Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 29 Federico
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29 Federico

Hay trabajos que un don no hace con sus propias manos.

Para eso tengo hombres, para eso tengo, sobre todo, a uno cuyo nombre no se dice en voz alta en las esferas de la Cosa Nostra.

Esta noche no, esta noche bajo yo al sótano.

—Normalmente esto se lo mandamos al Cuervo —murmura un soldado.

Faustino lo calla con una mirada. Porque normalmente nadie pone una bomba debajo de lo que es mío.

El depósito huele a óxido y a agua podrida del muelle. Dos de los rusos de rodillas en el centro del cemento, las muñecas atadas a la espalda. La silla olvidada atrás, estos dos ni eso se merecen.

Massimo y Nero contra la pared. Faustino a mi derecha, donde siempre.

Me quito la chaqueta y se la paso a Faustino. Me remango, sin prisa, mientras camino alrededor de los dos perros que pensaron que podían tocar mi mundo y largarse a contarlo.

El más joven levanta la barbilla. Tiene la valentía estúpida de los que aún no saben con quién hablan.

—¿Tanto lío por una vieja y un horno? —escupe—. La panadera no valía ni la pólvora que gastamos, Romano.

Doy dos pasos y le entierro el puño en la cara antes de que termine la sonrisa. El crujido del pómulo me sube por el brazo. Cae de lado, atado como está, sin manos para protegerse, y yo me agacho, lo agarro del pelo y le estampo la cara contra el cemento.

Una.

Dos.

Tres veces.

La nariz revienta, le levanto la cabeza, lo obligo a mirarme con lo que le queda de cara.

—Esa vieja —digo, muy tranquilo, con su sangre salpicándome los nudillos— es mi suegra, ¿creíste que no iba a haber consecuencias?

Lo suelto y se desploma, totalmente inconsciente. Me limpio la mano en su pantalón sin prisa.

Me giro hacia el otro, el que ya entendió que de aquí no sale con vida.

Tiembla.

—Voy a explicártelo una sola vez, así que escúchame bien.

—Me agacho a su altura—. Todo lo que toco es mío, el puerto es mío, esta ciudad y la mujer cuya madre prepara el pan en ese lugar.

Vosotros metisteis las manos y encima vinisteis a presumir.

—Le doy unas palmaditas en la mejilla, casi con cariño—.

¿Tú sabes lo que les pasa a las manos que tocan lo que es mío?

Niega con la cabeza, rápido.

—Bien. Vamos a averiguarlo juntos.

—Don…, no sabíamos —dice el sensato, casi llorando—. Fue una prueba que nos hicieron, nosotros no somos parte de la Bratva, nos dieron esta orden para saber… Nunca hubiéramos…

—Eso no me sirve.

Lo levanto del cuello de la chaqueta, lo planto contra la columna de hormigón y le hundo el puño en el estómago hasta doblarlo. Cuando se queda sin aire, le subo la rodilla a la cara. La cabeza le rebota contra el cemento y lo dejo resbalar.

—Sé que no fue idea vuestra —declaro, y me agacho otra vez, paciente—. Una jauría de mierda como vosotros no se levanta un día y decide tocarme a mí. Alguien os dio la dirección. Vas a darme ese nombre específico, o te vamos a ir quitando partes hasta que lo recuerdes.

Massimo me observa en silencio, expectante por lo que ocurre; el reparador de problemas, esperando que lleguen a sus manos.

—¡No lo sé! —Lágrimas salen entre la sangre de su rostro—. ¡Lo juro! Es italiano, nos llegó un sobre…

Faustino saca el móvil de su bolsillo; los mensajes disparan hacia todos lados.

—Sigue.

—Con una dirección, una foto, la hora a la que cerraba la mujer. La mitad del pago por adelantado… —Tose, escupe sangre—. Ordenó que destrozáramos todo, que preparásemos…

Se silencia como si no quisiera decir la palabra bomba.

Le agarro la mandíbula con una mano y le aprieto hasta que me mira.

—¡Dicen que el italiano trabaja para el pakhan ahora! —chilla, desesperado, vendiendo lo único que le queda—. No sabíamos, don, ¡no sabíamos!

Y por fin suelto al perro, porque acaba de darme lo único que vine a buscar.

Solo necesitaba confirmar lo que ya sabía.

Me levanto y me bajo las mangas con una lentitud calculada. Por fuera, nada. Por dentro, el suelo entero se mueve.

Todavía no entiendo qué planea Carlo, poniendo en peligro a su esposa e hija, ¿para qué? ¿Las prefiere muertas que bajo mi ala? ¿Sabía que su hija estaba allí?

—Termina —le digo a Nero, recogiendo la chaqueta—. Que todo el mundo sepa de quién era el negocio que reventaron.

Que se piensen dos veces volver a mirar hacia lo mío.

—A la orden, Federico —responde Nero con una sonrisa.

Mientras salgo escucho sus gritos pidiendo clemencia.

Vuelvo de madrugada con sangre que no es mía secándose en los nudillos y una que sí, la del costado; se volvió a abrir con cada golpe.

Elena está despierta, sentada en el sofá del salón, a oscuras, las rodillas recogidas, esperándome como una mujer que ya no sabe fingir.

Se levanta, me mira y me lee.

No me pregunta qué he hecho. Lo ve en mis manos.

Espero a que retroceda, a que por fin me mire como debería mirarme la gente cuerda.

No lo hace, simplemente desaparece un momento y vuelve con un botiquín.

—Siéntate.

Acato la orden y me abre la camisa rota con dedos firmes, sin temblar, y me limpia el costado con una concentración de cirujana. Arde y no me quejo, estoy pasmado contemplándola, la línea tensa de su boca, esos ojos turquesa que evitan los míos mientras trabaja.

—No toda es tuya —dice, mirándome los nudillos.

—No.

—¿Eran ellos? ¿Los de la bomba?

—Sí.

Aprieta la gasa más fuerte de lo necesario. Lo aguanto, es lo más cerca que va a estar de castigarme, y me lo merezco.

—¿Lo disfrutaste? —pregunta, y esa es la única cuestión que importa, la que decide qué clase de monstruo soy.

Podría mentirle, la dejaría dormir mejor.

—Sí. —La miro a los ojos para que vea que es verdad—. Tocaron lo que es mío, y si no respondo con la misma moneda, mañana vuelven, y la próxima vez tu madre estará dentro cuando estalle. Lo volvería a hacer mil veces.

Me venda en silencio, corta el lienzo. Apoya la palma abierta sobre el vendaje, justo donde casi me desangro por sacarla de una panadería en llamas.

Y se queda.

—No entiendo qué está pasando.

—Yo tampoco —respondo con honestidad desnuda—, pero no voy a detenerme hasta entenderlo.

Le aparto un mechón de la cara con la misma mano con la que acabo de hacer lo que hice en el depósito. La atraigo contra mi pecho, sucio como estoy, y dejo la barbilla en su pelo.

Por un segundo, todo se calla. Y mientras la sostengo, mirando la oscuridad por encima de su cabeza, una sola idea me late fría: eliminar a cualquiera que busque hacerle daño.

El sol se asoma finalmente por el horizonte de Manhattan.

Entiendo que soy uno de los pocos privilegiados que puede ver el amanecer en una ciudad hundida en edificios monstruosos.

Mis manos están apoyadas en la barandilla del balcón, ahora que Elena lo adoptó como propio, se siente raro estar aquí sin ella.

Pero qué me importa el puto amanecer después del día que tuve. Porque lo que ocurrió ayer no tendría que haber pasado nunca.

Elena y su madre casi mueren. Mierda, todavía tengo remanentes de la ira y el miedo combinados en el cuerpo.

Mi cuerpo actuó por inercia cuando entendí lo que iba a ocurrir.

El pánico de perderla despertó en mí un lado tan oscuro que me asusta; sin embargo, eso no significa que no vaya a dejarlo salir a jugar.

Saco el móvil de mi bolsillo y busco entre mis contactos.

La única razón por la cual no lo borré fue porque sabía que este día llegaría.

—¿Hola? —atiende Carlo con voz de dormido, apuesto que ni miró el nombre de la pantalla. Me quedo en silencio, esperando que entienda qué es lo que ocurre aquí — ¿Federico?

No, Federico ya no está, ahora soy el hijo de Cucu Romano.

Cuidadoso con las palabras, digo:

—No creí que tuvieras los huevos para hacerlo, pero debo recordarme que me entregaste a tu hija.

Puedo escucharlo revolverse entre las sábanas, la voz de una mujer detrás preguntando qué ocurre.

—Bueno, era hora de que lo entendieras —devuelve—, ¿creíste que iba a quedarme de brazos cruzados viendo cómo arrebatabas mi vida?

—¿Qué vida? Tu hija te odia, tu mujer te olvidó hace mucho. —Recordarle a alguien que es poco relevante es fundamental en ocasiones como esta—. Tienen suerte de tenerme.

—¡Ja! —suelta con excesivo dramatismo—. Te las follas a las dos, ¿no es así?

He conocido hombres idiotas en este mundo, básicos, que se guían por el instinto, el dinero y el poder. Ninguno de ellos le llega a los tobillos a este hombre despreciable.

—Mi abuelo solía contarme una historia, Carlo.

Había una vez un hombre que le robó a alguien más poderoso que él.

No fue mucho al principio, una suma pequeña, una traición de esas que los cobardes se dicen a sí mismos que nadie va a notar.

Pero lo notaron, Carlo. Entonces el hombre hizo lo que hacen los hombres como tú: corrió, cambió de ciudad, de nombre.

Durmió en casas ajenas, comió en mesas prestadas, se escondió detrás de mujeres, de santos.

Cada vez que escuchaba un coche detenerse en la calle, dejaba de respirar.

Cada vez que alguien golpeaba una puerta, rezaba para que no fuera el hombre al que le robó.

—Carlo se mantiene en silencio, expectante—.

Pasaron meses, años y, con el tiempo, el hombre empezó a creer que había ganado, que los peligrosos olvidaban.

Pero, Carlo, esa es la mentira que mantiene vivos a los cobardes, porque una noche, cuando ya tenía el cabello gris y las manos tranquilas, abrió la puerta de su casa y encontró al hombre al que había traicionado sentado en su mesa.

El hombre le preguntó: «¿Cómo me encontraste?

». ¿Y sabes que le respondió el otro? «Yo nunca te estuve buscando, Carlo.

Solo caminé hacia el único final posible, tú fuiste el que tardó años en llegar».

Hago una pausa, intentando controlar el odio que se escucha en mi voz.

—Escúchame bien. Puedes esconderte donde quieras, puedes cambiar de cara, de amigos. Puedes poner a tu familia delante de ti otra vez, como el cobarde que eres. Pero al final, todas las calles van a llevarme hasta tu puerta.

Vuelvo a bajar la voz, calma, casi suave.

—Y cuando te encuentre, no voy a aceptar otra oferta, no vas a tener otra hija para entregar. Vas a mirarme a los ojos y vas a entender que el tiempo no te salvó, Carlo. Solo te prestó unos días más.

—Soy intocable, Federico, tengo a…

—No tienes una mierda —interrumpo—, ¿crees que los rusos te defenderán cuando baje mi martillo sobre ti? Pusiste la vida de Elena y Alondra en peligro, así que voy a hacer lo que tendría que haber hecho el día que te dejé arruinarle la vida a tu hija.

—Estoy listo, encuéntrame y luego veremos quién se queda con la última palabra.

Su arrogancia desata lo peor de mí, respiro profundamente, estrujando el móvil con la mano.

—Cuidado con cerrar los ojos, Carlo, porque mi presencia estará en cada alma con la que hables, cada prostituta en tu cama, todos me pertenecen en esta ciudad y todos estamos esperando el momento menos pensado para abrirte por la mitad y arrancarte las tripas.

Corto la llamada y me controlo para no arrojar el móvil hacia el abismo.

Respiro profundo tres veces hasta que una presencia hace que voltee y la encuentro envuelta en una manta.

—¿Cuánto escuchaste?

No quería que lo hiciera, no estoy listo para mostrarle este lado tan oscuro.

—Lo suficiente —devuelve, y me quedo unos instantes analizando su rostro.

—Elena…, tienes que saber que tu padre no vivirá un día más…

—Lo sé —dice con calma—. Lo sé y apoyo tu decisión, esa panadería era la vida de mi madre y él acaba de arrebatarle eso también.

Doy un paso adelante aliviado por sus palabras.

—No te preocupes por ello, la reconstruiremos. —Apoyo las manos en sus brazos e intento darle calor.

—Gracias, hoy veremos si el banco nos da un crédito para…

—No me has entendido, yo ocasioné esto, yo lo resuelvo, con mi dinero.

Elena me mira confundida, como si no entendiera por qué estoy siendo así.

—Federico, no puedo deberte dinero.

—No lo harás, es un regalo.

—¿A cambio de qué? —pregunta con preocupación, y me duele un poco que piense así de mí, pero luego recuerdo que, al final del día, soy un mafioso, es normal que espere algo a cambio.

—De ti.

Elena retrocede y mis brazos caen.

—¿Por qué tuviste que decir eso? Si ya me tenías.

Miro al suelo, noto que sus pies están descalzos.

—Porque no sé hacerlo de otra manera —confieso—. No entiendo cómo puedes ser mía si lo único que hice fue robarte.

Como un idiota, le recuerdo el porqué está en mi vida. Da media vuelta para irse, pero la sujeto de la muñeca con desesperación.

—Espera, Elena, espera —ruego—. Necesito… necesito que me tengas paciencia, esta es la primera vez…

—¿La primera vez que qué? —Su voz enfadada e imponente.

Este ser que entró a mi vida porque yo lo quise así y ahora acapara toda mi atención, cada decisión consciente la hago pensando en ella.

Mi primer pensamiento en la mañana, y el último en la noche, mirándome con desprecio.

¿De quién es la culpa en realidad? Si siempre la quise, ¿por qué no la cortejé como se merecía?

¿Acaso soy en verdad el cobarde en esta historia?

Podría soltarle palabras que la desorienten, una risa cruel, mandarla a dormir a mi cama, pero en cambio, digo:

—Es la primera vez que estoy enamorado y te ruego que me ayudes a amarte sin atraparte.