32 Federico
Hay reglas que no necesitan escribirse. En esta familia, nadie toca lo que lleva mi apellido. Elena todavía no lo lleva, pero es cuestión de tiempo.
Dejarla en el piso, rodeada por los hombres en los que más confío, debería bastar para tranquilizarme.
No lo hace.
La necesidad de volver junto a ella me arde debajo de la piel, como si una parte de mí supiera que cada minuto lejos es un riesgo que no puedo permitirme. Pero antes tengo que ocuparme del hombre que la puso en peligro en primer lugar.
Faustino conduce en silencio, Ignacio detrás muestra cara de concentración y preparación.
La ciudad pasa al otro lado de las ventanillas con una lluvia fina, gris, casi depresiva. Los limpiaparabrisas se mueven a un ritmo hipnótico mientras yo intento poner en fila los patitos que me recorren la cabeza.
Uno quiere volver con Elena.
Otro quiere incendiar Brighton Beach.
El último quiere eliminar a todo ser humano que respire cerca de ella.
Detrás de nosotros avanza una camioneta negra con seis de mis soldados. Armados, sin matrículas, sin preguntas y con un objetivo.
Al sur de Brooklyn, junto al Atlántico, está el territorio ruso. El territorio de Yakov Volkov, el Lobo de Brighton.
Sé dónde está, con quién. Sé qué bebida tiene delante y cuál de sus hombres vigila la puerta trasera.
También sé que no tiene la menor idea de que voy hacia él.
Eso es lo más hermoso de una ejecución, el segundo exacto antes de que la presa descubra que ya está muerta.
Estábamos esperando que nos atacaran. Solo necesitábamos la mínima excusa para borrarlos de la faz de la tierra. Esto es por Alondra y por Elena.
Faustino detiene el coche frente al bar con tanta brusquedad que los neumáticos muerden el asfalto mojado.
Bajo antes de que el motor termine de apagarse.
El agua salpica mi abrigo.
Sostengo el AK-47 entre los brazos mientras camino hacia la entrada. No corro, la amenaza espera quieta a que lleguemos.
Faustino se coloca a mi derecha, Ignacio a mi izquierda.
Mis hombres detrás de nosotros.
Nadie habla.
Solo se oye la lluvia golpeando el pavimento y el crujido de mis zapatos sobre el cemento.
Empujo las puertas del bar.
El mundo se vuelve lento.
Denso.
Durante un instante veo cada detalle con una claridad impoluta: el humo suspendido bajo las lámparas, una copa a medio camino de unos labios, una partida de cartas abandonada sobre una mesa, la cabeza de Yakov girándose hacia mí.
Después levanto el arma y el infierno aprende a hablar italiano.
Disparo contra todo lo que se mueve.
Mis hombres hacen lo mismo.
Las ráfagas revientan las ventanas, las botellas detrás de la barra estallan una tras otra, lanzando cristales y alcohol sobre los hombres que intentan cubrirse con mesas, sillas o cuerpos ajenos.
Los gritos se mezclan con las detonaciones.
Algunas balas regresan. Una pasa tan cerca de mi mejilla que siento su calor. Otra encuentra a uno de los míos. Lo veo caer de rodillas detrás de mí, pero no aparto el dedo del gatillo.
Faustino avanza por el flanco derecho, sereno, preciso, controlando el espacio. Ignacio se encarga de los puntos débiles.
Yo continúo disparando hasta que el cargador queda vacío.
Entonces llega el silencio, no de golpe, primero mueren las ráfagas, luego los gritos.
Al final solo quedan los gemidos.
El bar ya no parece un bar. Las mesas están volcadas, las sillas partidas y las paredes cubiertas de agujeros oscuros. El whisky derramado corre por la madera de la barra y cae al suelo, donde se mezcla con la sangre espesa.
Huele a pólvora.
A alcohol.
A miedo.
Específicamente he ordenado que dos hombres permanezcan vivos.
Yakov y Carlo.
Los encuentro en el centro del desastre, ambos con heridas calculadas. Dolorosas, pero no mortales.
Todavía.
Camino hacia ellos pisando cristales.
Un hombre tirado junto a una mesa respira con dificultad. Me agarra el pantalón cuando paso, como si esperara encontrar misericordia en mí.
Mala elección.
Saco la Glock de debajo de la chaqueta y le encajo una bala entre los ojos.
Después continúo caminando.
Yakov está contra la pared, protegido por una mesa redonda que hasta hace unos minutos creía capaz de detenerme. Tiene una herida en el hombro y otra en el muslo. La sangre empapa su camisa y desciende hasta sus botas.
Lo miro y sonrío.
—Te tenía respeto, Yakov.
Su cabello gris está manchado de rojo. La antigua cicatriz que le parte la ceja izquierda, recuerdo de alguna cárcel soviética o de alguna mujer con buen criterio, resalta más bajo la sangre fresca.
Yakov es corpulento, aunque nunca ha sido un hombre de gimnasio. Su fuerza viene de cargar sacos en Rusia cuando era un preso y no el pakhan de Nueva York.
Un hombre construido con hambre, frío y resentimiento.
Desvío la mirada y encuentro a Carlo a pocos metros de él.
—Qué mal te sienta el estrés, Carlo. —Mi voz suena tranquila, casi cordial. Lo recorro con la mirada y hago una mueca de desprecio—. Mírate, hasta has empezado a vestirte como estos… —señalo a Yakov con la Glock— vulgares.
Carlo intenta sostenerme la mirada. Veo cómo pelea contra el miedo, cómo se obliga a respirar por la nariz para no mostrar debilidad.
Pero el sudor que le resbala por las sienes lo delata. No tiene una sola herida y eso no es suerte. Es una orden dada por mí, porque al final del día, yo soy el ejecutor.
Él lo sabe.
—Romano —dice Yakov. Hay debilidad en su voz, aunque intenta ocultarla detrás de una sonrisa ensangrentada.
No lo miro, mis ojos permanecen hambrientos sobre Carlo.
Detrás de mí, mis hombres revisan el bar. Cada cierto tiempo, un disparo aislado termina lo que las ráfagas han dejado pendiente.
—¿Acabas de desenterrar una guerra por una mujer? —pregunta Yakov—. Qué débil se te ve, Federico.
Lo ignoro.
—¿Es tu hija? —le pregunto a Carlo con duda resaltada—. ¿Alguna vez te lo has planteado?
Su mandíbula se tensa.
Perfecto, eso es exactamente lo que quería, sembrar dudas, ideas.
—Solo un hombre que no entiende el significado de la palabra familia pone en peligro su propio legado —continúo.
Carlo deja escapar una risa breve, amarga.
—¿Te refieres a lo que hacía tu padre?
No cambio de expresión, ni siquiera parpadeo.
Saco la pistola por completo, apunto y disparo.
La bala entra en su rodilla.
Carlo grita.
Su cuerpo se desploma hacia un lado y sus manos vuelan hacia la pierna mientras la sangre comienza a filtrarse entre sus dedos.
Yo bajo el arma.
—No hables de mi padre.
—¿Por qué no? —escupe, respirando entre dientes—. Me trataba como a un Romano. Mucho más de lo que te trataba a ti.
Miro a Faustino.
—Y así terminó. —Hago una pausa—. Loco.
—Solo —me corrige Carlo.
Levanto lentamente la vista hacia él.
—¿Sabes que sus últimas palabras me las dijo a mí?
Algo se me remueve dentro del pecho.
Una sombra de dolor, no dejo que aparezca en mi rostro.
Faustino ladea la cabeza.
—Nunca he visto a un hombre desear tanto la muerte como tú, Carlo.
Carlo sonríe a pesar del dolor.
—Es la verdad. ¿Quieres saber qué dijo?
Sí.
La respuesta aparece dentro de mí antes de que pueda detenerla.
Sí, quiero saberlo.
Quiero saber qué dijo mi padre cuando comprendió que iba a morir. Quiero saber si pronunció mi nombre.
Pero Carlo no tendrá ese poder sobre mí.
—No es relevante —respondo—. Terminó bajo tierra de todas formas.
—¿Y por culpa de quién? —Su voz adquiere un tono paternalista que me provoca el deseo inmediato de arrancarle la lengua—. ¿Ya miras con sospecha a tus propios hombres, Federico? ¿Te preguntas cuál de ellos será el primero en traicionarte?
—Acabas de admitir que fuiste el último en verlo —dice Faustino—. ¿Qué otra prueba necesitamos?
Carlo niega con la cabeza. El movimiento le provoca una punzada y su rostro se contrae.
—Yo no lo maté.
—Qué alivio —murmuro—. Estaba preocupado por tu reputación.
—Fueron «las manos negras»… —continúa— que no querían el cambio.
Faustino alza el arma.
Da dos pasos y apoya el cañón justo en el centro de la frente de Carlo.
—¿Quién lo hizo? —Su voz ya no tiene humor o ironía. Solo una amenaza—. Dame un nombre.
Carlo abre la boca y entonces lo comprendo.
Demasiado tarde.
No está intentando salvarse, está comprando tiempo.
Veo el movimiento por el rabillo del ojo.
Yakov aparta la mesa.
Tiene una pistola en la mano derecha.
La levanta y apunta directamente hacia mí.
El sonido del disparo rompe el aire antes de que pueda entender lo que está pasando.
Veo el destello, siento el mundo detenerse durante una fracción de segundo, y entonces Faustino se lanza sobre mí con una fuerza brutal.
Su cuerpo choca contra el mío, me empuja hacia atrás, y la bala que venía destinada a mí se hunde en él.
Su respiración se corta de golpe.
Sus manos se aferran a mi ropa con una fuerza desesperada mientras la bala lo atraviesa. Su rostro se contrae de dolor, sus labios buscan aire sin encontrarlo, y entonces todo en él se apaga.
Su cuerpo cae sobre mí, pesado e inmóvil, como si la vida se le hubiera escapado en silencio.