31 Elena
Sigo el consejo de Federico y, tal como dijo, los tres están estratégicamente en cada punto de la casa.
Nero está sentado en el sofá más cercano a la puerta de entrada, con las piernas excesivamente abiertas. Vaqueros rotos y negros, una camiseta del mismo color, el móvil entre las manos.
Sus ojos me detectan en cuanto entro en la habitación; inmóvil como una estatua embrujada, me sigue con la mirada hasta que me siento frente a él.
No dice nada.
No se mueve.
Observa.
—Siento mucho que Federico te haya impuesto el papel de niñera —digo, esperando ansiosamente una respuesta.
Seis segundos después, abre la boca.
—Federico no impone. Federico delega. —Deja de mirarme para volver al móvil.
Y yo cruzo las piernas y los brazos, intentando entrar en la mente de este contrincante.
Debo admitir que tener un reto es muy interesante y me despeja la cabeza de todo lo que está ocurriendo a mi alrededor.
Y dentro de mí también.
—Imagino que tendrás cosas más interesantes que hacer que estar aquí.
Lentamente levanta la mirada oscura. Sus ojos profundos y su piel pálida intimidan más de lo que quisiera admitir.
Arquea una ceja, cuestionando mis palabras, como si hubiera un pedazo de información que es evidente para todos menos para mí.
—¿No tienes nada que hacer? —comenta, mirando por encima de mis hombros.
—Soy prisionera en este piso, Nero —respondo con frialdad—. No, no hay nada que hacer en una prisión.
Abandona el móvil y lo guarda en el bolsillo.
—Hay una cocina, una terraza con vistas al parque. —Ladea la cabeza un centímetro exacto—. Las prisiones que yo conozco no tienen esos lujos.
—¿Conoces muchas?
—Las suficientes.
Interesante.
No niega, pero no presume su pasado. Contesta lo mínimo imprescindible, como un testigo bien preparado por su abogado.
Cambio de ángulo.
—¿Cuánto llevas trabajando para los Romano?
—Los años suficientes.
—Todo en ti es suficiente.
—Es una palabra útil. —Y juraría que algo se le mueve en la comisura de la boca. No llega a sonrisa, es el fantasma de una.
Bueno, el halago no funciona, la lástima tampoco, la provocación le divierte.
—¿Te caigo mal, Nero?
Nero se levanta, lo hace despacio, sin prisa, y esa falta de prisa es más amenazante que cualquier gesto brusco. Cruza la distancia que nos separa y se queda de pie, demasiado cerca, obligándome a elegir entre levantar la barbilla o bajar la mirada.
Levanto la barbilla.
—Esto que intentas hacer —dice en voz baja— funciona con personas que no tienen el sudor y la sangre de la ciudad encima.
Yo no tengo la calma de Massimo, ni la paciencia de Faustino; si quieres alguien a quien sacarle información, ve a hablar con los gemelos, quizá tengas suerte allí. No te conviene intentarlo conmigo.
—¿Es una amenaza?
—Es aritmética.
Santino entra caminando relajadamente cuando nos encuentra en el momento tenso.
—¿Todo bien por aquí? —pregunta con cautela.
Nero responde.
—Sí. La hija de Carlo Bianchi estaba a punto de irse. —Vuelve al sofá, saca el móvil y se sienta con las piernas exactamente igual que antes, como si los últimos dos minutos no hubieran existido.
Santino se detiene a mi lado y extiende el brazo para que lo sujete.
—Vamos a tomar un poco de aire.
Sinceramente, después de esa intensidad, respirar se siente necesario.