27 Federico
El ratón cayó en la trampa.
Mejor, que sepa hasta dónde soy capaz de llegar para tenerla.
—¿Escuchando conversaciones ajenas? —ronroneo, y le hundo un dedo en el hombro para apartarla un poco de la puerta.
Ella retrocede hasta que cierro detrás de mí y me cruzo de brazos.
—No era una reunión secreta. Estabais a gritos. —Señala hacia atrás, como si mi voz aún sonara.
—Mmm. —Me apoyo el índice en el labio—. Yo creo que sabías que era privada y te dio exactamente igual.
Cuando se cruza de brazos, lo veo: no lleva sostén bajo el pijama de seda, y se le marcan los pezones a través de la tela. Algo debe de cambiarme en la cara, porque Elena retrocede un paso.
Le cojo la muñeca antes de que dé el segundo.
—Oh, ¿ahora quieres alejarte? —Lentamente la empujo hasta que la pared la detiene.
Mis labios flotan sobre los suyos, reclamando toda la excitación que sale de ella.
Levanto la mano derecha y con una suavidad medida le acaricio el pecho, hasta que lo encierro en mi palma.
Elena cierra los ojos y se muerde los labios para no gemir. Deslizo el tirante de su pijama y llevo la boca directamente a su pezón desnudo; lo lamo y lo chupo con una lentitud que hasta a mi me sorprende.
Sé que si me entierro en ella estará mojada para mí, sé que, si la volteo y la follo contra la pared ahora mismo, no usará nuestra palabra.
Sin embargo…
—¿Desayuno?
Me yergo y encuentro sus ojos abiertos, desconfiando, pero mi sonrisa hace su trabajo y la desarma.
—¿Qué estabas esperando de mí? —pretendo estar confundido.
—Nada —responde alejándome y colocándose el tirante otra vez.
La llevo (o la arrastro, según se mire) hasta la cocina, donde Elvira lo prepara todo con un silencio que en ella no es normal. Que se joda, sabe perfectamente que no debe dejar a Elena sola, y lo hizo igual.
—¿Qué queréis desayunar? —pregunta mi ama de llaves.
—Yo me encargo. Vete.
—¿Adónde? —Se queda descolocada.
—Invéntate una tarea, Elvira. —Ni me molesto en suavizarlo—. Quiero estar a solas con Elena.
—No le hables así —salta mi cautiva, con rabia en los ojos.
La ignoro, por supuesto, y me pongo con el café. La puerta se cierra, por fin a solas con ella.
—Roncas —le digo por encima del hombro—. ¿Lo sabías?
—Yo no ronco. —Se sienta en el taburete de la isla.
—Roncas. Es adorable, pequeño, desde la garganta.
Le dejo las tazas delante y le arrastro el plato de bollos hasta ponérselo justo enfrente.
—Pues lo empeoraré, a ver si así me dejas dormir en mi cama —me desafía, y esa chispa en sus ojos me genera cosas que no deberían despertarse a las siete de la mañana.
—Sé que has dormido de maravilla esta noche.
—¿Cómo lo sabes?
—Observé cada minuto. —La atravieso con la mirada, y ella le da un sorbo al café solo por hacer algo con las manos.
Me río cuando aparta los ojos.
—Me gusta verte sonrojar, seguro que crees que eso es un problema.
—Lo es —responde, y deja la taza.
Le cojo la barbilla, sus ojos turquesa se abren, a la espera de lo que voy a hacer. Cuando mi boca toca la suya, algo vibra, se enciende y revienta. El taburete chirría hacia atrás, empujado por mis piernas, y nuestras respiraciones se vuelven torpes mientras nos comemos la boca.
Sí, Elena es más de lo que pienso admitir, mucho más. Pero nadie necesita saberlo, especialmente ella.
Joder, voy a follarla aquí y ahora.
—¡Federico!
La voz de Faustino llega del salón, y gruño contra los labios de ella por la interrupción. Mi primo cruza la puerta, sus pasos casi militares.
—¿Qué pasa? —Me separo de ella.
—Ha llamado Alondra. —Elena se tensa al oír el nombre de su madre—. Dice que han atacado la panadería.
—¿Qué?
Elena ya está de pie, caminando hacia Faustino.
La detengo. No la quiero cerca de él, no sé ni por qué.
—Ve a cambiarte. Salimos en cinco minutos. —Y me arrepiento en cuanto lo digo.
—Federico, esto es una trampa.
Miro a Elena y me planteo, en serio, dejarla aquí encerrada. Pero los ojos se le oscurecen de puro desafío.
—Ni se te ocurra. Voy a cambiarme, y voy a ver a mi madre, contigo o sin ti.
Ahí está la mujer que siempre quise.
—Ve, antes de que me arrepienta. —Le doy el último trago al café—. Faustino, prepara el coche.
Todo está destrozado.
Los mostradores, las vitrinas, los hornos: todo reventado, todo con esa violencia que solo quiere dejar un mensaje. Alondra llora y su hija la sostiene mientras yo recorro el desastre que dejaron atrás.
—No deberíamos estar aquí —dice Faustino entre dientes.
—Lo sé. —Miro a un lado, al otro—. Pero no podía impedirle ver a su madre. ¡Alondra!
La versión adulta de Elena acude a mi voz al instante, se acerca con cuidado. Me gustaría que su hija respondiera igual cuando la llamo.
A quién quiero engañar, lo que más me gusta de ella es justo que no lo haga y tener que perseguirla por la casa para obtener su atención.
—Federico… —A Alondra se le quiebra la voz, y no puedo evitar dar un paso y abrazarla.
Elena me mira extraño por el gesto.
—No te preocupes, Faustino se encargará de que tengas todo para empezar de cero.
—Estoy segura de que fue él —dice Alondra contra mi hombro—. No tiene sentido montarlo todo otra vez si sabe que…
—Ya no tendrás que lidiar con él, te lo aseguro. —Me aparto para mirarla a los ojos—. ¿Nadie vio nada?
—No. —Elena le tiende un pañuelo para que se suene—. Cerré a las once, tenía cosas atrasadas, y cuando volví a las cuatro me lo encontré así.
Faustino está al teléfono. Sé que está resolviendo lo que le acabo de pedir sin que le haya dicho una palabra, por eso es mi mano derecha.
—Quiero que vengas a mi piso —digo, aunque miro a Elena—. Hasta que se calme todo.
—No, no. Gracias por la oferta, pero necesito estar en mi casa, rodeada de mis cosas.
—Entonces, aceptas seguridad. Eso no se negocia.
—Pero…
—Mamá, por favor —ruega Elena.
Alondra empieza a protestar y me distraigo cuando Faustino me llama con la barbilla. Camino entre los escombros. Me señala algo detrás de la puerta volcada.
Me asomo.
Hay un mensaje pintado con aerosol en la pared, fresco, negro, goteando todavía:
«Tic tac…»
Y el mundo se me ordena de golpe en una sola idea, fría y exacta como el filo de un cuchillo. Esto no fue el ataque, tal como dijo mi primo, esto es el cebo.
Nos trajeron aquí, todos dentro, juntos, quietos, leyendo la pared como idiotas mientras el reloj corre.
Tic. Tac.
Tic. Tac.
Tic. Tac.
No pienso.
No hay tiempo de pensar, solo giro la cabeza, y la encuentro a diez pasos de mí, de espaldas, consolando a su madre sin saber nada.
—Elena.