Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 28 Elena
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28 Elena

Sin explicación alguna, Federico se abalanza sobre mí como un animal.

En segundos, siento los pies despegarse del suelo, me ha cargado sobre el hombro y echa a correr, y antes de que mi cabeza alcance a preguntar qué pasa, ya estamos en la calle y el mundo, detrás de nosotros, estalla.

El cristal de la panadería revienta hacia fuera. La onda nos lanza contra el suelo. Federico cae sobre mí, encerrándome con su cuerpo, y todo se vuelve blanco, sordo y lejano.

Aturdida, con la visión borrosa, busco su cuerpo con las manos. Lo tengo encima, pesa raro, flojo, sin fuerza.

Le sujeto la cara con pánico y le busco los ojos. Su mirada me recorre, confundida, los labios se le mueven y no oigo absolutamente nada. Nada salvo un pitido agudo y continuo que me llena la cabeza.

Giro la cara hacia un lado. Mi madre está sentada en el asfalto, Faustino le da palmaditas en la espalda. Los dos están enteros, vivos.

Federico me coge la barbilla. Sigue hablándome. Trato de leerle los labios: «¿Estás bien?».

Asiento despacio y le digo que no oigo, o eso creo que digo, porque ni siquiera escucho mi propia voz. Me levanta del suelo, cruza unas palabras con alguien que no veo.

Y entonces los brazos de mi madre me rodean, apretando con todas sus fuerzas. Las lágrimas le caen sin parar, y resulta que las mías también.

Cuando se aparta para hablar con otra persona, me quedo de pie, sola en mitad de la calle, mirando el hueco negro donde hace una hora había una panadería. Donde mi madre amasaba pan.

Ya no existe.

La gente se agolpa.

La policía la aparta para que no se acerque.

El sonido vuelve poco a poco, filtrándose: una sirena aguda, gritos, gente preguntando qué ha pasado, qué ha pasado, qué ha pasado.

Me giro.

Federico está detrás de mí y todo ese encanto que suele llevar puesto como una segunda piel ha desaparecido por completo. Tiene los ojos angustiados, clavados en mí, y la postura de un hombre vencido.

Entonces hago algo que nunca creí que haría.

Camino hacia él y le abrazo el pecho con todas mis fuerzas. Sus brazos tardan medio segundo y luego me envuelven; su mentón se apoya en mi cabeza.

—Gracias —digo entre lágrimas.

Me acaricia el pelo. Asiente cuando nos separamos apenas unos centímetros.

—¿Estás bien? —Me recorre el cuerpo con la mirada, desesperado.

—Sí, gracias a ti. —Trago—. ¿Y tú?

Asiente, pero no le creo, así que empiezo a buscarle entre la ropa rota alguna herida.

La encuentro en el costado, un trozo de cristal, clavado.

—¡Federico! —grito, asustada.

—Estoy bien, estoy bien. —Y se lo arranca de un tirón, sin avisar, como si fuera una astilla. La herida empieza a sangrar y él se presiona con la mano antes de que yo pueda hacer nada—. Tenemos que salir de aquí. ¡Faustino! Alondra y Elena al coche. Ahora.

Faustino tiene una ceja partida; la sangre le baja hasta el cuello.

Me agarra del brazo y tira de mí, lejos de Federico.

—¡No! ¡Federico!

—Vete. —No me da opción, pero el tono se le rompe, casi suplicante—. Necesito que no estés aquí, vete.

Así que me dejo llevar.

En unos segundos estoy en el coche, consolando a mi madre, con el pitido todavía dentro del oído y los ojos pegados a la ventanilla, buscándolo entre el humo hasta que ya no lo veo.

Después de una ducha y una comida que no recuerdo haber probado, doy vueltas por el salón como una loca.

Mi madre duerme en mi habitación. Elvira ya se fue y Faustino anda por algún rincón de la casa, pegado al teléfono, sin parar.

Federico todavía no ha vuelto, y yo creo que estoy a punto de perder la cabeza, porque resulta que las horas en las que no sé si un hombre está vivo se me están haciendo más largas de lo que esperaba, y eso es información nueva sobre mí que preferiría no tener.

Por fin escucho la puerta y corro.

Nunca lo había visto así, tan cansado, tan vencido por algo. Lleva los ojos en el suelo, y cuando me ven, se sorprenden. Lo abrazo con fuerza, de puntillas, hasta rodearle el cuello. Sus manos tardan en envolverme, pero cuando lo hacen me atrapan contra él como si me encerraran.

—¿Estás…? —empieza, y lo corto con un beso.

Y como si eso lo reviviera, me devuelve el gesto con todo, sujetándome la cara entre las manos. Sus dedos me recorren con una torpeza nueva, hasta que pierde la paciencia y me arranca el pijama.

—Faustino… —le recuerdo entre besos.

Me levanta cogiéndome del culo y me lleva a su habitación.

Cierra la puerta de una patada.

Se quita la ropa y una nube blanquecina lo envuelve durante unos segundos, todavía tiene el pelo lleno de polvo, restos del derrumbe en la piel, pero no me importa nada de eso. Lo necesito conmigo, entero, ahora.

Sin aviso ni palabra, se hunde en mí hasta el fondo. Gemimos los dos a la vez, por la conexión, por el alivio, por seguir aquí.

—Necesitaba esto —dice, saliendo apenas para volver a enterrarse—. Estar dentro de ti.

—¡No sabía dónde estabas! ¡Si estabas bien! Faustino no me decía nada… —lo riño, dándole un golpecito en el hombro que no tiene nada de golpe.

Sonríe contra mis labios y me besa otra vez. Sus embestidas se aceleran.

—Aquí estoy, bella Elena. —Me besa la cara—. Aquí estoy.

Su lengua juega con la mía, pero rompo el beso para respirar, agitada, necesitada, una mala combinación. Lo que se me escapa de la garganta suena más a llanto que a otra cosa, y Federico me mira fijo mientras embiste, sin soltarme los ojos.

—No me gusta sentir miedo —confiesa, su mirada cargada de rabia—. Y hoy lo sentí, después de muchísimo tiempo.

—¿Por qué? —susurro, aferrada a sus hombros.

—Porque creí que te perdía. —Lo dice como quien admite un crimen—. Y no puedo con eso, Elena, no puedo.

Algo se dispara dentro de mí, y el orgasmo empieza a rodarme encima, lento y enorme.

—Mírame —ordena, y solo entonces me doy cuenta de que tenía los ojos cerrados.

Los abro y me corro mirándolo, con fuerza, y él me sigue unos segundos después, derramándose con un gemido que le sale del fondo.

Apoya la frente en la mía. Durante un rato no se oye más que nuestra respiración rota.

—Yo también me sentí así —confieso, lo único que me había jurado no admitir jamás: que pasé la tarde con el corazón en la garganta por un hombre al que se supone que debería odiar.

Federico me deja un beso suave en los labios mientras sale de mí, y me lleva a su pecho para que anide en él.

Le escucho el corazón, todavía deprisa.

—No te preocupes —susurra, acariciándome la espalda—. Esta es la última vez.

Y por un segundo, no sé por qué, siento que nos estamos despidiendo.