerca de su oído—. No te atrevas a morirte, hijo de puta.

No responde.

El coche gira con violencia y los neumáticos chillan contra el asfalto. El cuerpo de Faustino se desplaza, pero lo sujeto antes de que su cabeza golpee la puerta.

—¡Cuidado, joder!

—Ya hemos llegado.

Ignacio frena delante de una casa adosada de piedra rojiza. Abro la puerta antes de que el vehículo termine de detenerse. Él rodea el capó y llega al otro lado mientras yo intento sacar a Faustino sin retirar la presión del cuello.

Entre los dos cargamos con su cuerpo inerte.

Subimos tres escalones y atravesamos una puerta abierta.

—¡Sobre la mesa! —grita una mujer desde el interior.

Un perro empieza a ladrar como si pudiera oler la muerte pegada a nosotros. Ignacio lo aparta de una patada suave mientras avanzamos entre muebles demasiado pequeños, fotografías familiares y una vida doméstica, en la que hombres como yo no deberían entrar.

Colocamos a Faustino sobre la mesa de la cocina.

Es demasiado alto, las piernas le cuelgan por un extremo y los brazos caen a ambos lados, sin fuerza, como si ya no le pertenecieran.

La mujer que se acerca no debe de haber cumplido los treinta. Lleva el pelo marrón oscuro recogido de cualquier manera y una camiseta gris. Durante una fracción de segundo, veo el miedo en sus ojos al contemplar la cantidad de sangre.

Después desaparece y lo sustituye algo frío, preciso.

Profesional.

—Aparta la mano despacio —me ordena.

—Como vuelva a sangrar…

—Si no veo la herida, no puedo ayudarlo. Hazlo despacio. —Su tono no admite discusión.

Y eso consigue que la obedezca. Retiro la camisa apenas unos centímetros.

La sangre brota de inmediato, roja y brillante, al ritmo de los latidos de Faustino.

La médica reacciona antes de que yo pueda volver a presionar. Hinca dos dedos enguantados sobre el punto exacto y el chorro se reduce hasta convertirse en un hilo espeso que le resbala por la muñeca.

—Es una hemorragia arterial —dice—. La bala puede haber rozado la carótida.

Puede.

Esa palabra me atraviesa peor que cualquier certeza.

—Arréglalo.

Ella levanta los ojos por primera vez. Son oscuros, feroces.

—Necesita un quirófano.

—Pues conviertes esta cocina en uno.

—No funciona así.

—Ignacio, dile a tu hija que esta noche va a funcionar como yo diga.

—Esta noche tu amigo se muere si no deja de perder sangre —replica sin pestañear—. Y también se muere si el hematoma le cierra la garganta. No puedo reparar una arteria con gasas y cubiertos.

—Lázaro —ordena hacia un muchacho que no había notado antes, inmóvil, pálido—. Trae todas las gasas que encuentres. Toallas limpias, cinta adhesiva y el maletín negro de mi habitación. ¡Muévete!

El pequeño echa a correr.

—Papá, llama a emergencias —añade.

—Gia…no creo que…

—Nada de ambulancias —corto—. Esto se soluciona aquí.

—No —responde ella. Ni siquiera alza la voz—. Aquí solo puedo mantenerlo vivo unos minutos. Quizá menos. Necesito sangre, instrumental, anestesia y un cirujano vascular. ¿Quieres salvarlo o quieres proteger tu puto secreto?

La miro.

En cualquier otro momento, nadie que me hablara así dentro de una habitación conservaría todos los dientes. Pero la sangre de Faustino continúa cayendo sobre la mesa.

Una gota.

Otra.

Otra más.

El hermano regresa con varias gasas y el maletín. Gia toma una tira, la dobla y la coloca contra la herida sin retirar la presión.

—Ven aquí —me ordena.

Me sujeta la muñeca y me guía los dedos hasta el punto que ella mantiene comprimido. Su mano está cubierta de sangre, la mía también.

—Presiona aquí, exactamente aquí. —Sustituyo sus dedos con los míos—. Más fuerte.

Faustino deja escapar un sonido ronco, apenas un gemido, pero suficiente para que el aire vuelva a entrarme en los pulmones.

—Eso es —murmuro—. Sigue enfadado.

Gia comprueba su respiración y después le toca la mandíbula, observando la hinchazón que empieza a crecer bajo la piel.

—No levantes la mano para mirar si ha dejado de sangrar —me advierte—. No aflojes ni cambies de posición. Si lo haces, puede desangrarse en segundos.

Ignacio da un paso hacia mí.

—Federico, conozco un lugar —dice—. Una clínica privada. Tienen quirófano y no hacen preguntas. Puedo llevarnos sin que intervengan las autoridades, solo tienes que darme la orden.

—Sí —pronuncio—. Hazlo.

Gia se vuelve hacia su padre.

—¡Papá, no podéis llevarlo a cualquier parte! Necesita un equipo de trauma, necesita…

—¡Gia! —la interrumpe Ignacio. Su voz cae sobre la cocina como un disparo.

Ella se queda quieta.

—Vamos a ir donde yo diga —continúa él—. Y tú vienes con nosotros.

Gia observa a su padre, después a Faustino y, por último, la sangre que me cubre hasta los antebrazos.

Comprende que no es una invitación.

—Recoge lo que necesites, doctora —le digo, sin dejar de presionar la herida—. A partir de ahora, su vida es tu responsabilidad.