33 Elena
Santino teclea en su portátil y, a su lado, Valerio hace exactamente lo mismo.
Mismo ritmo.
Misma postura.
La misma expresión de concentración fría, como si compartieran una sola mente distribuida en dos cuerpos.
Cuando se dan cuenta de que los observo, levantan la cabeza al mismo tiempo. Ni siquiera hay un segundo de diferencia. La única señal que me permite distinguirlos es la media sonrisa de Santino, lenta y descarada, mientras Valerio permanece completamente estoico.
—Nero es difícil de leer, pero vosotros dos sois, cuando menos, inquietantes —confieso.
Estoy sentada al otro lado de la mesa del comedor, con mi propio portátil abierto delante de mí y una taza de café.
Los hermanos se miran. No parece una mirada casual, hay algo en ese intercambio silencioso: una pregunta, una respuesta y, casi con total seguridad, un chiste privado a mi costa.
Hasta parecen orgullosos de haberme provocado esa sensación.
—Estamos acostumbrados —responden al unísono.
Se me eriza la piel.
Santino se reclina en la silla.
—No eres la primera que lo dice, tampoco serás la última.
Durante unos segundos los observo con otros ojos.
Los dos son escandalosamente atractivos. Mandíbulas marcadas, narices rectas y unos ojos tan claros que resulta difícil saber si son verdes o grises. Cuerpos trabajados, grandes, hechos para ocupar espacio y recordar a los demás quién tiene el control en la sala.
Sin embargo, ahí terminan las similitudes.
Santino disfruta pavoneándose. Lleva las camisas abiertas más botones de los necesarios y exhibe los tatuajes que le cubren el pecho como si fueran medallas de guerra. Tiene la sonrisa fácil de los hombres peligrosos que saben exactamente el efecto que provocan.
Valerio es distinto.
Trajes oscuros, camisas impecables y todos los botones en su sitio. Siempre parece preparado para asistir a una reunión de negocios, a un funeral o a ambos. Ahora que lo pienso, creo que solo lo he visto vestido de manera informal una vez, con un polo, en casa de Carmela.
Hasta entonces no me había planteado cuál de los dos sería más peligroso.
Ahora empiezo a sospechar que es Valerio.
Santino te avisa cuando va a morder, su hermano no.
Me descubro imaginando algo que no debería. Me pregunto si alguna mujer los habrá tenido a los dos. Al mismo tiempo.
El calor me sube desde el cuello hasta las mejillas. Aparto la vista hacia mi taza, pero ya es demasiado tarde. Al levantarla de nuevo, encuentro a Santino mirándome con una expresión satisfecha.
Valerio no sonríe, pero una de sus cejas se eleva apenas un milímetro.
Lo saben o, al menos, quieren que yo crea que lo saben.
—¿Cuánto tiempo lleváis trabajando con Federico? —pregunto para sacar la mente de un territorio en el que no debería haber entrado.
—Muchos años —responde Santino.
Antes de continuar, busca la mirada de Valerio, como si necesitara comprobar hasta dónde puede hablar. Como si fuera su hermano quien decide qué versión de la verdad van a servirme.
—Desde que teníamos veintitrés —precisa Valerio.
—¿Y cómo era vuestra relación con Cucu?
La reacción es mínima, pero la veo. Los dedos de Santino se detienen sobre el teclado y se pone en pie con una tranquilidad demasiado estudiada.
—Esta conversación necesita más café. —Levanta su taza y me señala con ella—. ¿Azúcar?
La evasión es tan evidente que casi me hace sonreír.
—Sí, por favor.
Se aleja hacia la cocina.
Valerio inspira despacio, cierra su portátil y entrelaza las manos sobre la superficie metálica del ordenador. El gesto parece inocente, pero no lo es. Acaba de levantar una muralla.
—Cucu era un hombre particular —comienza—. Supongo que ya habrás escuchado algunas historias y que sabes por qué lo llamaban así.
—He escuchado unas cuantas.
—La mitad serán mentira y la otra mitad serán probablemente peor.
No sé si bromea, con Valerio nunca se sabe.
—Brillante no era —continúa—, pero sabía reconocer lo que otros pasaban por alto. Nosotros lo llamábamos el sabueso. Un perro de caza con talento para olfatear utilidad en hombres a los que el resto consideraba vacíos.
—Como Massimo.
—Como Massimo —confirma—. Un crío sin infancia y con demasiada calle a cuestas. Todos los adultos del pueblo miraron hacia otro lado. Cucu no, él vio una oportunidad.
Santino regresa con dos tazas y las deja delante de nosotros. Luego vuelve a buscar la suya.
Valerio toma la taza con una delicadeza casi aristocrática y bebe un único sorbo.
—Nero, como habrás notado, posee otro tipo de habilidades —prosigue—. Y ciertas cualidades se moldean, no se heredan.
Todo muy bonito, pero me están hablando de Massimo, de Nero y de cualquier otro hombre con tal de no hablar de ellos mismos.
—Sigo sin saber qué relación teníais vosotros con Cucu.
Santino vuelve a sentarse y coge su taza.
—Conocimos primero a Massimo. Fue él quien nos metió en esta cofradía. Nuestros negocios y nuestras… injerencias pasaban principalmente por él, después, por Federico; Cucu era quien tenía la última palabra.
Valerio deja la taza en el plato sin hacer ruido.
—Éramos cercanos a Cucu como puede serlo un sobrino a un tío al que respeta.
El tono es definitivo, pero la decisión de terminar este interrogatorio no le corresponde a él.
Me corresponde a mí.
—¿Alguna vez os hizo una mala jugada?
Esta vez, el intercambio de miradas entre ambos dura demasiado.
Oculto la boca detrás de la taza y observo por encima del borde. Santino ladea la cabeza. Valerio no se mueve, pero los músculos de su mandíbula se tensan.
He dado con la fibra correcta.
—Era Cucu —responde Santino finalmente—. Por supuesto que nos la jugó. Nadie entra en la Cosa Nostra sin demostrar su valía, Elena. Primero te rompen un par de huesos y después deciden si mereces sentarte a la mesa.
—Qué sistema tan meritocrático.
Su sonrisa no le alcanza los ojos.
—Tu padre lo sabía muy bien, por lo que he oído.
El golpe bajo.
Un hilo de veneno se cuela entre sus palabras. No lo suficiente para parecer una amenaza abierta. Solo lo justo para comprobar si sangro.
Quiere desestabilizarme, que me defienda, que pierda el control o que le revele qué lugar ocupa Carlo dentro de mí.
Le sostengo la mirada mientras deposito la taza con cuidado sobre la mesa.
No voy a regalarle ninguna de las tres cosas.
—¿Crees que mencionar a mi padre me ofende?
—Todavía no lo sé —responde Santino—. Estoy investigándolo.
Sonrío.
—Entonces, toma nota. Mi padre es un perdedor, un mal hombre y, por encima de todo, un imbécil. Por mí, puede estar pudriéndose bajo tierra.
El silencio que sigue no es normal.
Santino no responde.
Sus ojos se desplazan hacia Valerio.
Por primera vez desde que empezó la conversación, parecen dos soldados esperando que uno de ellos dé la orden de abrir fuego.
Valerio inclina apenas la cabeza.
—Probablemente ya lo esté.
Lo dice sin crueldad y justo por eso me hiela la sangre.
Permanezco inmóvil, analizándolo. El pulso me golpea detrás de las orejas, pero no pienso dejar que lo note.
Abro la boca para presionarlos, decidida a arrancarles la verdad, aunque tenga que hacerlo palabra por palabra, cuando unos pasos violentos retumban en el pasillo.
No son pasos normales.
Alguien corre.
La puerta del comedor se abre de golpe y Nero irrumpe en la estancia.
Lo primero que veo es su rostro, con un semblante muy distinto al habitual.
Nero siempre parece estar a medio segundo de meterle una bala a alguien por aburrimiento. Ahora tiene los ojos desorbitados y la piel gris.
Terror.
Terror puro.
—Han disparado a Faustino.