Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 30 Elena
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30 Elena

La ciudad despierta y estalla en sonidos y colores, pero en este balcón, todo se detiene, incluido el tiempo y mi respiración.

Sus ojos por primera vez dejan de ser crueles para ser algo más y no sé si estoy lista para entender de dónde viene el pánico y la tristeza que me trasmiten.

—¿Cómo sabes que lo que sientes es amor? —susurro, aterrada.

No sé por qué sospecho que esto es una simple confusión. Hoy fue un día difícil; es normal que los sentimientos se mezclen y desemboquen en algo como esto.

—Vamos, Elena… De los dos tú eres la inteligente; no pretendas lo contrario —dice mientras me sujeta la mano y juega con mis dedos—.

Lo que siento por ti es exigente. Me asusta porque quiero retenerte —me toma con un poco más de fuerza y me atrae hasta quedar a centímetros de mi boca—, protegerte del mundo en el que vivimos a niveles poco saludables.

—Esta no tiene por qué ser nuestra realidad. Podríamos irnos de la ciudad y…

Niega con la cabeza.

No sé lo que estoy diciendo, nada tiene sentido ya.

—No puedo irme, y menos ahora que tu padre ha decidido echarle valor. Hay gente que depende de mí, Elena. Sé que crees que ser don consiste solo en traficar y sacar lo peor de la sociedad a la luz, pero aquí también hay familias de por medio.

Nunca lo había pensado.

Asiento mientras sostengo su mirada.

—¿Qué pasará cuando mi padre deje de existir? —pregunto, temiendo la respuesta.

—Seréis libres, tú y tu madre.

—¿De ti? —susurro.

—No. —Sus ojos se oscurecen aún más, pero pestañea dos veces y se calma—. Hasta que resuelvas el caso de mi padre serás mía ¿Lo recuerdas?

—Lo recuerdo.

Federico me acaricia el rostro, sus ojos me recorren buscando algo que no sé qué es y me deja un beso sobre los labios.

—Quiero tenerte —susurra junto a mi oído—, pero esta vez necesito que sea distinto.

Es fácil esconder los sentimientos en la violencia de lo que hicimos; la vulnerabilidad, en cambio…

—¿Distinto cómo?

Me deja otro beso suave en la mandíbula y luego baja por el cuello.

—Despacio… —Desliza la lengua de vuelta hacia arriba hasta llegar a la oreja, donde muerde suavemente—. Con calma.

Me aparta el pelo para tener más acceso y su mano me rodea la cintura con posesividad.

—¿Como si de verdad sintieras algo por mí? —La última parte me sale casi como un gemido.

—Como si te amara… —Toma mi boca—. Como si no pudiera dormir pensando en lo que siento cuando me sonríes o cuando olvidas que soy el lobo malo de tu historia.

Me carga sobre su pelvis y, a ciegas, nos lleva hasta su habitación.

No me arroja a la cama; me deja a sus pies y empieza a quitarme la ropa con lentitud, sin decir una sola palabra.

La luz anaranjada del amanecer se filtra por las ventanas y mi pijama termina en el suelo. No llevo bragas, y eso parece entusiasmarlo.

—Déjame verte —dice retrocediendo tres pasos, sus ojos navegan por mi cuerpo y luego suben a mis ojos—, eres exquisita.

Sonrío con un poco de vergüenza.

¿De verdad estoy haciendo esto? Me estoy entregando ciegamente al único hombre que prometí mantener alejado de mi vida.

Sí, eso es lo que haré.

—Ven, Federico. —Estiro la mano y él la sujeta inmediatamente para llevársela a los labios y besarme los nudillos.

Ahora es mi turno de quitarle la ropa. Sus ojos siguen mis dedos, que desabotonan la camisa, y luego admira mi rostro con completa devoción.

—Fuiste muy valiente hoy —susurra, acariciándome el pelo hasta dejarlo detrás de la oreja.

—Dices eso porque no me viste romperme en cuanto llegué aquí. —El cinturón es lo siguiente, luego los pantalones.

—Lamento no haber estado aquí, necesitaba resolver algunas cosas primero…

—Lo sé. —Engancho los dedos en sus calzones y empujo hacia abajo para liberar su polla, lista para tomarme—. No tienes que explicarme nada.

—Pero quiero hacerlo, bella Elena. —Me envuelve el rostro entre sus dos manos gigantes y me besa.

Me besa profundo, lento, como prometió que lo haría. Nuestros cuerpos desnudos enlazados dulcemente, hasta que encaja su pelvis entre mis piernas y empuja.

—Joder… —susurra.

Nunca nos miramos con ojos cálidos y vulnerables.

Envuelvo los brazos en su cuello y le beso la nariz, la mejilla, la frente.

Federico cierra los ojos y se deja llenar de ternura, mientras habita dentro de mí y sale lentamente.

—Mi bella Elena —susurra—. Serás mi esposa en cuanto termine con todo esto.

Abro los ojos y lo observo en terror absoluto, parece determinado.

Convencido.

No puedo responder, no porque no quiera, sino porque Federico se introduce en mí hasta el fondo y hace que jadee.

Sus embestidas se vuelven rápidas, controladas, precisas en busca del placer. Sus manos posesivas se deslizan por mi estómago hasta encontrar el centro de mi cuerpo y acariciar mis pliegues, mi zona más sensible.

—Oh, Dios… —gimo sosteniéndome de la almohada.

Me corro como nunca antes.

Con temblores y contracciones. Y mientras él se corre dentro de mí y me mira como si fuese lo más preciado que tiene en el mundo, pienso la respuesta que no quise decir antes y cuánto quiero gritarla ahora mismo.

Mi madre partió junto con Massimo a la estación de policía. Aparentemente, cuando explota tu establecimiento necesitas hablar con ellos para ver qué demonios ha ocurrido.

Massimo estará allí para controlar la narrativa y, aunque le rogué a Federico que me dejase ir, me explicó que la situación es demasiado inestable en este momento.

Lo entiendo, pero mi madre sigue en peligro. Le compartí mis inquietudes y su respuesta fue: «No estará sola, tiene diez soldados armados hasta los dientes custodiándola».

Pero la intranquilidad sigue flotando en la superficie, por eso estoy sentada en el sofá del balcón, mi preocupación escala segundo a segundo mientras observo a Nueva York desde la altura.

Escucho sus pasos acercarse, sus zapatos Ferragamo suenan firmes, inquebrantables, y no volteo para verlo.

No estoy enfadada. Simplemente confundida, después de todo lo que dijo anoche, todo lo que sentí y cuánto fallé en expresarme.

Federico se detiene delante de mí bloqueando el sol. Su armadura puesta, excepto que esta vez optó por un total black. Camisa, traje y pantalón resaltan su pelo perfectamente acomodado, los tatuajes de la mano y los que se asoman por el cuello lo hacen más solemne.

Un guerrero contemporáneo, hermoso y letal a la vez.

No es la rosa tatuada en su mano lo que me llama la atención, es el objeto que sostiene con fuerza.

Mi móvil.

Levanto la mirada y conectamos un segundo. Ojos severos quizá, pero cautelosos también.

Está haciendo algo que va en contra de su personalidad.

—¿Qué es eso? —pregunto solo porque no sé qué decir, refregarle la derrota en la cara lo complicaría todo aún más.

Federico se pone en cuclillas delante de mí y no paso por alto la posición en la que estamos.

—Sabes lo que es… —Lo deja en mi mano—. No soy un hombre de grandes palabras, Elena, pero espero que entiendas lo que esto significa para mí.

Sus ojos me buscan desesperados, rogando que entienda lo que significa este acto de confianza.

—Lo entiendo —digo encendiendo el aparato que, francamente, no extrañaba.

—Tu madre está al tanto de que tienes acceso al móvil otra vez, en caso de que quieras comunicarte con ella mientras está con Massimo.

Asiento y alejo la mirada del aparato para encontrarme con esos ojos oscuros tan llenos de incertidumbre y dolor. Y eso hace que me pregunte si no es este el verdadero Federico Romano y no el cruel don con cara imperturbable que le vende a todos, inclusive a mí.

—Gracias… —respondo sorprendida por mí misma.

Federico se levanta lentamente y escala delante de mí como un dios severo. Sus ojos no se apartan de los míos en ningún momento.

—Faustino y yo iremos a resolver algo, tienes aquí al resto. —Comienza a caminar hacia la habitación, pero me pongo de pie rápidamente para seguir sus pasos.

—¿El resto?

Con las manos en los bolsillos, Federico voltea. Se sorprende al verme tan cerca.

—Los gemelos y Nero están custodiándote, todo el mundo está en alerta máxima.

—¿Y mi padre?

La sonrisa vuelve a su rostro, brutal y hermosa.

—Escondido, pero no te preocupes, Elena, saldrá de la cueva pronto, créeme. —Me acaricia el rostro y planta un beso en la comisura de mis labios—. Aprovecha el tiempo para hablar con ellos. No olvides que tienes que buscar tu libertad.